El Teatro de Verano habla. Las luces suben y bajan, un piano navega sobre el ruido de olas, y el Teatro de Verano da la bienvenida y avisa que el show está por comenzar. Como si las plateas que ya están casi llenas — alguien corre desde la entrada agitando los brazos en dirección a sus amigos, festejando que llegó a tiempo — no lo supieran, lo anticiparan, lo desearan. Buenos Muchachos está por aparecer.
Después de cuatro años sin tocar un escenario, pero siempre aclarando que la pausa era temporal (aunque circularan rumores, ansiedades y la banda se llamara a silencio cuando sus miembros difundían sus otros proyectos artísticos en los que se enfocaron en este tiempo), Buenos Muchachos tuvo su regreso este viernes 24 en el Ramón Collazo, en un show con entradas agotadas que se repetirá este sábado, y para el que todavía quedan algunas localidades.
5000 personas esperan y el Teatro de Verano habla. Dice algo que queda repicando con más sentido dos horas y media después, cuando las luces se prendan definitivamente y la gente quede reclamando otro regreso de la banda, más, más, más, aunque los técnicos ya estén desarmando y suene música que indica que es hora de volver a casa. El Teatro de Verano dice "respirá hondo y dejate emocionar".
Sin más
Qué cosa extraña los Buenos Muchachos. No hay demasiados artistas en Uruguay que caigan en el punto medio entre ser de culto y ser lo suficientemente populares como para reunir a casi 10.000 personas en dos fechas. Es claro que la ausencia hizo lo suyo, generando una "manija" por verlos, pero no se puede despreciar el alcance y el crecimiento que la banda tuvo, sobre todo en la última década, a impulso de shows siempre diferentes, verdaderas experiencias sónicas y visuales que se retroalimentaron con la discografía más reciente y si se quiere "más accesible" del proyecto.
Aunque como demostraron en el show de este viernes, lo nuevo y lo viejo (por llamarlo de alguna forma) cuaja todo de la mejor forma. La luz convive con la oscuridad. El negro, en definitiva, se logra mezclando colores, y Buenos Muchachos tiene todo el arco cromático en la paleta, desde el tono petróleo más oscuro hasta una infinidad de verdes, rojos, azules, violetas.
Lo nuevo y lo viejo cuajan también en las butacas del Ramón Collazo. Alguien grita que los sigue desde los primeros pasos, allá por la década de 1990. Algunas cabezas canosas se distinguen en las plateas, pero también hay un montón de veinteañeros y treintañeros que llegaron a ellos o por herencia o porque los encontraron por el camino.
En una noche de constataciones como fue la de anoche, una de esas certezas que quedaron más claras que nunca fue que aquella flecha que se disparó en febrero de 1992 en una casa en Solymar, atravesó el boliche Juntacadáveres, el Pilsen Rock, el Auditorio del Sodre y sigue volando, fue acarreando en su trayectoria a un público fiel, compenetrado, comprensivo y variopinto.
Tan en así que Coral #5, ¿Qué haces Joao?, It's ok, Antenas rubias o Sin más le pegan distinto a cada uno. El trance es otro para cada quién: uno salta mientras el de al lado baila. Otro cierra los ojos y se hamaca mientras atrás alguien pita su cigarro. El humo sube y alguien baja la cabeza para besar a su pareja. Unos pibes cantan mirando al cielo, el Ministro de Economía canta sin dejar de mirar el escenario.
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El regreso
Otra constatación del viernes: la cantidad de hits (aunque el vocalista Pedro Dalton dibuje comillas en el aire cuando usa el término durante el show) acumulada por Buenos Muchachos en estas tres décadas y media. Si no le quiere llamar hits, llámele canciones significativas, temazos, obras valiosas. Como prefiera.
Algunos son más obvios, como Temperamento o He never wants to see you (once again), otros quizás requieren otro vínculo con la banda, como La isla era un camalote, pero Buenos Muchachos se puede despachar con un show de "grandes éxitos" y brindar de todas formas una experiencia enriquecedora y conmovedora.
Esta banda tan sui generis dentro del rock uruguayo apareció en este regreso con tres de sus puntales históricos: Dalton, su hermano Marcelo Fernández en guitarra y el baterista José Nozar, junto a Ignacio Echeverría en bajo y Pancho Coelho en guitarras (dos piezas incorporadas y estables de los últimos años), y una novedad: la incorporación de Jota Yabar en guitarra para ocupar el lugar de Gustavo "Topo" Antuña. La banda no especificó ni antes ni durante el show si será una situación temporal o permanente. Otro cambio con respecto al grupo que se retiró hace cuatro años es la salida del tecladista Ignacio Gutiérrez, que bajó la alineación a seis integrantes.
Sobre el escenario, el sexteto navegó las tablas como en una puesta de escena teatral, con movimientos precisos y justos para navegar entre el laboratorio que los Buenos proponen sobre el escenario: el lugar donde un theremín, un megáfono, un xilófono o un vibraslap dan sus pinceladas impecables. A eso se sumó un magistral trabajo de luces que subrayó los climas de una banda que los recorre todos, de los más eufóricos a los más introspectivos.
"Gracias por la paciencia, gracias por seguir queriéndonos, por el respeto, por esperarnos. Somos de ustedes y ustedes nuestros". Así se despidió Pedro Dalton. Así se despidió Buenos Muchachos. Y así volvió.