Es muy difícil hablar de El árbol de la vida sin incluirse a uno mismo, como lo es intentar explicar la película valiéndose solo de palabras. Igual de arduo es indagar por qué algunos espectadores optaron por levantarse de sus butacas en los primeros tramos de la función y otros nos quedamos atornillados a los asientos con los ojos hinchados y el pecho del tamaño de un nudo.
Porque ante todo, la nueva película de Terrence Malick es una experiencia subjetiva y visceral, capaz de entroncar lo íntimo con lo metafísico. De bucear en el detalle cotidiano de una familia, a desplegar 22 minutos con eclécticas imágenes sobre el origen de la Tierra. Una secuencia que se permite incluso la aparición de uno de los dinosaurios más bellos que hayan poblado las pantallas.
La dicotomía de opiniones no solo fue reflejada por los espectadores uruguayos presentes en el cine Alfabeta, único que exhibe la película en el país, pese a que esta fuera ganadora de la Palma de Oro en Cannes y tuviera tres nominaciones para los Oscar. Incluso en el festival francés fue abucheada.
La división es tan extrema que, según una encuesta realizada por el diario The Guardian, el 57% de sus lectores catapulta al film como una “profunda obra de arte”, mientras que el 43% lo clasifica como “pretensioso y sin sentido”.
El mayor interrogante
Las películas de Malick siempre son obras tan esperadas como criticadas, pero en este caso la polémica es aún mayor porque El árbol de la vida es su proyecto más ambicioso. Tres cosas son las que se suelen objetársele: la pretensión, el ensimismamiento y la poca claridad.
Es difícil pedirle a un director que antes que cineasta fue filósofo, que ha hecho solo cinco películas en los últimos 38 años y que, lo lograra o no, siempre aspiró a convertir sus films en obras de arte, que no sea pretensioso. Estamos hablando del hombre que es capaz de retrasar por años el estreno de sus largometrajes buscando una edición perfecta, o de hacer desaparecer en la post producción de La delgada línea roja a actores como Gary Oldman y Viggo Mortensen con tal de satisfacer sus elecciones estéticas.
¿Por qué está mal vista la pretensión? ¿Acaso es mejor considerada la vacuidad? ¿Será que estamos excesivamente adaptados a un modelo prefabricado de cine?
Es cierto que El árbol de la vida no tiene un esquema narrativo tradicional. La película explicita, sin embargo, su verdadera razón de ser desde el comienzo, con la cita bíblica del Libro de Job que abre la cinta.
Job representa el sufrimiento del inocente, el de aquel a quien su bondad y fe no lo alejan, sin embargo, del dolor. Cuando su mundo se derrumba, Job comienza a hacerse aquellas preguntas que todos nos hacemos, las mismas que se harán entre susurros los personajes de Malick, las infaltables voces en off de sus películas.
¿Por qué sufrimos? ¿Por qué no podemos evitarlo? Y, en definitiva, ¿cuál es el sentido de la vida?
Son estos interrogantes los que funcionan como disparadores del film, cuyo comienzo versa sobre la muerte de uno de los integrantes de la familia.
“¿Dónde estabas tú cuando puse los cimientos de la tierra?” es la respuesta de Dios a esta pregunta, que en la Biblia se traduce en el relato del milagro de la creación, pero en el film de Malick se transforma en una serie de imágenes sobre el origen del universo y de la vida.
Algunas tienen una belleza casi palpable y son bautizadas por la excepcional ópera Lacrimosa de Zbigniew Preisner. Se trata de uno de los momentos cósmicos más sobrecogedores de la historia del cine, del que hasta el propio Stanley Kubrick sentiría envidia.
Pese a este tramo más metafísico, la película se ubica en un espacio y tiempo muy concreto, uno que el director conoce muy bien. Exactamente en Waco, Texas, en la década de los cincuenta, la ciudad donde Malick se crió, el tiempo en el que vivió su infancia. Según afirman los medios estadounidenses, la película también se inspira en el propio duelo del director, cuyo hermanó se suicidó a los 19 años.
A partir de esta pregunta por el sufrimiento, el film se adentra en la vida de una familia a través de los recuerdos de Jack (brevemente personificado en la edad adulta por Sean Penn), el hijo mayor, un arquitecto desafectado de su presente y rodeado de rascacielos, que deambula entre recuerdos.
Pero es en la historia del Jack preadolescente (interpretado con solvencia por un debutante Hunter McCracken) y en el paulatino abandono de la inocencia que lo lleva a madurez y al sufrimiento donde se centra el nudo de la cinta de Malick. El mundo de Jack se enmarca en su familia, conformada por dos hermanos menores, un padre estricto (Brad Pitt) y una madre que es pura bondad (Jessica Chastain), ambos realizando excelentes actuaciones.
Sus personajes no son sino los personificación del “camino de la naturaleza” (instintiva) y el de “la gracia” (divina), dos fuerzas que luchan dentro de cada ser humano durante toda su existencia.
El milagro de la vida
No son, sin embargo, las grandilocuentes imágenes del universo, sino su caleidoscopio cotidiano y su vasta reconstrucción del camino a la madurez las secuencias más efectivas de la película.
Malick recrea soberbiamente a los recuerdos, esos que con el paso del tiempo se transforman en flashes de percepciones táctiles, y en intensidades de colores. Aquellos cuyos detalles otrora imperceptibles nos sorprenden con la forma de una cortina bailando al son de la brisa o que nos devuelven al reflejo de un rayo de luz en una tarde de verano.
Es entonces cuando Mallick logra que yuxtapongamos a sus imágenes nuestros propios recuerdos, que retrocedamos a las preguntas que nos hacíamos de niños y al momento en que nuestros padres dejaron de ser héroes y se convirtieron en personas. Es entonces que nos transporta al momento en que fuimos conscientes de la injusticia, del dolor. Al instante en que nos dimos cuenta de que no teníamos el control.
De nuevo, como en todas sus películas, Malick vuelve a la nostalgia del paraíso perdido. Y, otra vez, como ya lo hiciera en La delgada línea roja y en El nuevo mundo, Mallick recurre a la naturaleza para iluminar lo sublime en lo profano, el milagro de la existencia. ”Ama cada hoja, cada rayo de luz”, susurra el personaje de la madre en El árbol de la vida. Una frase que recuerda al decir de Jesucristo en el evangelio apócrifo de Tomás: “Levanta una piedra y allí me encontrarás”.
En definitiva, El árbol de la vida no es una película para ir a ver sin una cierta predisposición estética y de espíritu. Pero para todo aquel que quiera intentarlo es casi un requisito verla en el cine, dejarse atrapar por sus imágenes y su música, no poder escapar de ella con la impune rapidez del control remoto.
Malick ha construido una plegaria en forma de película, con la suficiente habilidad para incluir tanto a creyentes como a no creyentes. Quizás se exceda un poco en su metraje, quizás el final no le haga justicia al total de la cinta, pero con este film no hay medias tintas. El árbol de la vida no solo tendría que haber ganado el Oscar, sino que es una de las películas más bellas que se han hecho en mucho tiempo.