A estas alturas, decir que Liliana Herrero ha redefinido el concepto regional de intérprete puede sonar trillado, porque se dice eso de ella cada vez que viene.
A estas alturas, decir que Liliana Herrero ha redefinido el concepto regional de intérprete puede sonar trillado, porque se dice eso de ella cada vez que viene.
Quizá se insiste mucho en el término porque el concepto de intérprete por estos lados está vinculado más al cover resignificado, y no tanto a la apropiación de las canciones, ese término que la entrerriana gusta tanto de usar. “Siento que las canciones tienen voces, pero nunca haría un cover. Tengo que encontrar algo que me haga sentir que me apropié de ella”, comentó por teléfono el viernes pasado a El Observador.
Nacida en una Villaguay que Fito Páez, su descubridor, mencionó en alguna de sus canciones, Herrero comenzó su carrera vinculando sus estudios y clases en una cátedra de filosofía, con la música. Y desde hace algunos años —por lo menos diez— ya tiene bien desarrollado un público montevideano y una relación creativa y afectiva con los músicos de la ciudad.
“Cuando voy a Montevideo puede pasar de todo: salgo a caminar con Urbano (Moraes), o sale alguna comida en lo del ‘Pitufo’ Lombardo, o me encuentro con los chicos de la Mojigata...”, cuenta con una voz que denota sencillez pero a la vez firmeza y seguridad.
Pero el vínculo de Herrero es bastante más que turístico o amistoso. En su carrera hay varios mojones que implican a la música uruguaya mucho más allá de sus canciones: muchos de ellos han tocado en sus discos, Fernando Cabrera ha sido “productor consejero” de Litoral, un disco doble que define como pocos la intención de, a través de la música, unir sonidos y versos de una cuenca, una región, a partir de canciones de grandes compositores nacidos cerca de las márgenes de los ríos Paraná y Uruguay, que terminan dialogando y encontrándose en un disco.
El resultado son canciones que surgen fruto de cruces de sonidos, lecturas y hasta de puntos de vista culturales que se mezclan enriqueciendo el diálogo musical. En definitiva, algo que hace recordar que aquello de “nosotros y ellos” entre pueblos no tiene por qué ser tan extremo cuando en realidad el clima, las vivencias y los sentimientos son muchas veces tan parecidos.
La cuestión conceptual no es solo de ese trabajo. En este caso se mantiene —como siempre— la temática regional; pero para Herrero —dueña de una exquisita voz folclórica que hasta puede alcanzar una intensidad cuasi rockera—, aquí el tema es la memoria. “La memoria no como una serie de eventos sumados”, aclara, “sino como algo que descoloca al presente, que lo desarregla. En cada canción brotan esos restos del pasado que a mí me resuenan y que yo tomo porque me suenan a mí. Esa es también una memoria exquisita de los pueblos”.
El disco se llama Este tiempo. Herrero prosigue: “Siento que este es un tiempo promisorio para Argentina y América Latina. Señala la singularidad de este momento. Convulso pero promisorio. ¿Cuáles son las singularidades? Creo que muchos países de por aquí están saliendo de ese proceso de desarraigarse de lo que es la globalización, de esa ilusión. Y que se está haciendo de una forma colectiva y coordinada.
Por ahí había visto un atisbo de eso en los años setenta, pero con esta intensidad y con una idea de unión así, no. Esa conversación en términos políticos también se puede ver en la música, en ese diálogo a través del que muchos músicos me han mostrado un camino a través de esas obras que interpreto”.
Entre esos artistas aparecen algunos nuevos que no habían aparecido antes en la discografía de Herrero (versiona Tema del hombre solo de Jaime Roos y Austral, de Rubén Rada). Es probable que con ellos pase lo que pasa generalmente con sus interpretaciones en vivo: más de uno queda enganchado de esa voz rockera y folclórica que anuda gargantas. Aunque eso a ella le dé algo de pudor: “Eso de que hago llorar a la gente me da un poco de impresión”. Sin embargo, nadie mejor que su admirado Juan Falú para definirla: “Tiene una lágrima en su garganta”.
Pero más que eso, tener la chance de escuchar a Herrero en vivo es también una inmejorable oportunidad para entender cómo se puede hacer arte relevante de verdad resignificando piezas con una intención definida, el respeto justo y necesario y el cariño de quien siente a esa música como propia, sin saber de límites geográficos trazados en un mapa.