Opinión > Claudio Romanoff

Lacalle y Larrañaga, final para sonrisas de salón

El líder de Todos mira la elección nacional y el caudillosanducero tiene los ojos en la interna por la candidatura

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07 de octubre de 2017 a las 05:00

Luis Lacalle Pou miró lejos, hacia la elección nacional, cuando dijo que él hubiese renunciado en lugar del intendente de Soriano, Agustín Bascou, acusado de vender combustible a la comuna bajo su dirección. Jorge Larrañaga, eligió defender a su alfil, en una movida orientada por necesidades de corto plazo con un ojo en la interna de 2019.

El caudillo sanducero fue el primero en referirse públicamente a la situación de Bascou cuya notoriedad a nivel nacional obedece al caso Sendic. Muy a su pesar, esa actitud legitimó la actitud de Lacalle Pou a la hora de emitir su opinión tajante sobre el caso. Esa virtual condena se asemejó, no por casualidad, a la conducta que tuvo el presidente Tabaré Vázquez en relación a Sendic.

Después de las expresiones de Lacalle Pou, todo fue indignación en el entorno de Larrañaga y en algunos dirigentes norteños de su sector que se habían mostrado distantes del caudillo. Una declaración en la que exigió unidad a Lacalle fue más tibia que el ánimo imperante y resumió una gestualidad política, mucho más significativa que el posicionamiento sobre el fondo del caso Bascou.

Larrañaga exhibe una actitud emocional muy en sintonía con los blancos. Defiende al compañero bajo el convencimiento personal de que los cuestionamientos son infundados. En ello abroquela a los dirigentes que comparten esa visión y, que además –y más importante- no aguantan más la tregua y las sonrisas de salón hacia el grupo de Lacalle.

Ahí está la cosa. Fue el episodio Bascou pero hubiese sido cualquier otro el catalizador de un ánimo de revancha contenida. Larrañaga necesita mostrarla los dientes a Lacalle, aunque sea de momento, para unir a los suyos y mostrarse fuerte como caudillo.

El hombre no es ningún improvisado y sabe lo que hace. Él mismo logró dominar sus sentimientos al perder la interna de 2014, adoptó la difícil decisión de aceptar la candidatura a la vice y mantuvo, hasta ahora, una buena relación adecuada a las normas políticas. Por lo tanto, sabe que eso es un activo necesario para el partido en su conjunto.

Pero ahora precisa templar a sus huestes, polarizar con Lacalle Pou y bajar las expectativas hacia la ruptura en ciernes de la senadora Verónica Alonso, que asoma como competidora en la carrera por la candidatura presidencial.

La gestualidad de Larrañaga hacia el sector Todos tal vez le rinda para juntar la tropa. Cómo le rendirá su defensa del intendente entre los votantes blancos, nadie lo sabe. En todo caso será un ingrediente en el proceso de decisión. Para Lacalle Pou la situación es distinta.

Sabía que correría el riesgo de enojar a Larrañaga, pero prefirió una actitud inequívoca en un tema que involucra cuestiones éticas. Pudo sentir que la autodepuración del Frente en el caso Sendic le obliga a decisiones drásticas.

Tal vez crea que ese episodio no le deja margen, más cuando la izquierda comete el error de defender un cuestionado subsidio mensual de US$ 13 mil para un vice obligado a salir del Parlamento por la puerta chica. Pero a Lacalle le pega la erosión a la unidad, un activo que costó mucho, mucho construir.

La hasta ahora exitosa administración de las diferencias había permitido que la armonía se transformara en un factor de diferenciación partidaria en relación al Frente Amplio.
Pero el genio salió de la lámpara y exige tributo para volver.
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