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Lana del Rey siempre fue un personaje. Y eso no tiene nada de malo. La música está plagada de ellos. Unos que salieron a escena ya con un bagaje armado, y otros que supieron reinventarse para poder quedarse debajo del foco. El caso de Lana fue más complicado: se tuvo que construir ya estando frente al público.

Su primer disco, Born to Die fue sacado a las corridas y, a pesar de tener grandes hits como Videogames o Summertime Sadness, la mitad de sus canciones suenan como demos apresurados y sobreproducidos.

A la historia de Lana, aunque interesante, le faltaba ese vilo de autenticidad que todavía se le sigue pidiendo a los artistas. Faltaba más de ella y menos de la mano invisible detrás de los controles.

Mientras se ganaba devotos, apilaba críticas. Pero en lugar de desaparecer tras lluvias de tomates, volvió con un nueva trama convincente que deja en claro quién es.

Es la antiheroína, la mala buena. La que pretende que está todo bien pero en realidad no. Es la otra. Es la femme fatale torturada. Es Marilyn Monroe tomando las pastillas. O Greta Garbo pidiendo que la dejen sola.

En Ultraviolence, el personaje adquiere profundidad, seguridad y una narrativa. Es la mezcla de todos esos factores que la revelan con más claridad.

La producción de Dan Auerbach –parte del dúo The Black Keys– fue una gran ayuda para dejar el mensaje en claro. Si bien una versión más “less is more” de Lana se pudo ver en Ride(2013) de la mano del productor Rick Rubin, Auerbach le trajo una necesaria inyección de distorsión.

Las bases hiphoperas que saturaban Born to Die desaparecieron para dar paso a los instrumentos. La batería y el bajo son las que le otorgan los tonos lúgubres mientras que guitarras lejanas que reverberan como ecos decadentes. Su voz, más fortalecida y texturada, recupera el protagonismo y lidera la carga.

West Coast –el primer y contundente corte del disco ofrece el trasfondo donde se desarrolla la acción: un lugar donde, debajo del sol fulgurante, la oscuridad está adentro de las personas.

Sad girl, The Other Woman –una muy apropiada versión del tema de Nina Simone– y Pretty When You Cry marcan quién es: una chica que, a pesar de hacer lo que quiere y tener todo (el amor, el lujo, la plata), le falta lo más importante: la felicidad.

El amor trágico ya es parte del imaginario de Del Rey, al igual que sus vestidos rojos, la muerte y la nostalgia. Sus hombres están en las drogas, están casados o tienen varios años más que ella. Son relaciones condenadas y, a pesar de tenerlo en claro, ella sigue la corriente.

En este disco se anima, además, a acercarse a la fina línea de la sátira y la construcción de realidad. Brooklyn Baby le toma el pelo a los hipsters poniéndose en la piel de ellos. Mientras que Fucked My Way To The Top no es una afirmación, sino una burla a las críticas que la acusan de beneficiarse de su apariencia para llegar adonde está.

Ninguna de estas canciones son un lamento y a pesar de los matices de tristeza y cansancio que se revelan en su voz, tampoco siente lástima de sí misma. Es un papel diferente dentro de la escena musical. No es el de la mujer poderosa, ni la frágil e indefensa estrellita pop. Es la que persigue satisfacciones efímeras a pesar de hacer (y hacerse) el mal. Es el rol que eligió interpretar y, ahora sí, lo ejecuta a la perfección.

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