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Nebraska es un oasis en la carrera hacia el Oscar 2014. Es una excepción que se permite la Meca de la industria del entretenimiento, en medio de las muy entretenidas El lobo de Wall Street, Escándalo americano, Ella y la muy seria Doce años de esclavitud. Nebraska profundiza un poco más en esto del hombre y sus circunstancias, en los matices morales, las responsabilidades y el destino.

Se trata de una comedia pero el patetismo se instala desde la secuencia inicial, en la que Woody Grant (Bruce Dern) camina por una autopista nevada con el termómetro en 28 grados Fahrenheit (cero grado centígrado). El anciano iba camino a cobrar un premio de un millón de dólares a una localidad a mil kilómetros de distancia. No había forma de que pudiera llegar hasta ahí a pie, y el premio, al parecer, tampoco existía, sino que era una campaña publicitaria.

Woody está al borde de la demencia senil y no entiende las razones de su esposa ni las de sus dos hijos, hasta que uno de ellos, David (Will Forte) se decide a acompañarlo en el viaje a cobrar el premio imposible.

David tiene un empleo no muy excitante, una relación amorosa que no llegó a ningún lado y un carácter que no parece que lo pueda llevar muy lejos. Woody, por su parte, apenas habla, y parece incapaz de expresar emoción alguna. Juntos emprenden un viaje que los lleva al centro de sí mismos, a su origen: el pueblito de Nebraska donde nació y creció Woody, Hawthorne.

La película nunca desciende al sentimentalismo ni tampoco a la crueldad, aunque llega a ambas orillas. En todo caso está claro que el premio no es tal, aunque cada vez estén más cerca de él. Además, en Hawthorne nadie duda de que Woody se convirtió en millonario y todos lo alaban por eso, y también quieren llevarse una parte del asunto.

Las miserias humanas afloran con toda naturalidad a lo largo de la cinta, como si la codicia y la hipocresía fueran inevitables, como si fueran producto de la reciedumbre del paisaje.

El director Alexander Payne conoce esos paisajes y su fauna; él mismo forma parte de ella, ese es su origen. Será por eso que es capaz de lograr esa intensidad íntima en sus imágenes en blanco y negro, en una historia en la que nada es blanco ni negro y en la que hay una especie de manto piadoso a la hora de presentar la mezquindad de esos destinos.

Payne también maneja con mucha destreza su material. Logra crear una atmósfera en la que el espectador respira con comodidad, a pesar de que se parece peligrosamente a la vida misma, con una sordidez de la cual Hollywood normalmente nos protege.

Es así que se puede disfrutar de los tonos de comedia y hasta compartir la emoción del anciano cuando recibe un aplauso en una taberna que no visitaba desde hacía décadas. Todo a pesar de que el propio protagonista no es la figura más querible del mundo y los que le rinden homenaje solo quieren una tajada de su ilusoria fortuna.

La actuación de Dern es convencida y convincente, en su caracterización de ese viejo borracho y porfiado, que avanza entre fantasmas como un Quijote. También cumple un buen trabajo su fiel escudero Will Forte.

Gran parte de la eficacia de la película se basa en la honestidad que trasmite. Es fácil creer en esos personajes, tan lejanos al sueño americano que pareciera que no tuvieran siquiera derecho a “perseguir la felicidad”, como establece la Declaración de la Independencia de Estados Unidos.

Para esas familias del pueblo ficticio de Hawthorne la felicidad es algo parecido al premio del millón de dólares que ganó Woody: algo inverosímil en lo que solo los tontos o los locos pueden creer.

Sin embargo, la sensación al salir del cine es ambigua, como si la cándida ternura de Woody fuera contagiosa.
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