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Entre reggaes, versiones originales y aquellas baladas que parecen salidas de alguno de los discos del mítico sello de soul Stax o que recuerdan a las Ronettes de Phil Spector, lo nuevo de Amy Winehouse transcurre entre rupturas amorosas y dolor en la temática, al mismo tiempo que deja el mismo gusto en el oído, a pesar de que no terminen de sonar del todo acabadas. Como si les faltara el puntillazo final, ese que nunca llegó ya que la errática cantante, de 27 años, falleció en el mes de julio por excederse en la ingesta de alcohol.

Las canciones de Lioness: hidden treasures fueron seleccionadas y producidas por Salaam Remi, quien trabajó con ella en Frank (2002) y Back to black (2006) y era el candidato a trabajar con ella en el tercero, después de que Winehouse se distanciara de Mark Ronson, el productor británico que más y mejor explotó su estilo retro.

En este compilado, Winehouse se sale en las versiones. Una oscura lectura a la ya bastante dramática Will you still love me tomorrow? de Carole King, por ejemplo. También reverencia a Marvin Gaye y a Donny Hathaway en A song for you, canción con la que se cierra el disco y en la que al final se la oye hablando de cómo prefería más la versión de este último que la del hombre de la Motown. También son parte de la selección las versiones originales de dos canciones suyas: Valerie y Tears dry. Hay además una canción a la que se le suma el rapero estadounidense Nas, quizá la más extraña y fuera de su estilo de todas las del disco, más otra a dúo con Tony Bennett.

Según el Telegraph británico, Remi contó que apenas le tomó una noche seleccionar y añadir cosas a los 12 temas que Winehouse grabó entre 2002 y este año, una selección que permite reconocer otros tonos más luminosos en su voz, tonos de años menos tormentosos.

“Quería que los fanáticos vieran las cosas como quedaron tal cual las dejó Amy”, dijo el productor. Y eso se nota también en el ambiente relajado de The girl from Ipanema, que Winehouse lleva a su estilo y a la que añade varios scats, esa forma de cantar imitando los instrumentos que inventó Louis Armstrong en 1925. Esto termina dando más gusto a la interpretación y a la vez permite que el oído recuerde que, como señaló la crítica, Winehouse era antes que nada una cantante de jazz con mucho conocimiento de causa.

Es en canciones como esa en las que se desconecta de la atribulada y excedida figura demacrada de las revistas de chusmeríos de los últimos años. Sucede que, cantando, Amy Winehouse era una presencia superlativa, difícil de resistir. Y esa esencia nunca abandonó a una de las voces con más potencial que la música en inglés tenía para ofrecer al mundo. Esta compilación es otro testimonio de eso.
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