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Línea de tiempo (I)

La democracia es más que una manera de acceder al poder, es un compromiso de la sociedad

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18 de agosto de 2018 a las 05:00

Por Fernando Díaz Gallinas

Para entender algunas realidades complejas, como la democracia, es necesario mirarlas con visión o perspectiva histórica, ese modo de la inteligencia que, ante un hecho cualquiera, se pregunta: ¿esto no me suena haberlo visto antes?

Dotados ya con esta perspectiva, la primera mirada, no a los tratados de los especialistas, sino a las líneas de tiempo en Wikipedia, nos informa que los sistemas de algún modo democráticos son, por un lado, relativamente escasos y, sobre todo, recientes.

El parlamentarismo inglés tuvo un parto largo y trabajoso, y podemos discutir cuándo se convirtió realmente en una democracia. Pero los Estados Unidos indiscutiblemente nacen recién en 1776. Todavía hoy asombra que Alexis de Tocqueville haya podido escribir un libro tan importante como La Democracia en América, en 1835, cuando la decana y más antigua de todas las democracias del mundo tenía apenas 60 años de edad y un balance con un pasivo ya bastante delicado. Basta pensar que varios de sus padres fundadores que luego ilustrarían los billetes del dólar (¡el mismísimo George Washington!), eran propietarios de centenares de esclavos.

Pero los problemas están para ser resueltos. Cuando la democracia era joven, había en todos un gran componente de entusiasmo y esperanza en que, precisamente por la democracia, sería posible acometer y resolver cualquier cosa. Y no importaba que, a la fecha, la democracia no hubiera dado nada, y que sólo estuviera la fe en que habría de darlo todo. La relevancia de este hecho es difícil de pasar por alto ya que nos lleva a la verdadera esencia de la democracia. Esta no es sólo un mecanismo de acceso al poder mediante el voto –como le hemos escuchado decir alguna vez triunfalmente a algún insigne senador– sino, sobre todo, la conciencia de una enorme responsabilidad compartida, que exige tal calidad moral en los ciudadanos, que pueda servir de fundamento a la confianza mutua: la affectio societatis que, en otras palabras, Aristóteles ubicaba en el ADN de toda comunidad.

Debido a este componente ético, desde sus primeros años, la democracia exhibía un poder de transformación y de generación de bienestar a nivel individual y colectivo que no se correspondía con sus logros actuales. Y por eso, aunque no tenía mucho que enseñar, no vivía tampoco enteramente del crédito de lo que llegaría a ser (como diría Ortega), porque nada es más importante que la esperanza. Charles Darwin recuerda en sus memorias el entusiasmo que manifestaban los orientales (de la Banda Oriental) por la democracia, hacia 1831 o 1832 –y eso que no habían leído a Tocqueville–.

Ahora, para los orientales y para las demás democracias del mundo, ha pasado el tiempo. No demasiado tiempo, pero el suficiente para que, como dice la canción María Bonita, se convirtieran en realidades algunas de nuestras ilusiones. Y este paso del tiempo, por sorprendente que pueda parecer, es la primera vez que le sucede a la democracia, al menos en esa escala o magnitud perceptible en la línea de tiempo de la civilización. Otras especies (en el sentido platónico del término) de gobierno, cuentan con un recorrido temporal muchas veces milenario. La que podríamos llamar línea monárquica (algunas veces despótica) que va de la antigua Mesopotamia y Egipto hasta, digamos, la reina Isabel II de Inglaterra (hoy tan popular a través de la estupenda serie The Crown), lleva más de cinco mil años de presencia histórica.

Con buenos y malos momentos, como en las letras de un blues, aquí y allá, un rey sucedió a otro rey -aún cuando algunos fueron depuestos con violencia o la ejercieron, o no contaron con el amor de sus súbditos, o se perdieron en guerras infinitas y estériles. (A veces, como una ironía, incluso aparecieron reyes después de que se hubiera abolido la monarquía. Y así la Revolución Francesa engendró a Napoleón, y la República Francesa a De Gaulle, a Mitterrand o a Macron: ¡es una cosa muy fuerte la tradición!).

La monarquía pervivió durante tantos milenios, quizás sobre todo, por la fuerza de la tradición. Y también debido al ingenioso invento de la sucesión dinástica –que sigue funcionando con Raúl Castro y con Maduro y también, analógicamente, en las dinastías familiares de los partidos políticos uruguayos, de todos los signos–.

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