El hombre estaba junto a una mesa donde se servía un abanico de quesos y fiambres multicolores, cerca de una chimenea central donde ardían los leños de un fuego innecesario: la noche estaba cálida en las afueras de José Ignacio.
El hombre estaba junto a una mesa donde se servía un abanico de quesos y fiambres multicolores, cerca de una chimenea central donde ardían los leños de un fuego innecesario: la noche estaba cálida en las afueras de José Ignacio.
Suena Adele, suenan los franceses de Phoenix, todos elegidos por Bakim con el asentimiento de Carl. Pero padre e hijo se cuelgan en la mezcla, el volumen sube y los periodistas que están entrevistando a Pichot tienen problemas con el sonido. Entonces le piden amablemente que le bajen. Bakim pone cara de pocos amigos.
Carl sonríe con orgullo. “Es muy rápido y muy talentoso. Quizás tenga que conseguir un trabajo en esto”, dice Lewis de su hijo. El joven asiente. “Soy más rápido que vos”, le dice al padre. El padre afirma que no se animara a correr contra Bakim. La velocidad entra en la conversación. “¿Qué opina de Usain Bolt?”:
“Es un gran corredor, el mejor que haya visto en mucho tiempo.” Lewis se imagina corriendo contra el jamaiquino. “Sería una carrera pereja”, advierte sobre esa ucronía. Más risas. Otra cerveza. Prueba una empanada de carne, a pesar de que asegura que es vegano.
Pero el corredor prefiere salir a ver la impresionante noche estrellada en el cielo de José Ignacio. Frente al club house hay una enorme cancha de polo, con el pasto milimétrico. Junto a su hijo menor, un niño de 12 años llamado Clive, salió a caminar por la cancha. De a poco comenzó a trotar por el césped. Su figura se recortó por encima del bosque de pinos al fondo. Pero no estoy seguro de que se pueda decir que Carl Lewis corrió en Punta del Este.