Lo que Mujica se imagina
En tren de imaginarse, a Mujica le patinó el freno con eso de la renuncia; su diatriba parece más la exteriorización de su autoconciencia acerca del feo espectáculo que da el gobierno
Pepe, mire que uno recorre el país, y yo nunca escuché a nadie decir que quería que el presidente se fuera o que tenga intenciones de sacarlo”. Las palabras del secretario de Turismo, Héctor Lescano, pronunciadas en el último Consejo de Ministros, estaban dirigidas al presidente José Mujica, y fueron reproducidas por el semanario Búsqueda.
Minutos antes, Mujica les había dicho a los ministros que estaba enterado de que “gente por ahí” estaba hablando de “desgobierno” y sobre la posibilidad de que él se fuera. No sé si será casualidad, pero a mí me pasa lo que a Lescano: nunca escuché a nadie, ni siquiera en charlas de boliche, mencionar la posibilidad de que Mujica renuncie antes de cumplir su mandato. Sí escucho otras cosas de gente que está insatisfecha, muchos de ellos frenteamplistas. Y parece lógico que haya insatisfechos. Recién salido de las disputas por la Caducidad –un asunto que dolió a muchos en un área sensible–, el gobierno se metió en el baile del impuesto a la tierra.
Por momentos, las desinteligencias en el gobierno son de tal magnitud que deja de importar un poco el trasfondo ideológico; no preocupa tanto si ganan los izquierdistas o los centristas, los mujiquistas o los astoristas, más allá de cualquier resultado en uno u otro sentido, es mucho más preocupante la forma en que se da el proceso de estos asuntos. Esas desinteligencias internas potenciaron las diferencias que, ya se sabía, hay entre los sectores que integran el conglomerado, y contribuyeron a desgastar la autoridad de Mujica.
Ahora hay sectores, legisladores y dirigentes que cuestionan públicamente al presidente, entre ellos el vicepresidente Danilo Astori, que el jueves protagonizó una polémica a la distancia con el mandatario, ambos a la misma hora pero en diferentes emisoras
radiales. Mujica es un anarco, un principista, un hombre que tiene que lidiar con su carácter y con la función de presidente a esta altura de su vida, pero es, por sobre todo, un agudo observador de la realidad.
El presidente se da cuenta de que no todos tienen su visión desmelenada de la vida, y que por eso debe haber muchos a los que el estilo de gobierno exhibido hasta ahora no los convence. Mujica se debe dar cuenta también de que es lógico que en los boliches se diga que el gobierno es una murga; y que parece normal imaginar que incluso entre los más cercanos haya disconformidad. En tren de imaginarse, a Mujica le patinó el freno con eso de la renuncia; su diatriba parece más la exteriorización de su autoconciencia
acerca del feo espectáculo que da el gobierno.