ver más

En Internet es una maravillosa fuente literaria para encontrar obras que caducaron su derecho de autor de forma más reciente, o sea, de comienzos del siglo XX, basta imaginar lo que se encuentra todavía más hacia atrás en el tiempo.

Entre ese virtual manantial sin fondo que es Google Books acometí la lectura del primer volumen de las obras de Joseph Addison, un escritor, viajero, poeta (e incluso político, diplomático y funcionario del gobierno) inglés, que vivió entre 1672 y 1719, famoso por dos motivos. El primero fue su profunda, fraternal y luego polémica y distanciada relación con Richard Steele, otro escritor de relevancia en la época. El segundo fue la fundación, junto con Steele, del periódico The Spectator.

Addison y Steele consiguieron apoyo de varios lores y, con ese dinero e influencia, lanzaron a las calles de Londres algo que era un experimento para la época. En ese entonces existían los panfletos y los sueltos, pero no era común un periódico que cada día reflexionara sobre aspectos de la vida de la ciudad.

¿De qué escribían estos protoperiodistas? Narraban hechos que habían escuchado en la calle, relatos curiosos que les habían contado o vivido, describían la vida de los cafés, clubes y pubs londinenses. Los mismos ya tenían una vida activa importantísima en las discusiones y temas de esa nueva fuerza social cada vez más extensa en Inglaterra, crecida bajo el impulso del comercio y los avances de la tecnología y con ciertos hábitos particulares, como la lectura, llamada burguesía.

Addison y Steele escribían todos los días un promedio de 2.500 palabras y cuidaban mucho de conformar a sus lectores y público cautivo, porque los que no leían comentaban lo publicado en las charlas donde este se reproducía.

Es con estos hombres y con otros que hicieron sus armas en ese primitivo periodismo inglés de comienzos del llamado Siglo de las Luces, como los escritores Daniel Defoe y Jonathan Swift, que comenzó a modelarse una particular relación entre los medios, sus lectores y la voz de la masa social, algo tan antiguo y tan moderno hasta el presente.

Estos periódicos al establecer valores, remarcar errores, realizar críticas y alabanzas, hacer comentarios sobre fenómenos sociales o culturales, apuntes acerca de la moda, las costumbres, se transformaron en un espejo de la época, desde una óptica particular. Y esa propia óptica formó y moldeó a sus lectores.

Unos años más tarde, en 1709, Steele fundó por su cuenta el Tatler, un periódico que pretendía decirle al lector “qué debía pensar sobre la realidad”. Tal fue la importancia de estos hombres que el filósofo alemán Jürgen Habermas, obsesionado con la comunicación y sus efectos, escribió sobre Addison y Steele como creadores de la llamada opinión pública.

Además, estas primeras publicaciones dentro del género prensa tuvieron algunas innovaciones que hasta hoy son moneda corriente en los medios del mundo. The Spectator, por ejemplo, fue de los primeros en escribir bajo esa firma: quien escribía y quien “hablaba” lo hacía en nombre del medio, no de sus integrantes, lo que ayudó a formar una imagen institucional de la publicación. También The Spectator descubrió otro gran tipo de lector naciente en esos años: la mujer, a la que le dedicó varias páginas con historias dirigidas a su “especial sensibilidad”.

Al que tenga ganas de explorar otro mundo, tan lejano y por momentos tan cercano, tan influyente para el mundo occidental contemporáneo como el Londres de inicios del siglo XVIII, en Google Books encontrará las obras completas de Addison (edición en inglés) así con también las producciones de Steele para Tatler.

La entrada es gratis. La salida también, pero el lector se irá con un regalo en la cabeza.

Seguí leyendo