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Hace nueve semanas el movimiento Occupy Central con Paz y Amor lograba que 200 mil personas desafiaran el sistema y se manifestaran en reclamo de garantías democráticas. Resistieron a la indiferencia del gobierno y a algunos choques violentos con efectivos policiales. Instalaron unos campamentos que se conocieron en todo el mundo por su organización y prolijidad. Pero la violencia al final apareció, sus fundadores se cansaron y ayer anunciaron que dejarán las calles.

En setiembre fue cuando el movimiento creció de golpe. Impulsados por los profesores Benny Tai, Chan Kin-man y el pastor bautista Chu Yiu-ming, miles de personas –especialmente jóvenes– tomaron las calles para exigir que se pueda elegir a los candidatos que habrá en 2017, pues China indicó que se podría optar entre nombres previamente seleccionados por el Partido Comunista.

Desde que se incorporó a China en 1997, Hong Kong se rige por el principio “un país, dos sistemas”, por lo que tiene garantizadas ciertas libertades que no existen en el resto del territorio. Pero desde hace un tiempo sus habitantes comenzaron a exigir más.

Resistieron en paz y durante nueve semanas obstruyeron el tránsito en importantes arterias de ese polo comercial. Incluso sentaron las premisas para un diálogo con el gobierno, pero a mediados de octubre esto se canceló porque ellos se resistían a retirarse y las autoridades se negaban a negociar con las calles cortadas.

En general no había habido violencia. Pero el domingo hubo incidentes entre manifestantes y policías y entre la noche de ese día y el mediodía del lunes hubo 58 ingresados a hospitales, informó el South China Morning Post. Y los gestores del movimiento vieron que se había desvirtuado.

“Por el bien y la seguridad de los concentrados, mientras nos preparamos para rendirnos, nosotros tres instamos a los estudiantes a retirarse, recuperarse y acumular fuerzas”, declaró ayer uno de los tres responsables del movimiento.

“No sabemos qué va a pasar después de que nos entreguemos, si seremos detenidos o puestos en libertad, pero estamos preparados para las consecuencias”, dijo Tai. Se presentarán ante las autoridades hoy de tarde, en cumplimiento del Estado de derecho y del “principio de paz y amor”.

El vocero destacó la valentía de los ocupantes y criticó a la Policía por estar “fuera de control”, señalando que había llegado el momento para los manifestantes de abandonar este “lugar peligroso”.

“Rendirse no es fracasar, sino una denuncia silenciosa de un gobierno sin corazón”, dijo Tai. Según el autoexamen que hizo ante los que lo escuchaban, el profesor consideró que “la ocupación tiene sus fortalezas y debilidades”. El error: “Subestimamos el poder político del gobierno”.

El ministro de Seguridad, TK Lai, vio con buenos ojos el anuncio de los manifestantes y valoró de modo especial su llamado a que los demás también abandonen las calles.

La noche anterior, el secretario general de la Federación de Estudiantes, Alex Chow Yong-kang, también había mostrado la bandera blanca. “El plan fracasó porque no alcanzó su objetivo, que era paralizar al gobierno”.

Aunque los protagonistas de Occupy Central se lo toman de otra forma y creen que la entrega no es sinónimo de derrota, la sensación que queda es de fracaso. Hace 10 semanas el mismo Tai declaraba a El País de Madrid que se proponían no solo un cambio en el sistema electoral, sino sobre todo una renovación cultural donde hubiera lugar a la democracia plena. Sus palabras estaban llenas de vigor e ilusión: “Solo pedimos cambiar el sistema electoral, que es una petición muy humilde (…), aunque nuestro objetivo último es no es solo cambiar el sistema de voto, sino también la mentalidad, conseguir una mentalidad democrática entre los ciudadanos de Hong Kong”. Pero contrastan con las declaraciones que ayer hizo el jefe de gobierno de Hong Kong, Leung Chu-ying: “Ninguna forma de resistencia va a lograr el sufragio universal para Hong Kong”.

Otro golpe se suma: el mismo lunes un dictamen judicial aprobó la demanda de una empresa de ómnibus afectada por el corte de carreteras que pidió el desalojo de buena parte de la zona ocupada. Con esta ya son dos las acciones judiciales del estilo que obligaron en los últimos días a que los manifestantes cerraran sus paraguas.

Radicalización

El mismo político consideró “en vano” el esfuerzo que realiza desde la noche del lunes Joshua Wong, el otro gran líder de los manifestantes. En su caso, dirige la rama llamada Scholarism y anunció que hará una huelga de hambre para mover a las autoridades a dialogar. Los caminos de los que desde setiembre están unidos bajo el título de “revolución de los paraguas” comienzan a bifurcarse. Unos se entregaron y otros se radicalizan.

“Nuestra humilde exigencia es el diálogo”, explicó el joven de 18 años cuando anunció que solo ingeriría agua hasta que fuera necesario. Según declaró, llegó a este punto luego de que las autoridades le dieran la espalda durante más de dos meses.

En un artículo en un blog, el líder profundizó en su acción, que ya comenzó y es acompañada por otras dos líderes estudiantiles adolescentes, Isabella Lo y Prince Wong: “Nosotros somos los estudiantes que gritan, cansados, ante las masas silenciosas. Hoy queremos pagar el precio. Queremos asumir la responsabilidad”, se comprometieron sin que les pese el hecho de que todavía usan uniforme porque no han terminado el colegio.

Tal vez ellos estén en lo cierto y, ante su huelga de alimentos, el gobierno decida revisar su postura y atender los reclamos de más democracia. Lo cierto es que los tres grupos que dieron origen a las mayores protestas de la historia de Hong Kong ya no avanzan en la misma dirección. La revolución de los paraguas, tal como se hizo conocida en el mundo entero hace dos meses, está llegando a su final.

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