Por Valentin Trujillo @valentin_t

La interpretación de los vinos, como la de un texto, tiene varias capas. En una primera capa se encuentran los llamados vinos-bandera. Son como una línea aérea de bandera, pero embotellada. Así, Uruguay se embanderó internacionalmente tras la cepa tannat, Argentina hizo lo mismo con el malbec, Chile tiene su insignia en el carmenere y el sur de Brasil (su más importante región vitivinícola) saca pechera con los merlot. Esto es típico de los vinos del nuevo mundo.


Australia hace lo mismo con el syrah y Sudáfrica también tiene sus cepas particulares. Este fenómeno tiene varias explicaciones, donde se cruzan factores culturales y comerciales. A la hora de comprar, la referencia entre la cepa y el país se acciona dentro del consumidor aficionado como un resorte.

La segunda capa de interpretación viene cuando el aficionado se anima a saltearse la geografía y el marketing, y emprende un camino de experimentación, probando cepas no clásicas de determinados países. Así puede descubrir excelente cabernet sauvignon uruguayo, muy buen malbec chileno y hasta tannat de calidad de las sierras gaúchas.

El gusto y el paladar se forman en el ensayo y en el error. Seguir el trillo marcado puede ser bueno. Animarse a explorar nuevos territorios del vino puede llegar a ser más divertido, más personal y puede transformarse en una linda forma de sorprenderse con una paleta de gustos desconocida.
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