Tenía 16 o 17 años y estaba tratando de optar entre dos profesiones que en mi cabeza estaban vinculadas: la abogacía y el periodismo. Empecé a trabajar como cadete en una revista deportiva, y hablando con Carlos Ares, quien tenía el puesto secretario creativo y hoy es uno mis grandes amigos y mi maestro en periodismo, le dije “no sé si seguir en esto, me parece interesante, lo podría tomar como hobby, pero creo que estoy más tentado por la abogacía”. Y él me dijo “mirá, si querés tomar el periodismo como un juego, como un hobby, mejor no hagas nada; esto es un trabajo, un oficio, es una manera de vivir”. En ese momento no me citó a Tomás Eloy Martínez, que dijo otras frases, pero creo que era lo mismo que decirlo porque él dijo en un momento que el periodismo es un oficio a vida completa. Lo que me dijo Carlos me desafió y sentí lo mismo que dice un personaje de la película Filadelfia cuando le preguntan por qué quiso ser abogado: dice “porque tengo la fantasía de poder ser un pequeñísimo engranaje para aportar algo de verdad, con compromiso y honestidad”. Esa fue la idea: ser importante para una parte de la sociedad, o ser un engranaje pequeñito, pero al mismo tiempo muy valioso para aportar verdad. Esa fue mi fantasía.
¿Esa fantasía se mantiene?
La misma llamita que tenía cuando era un adolescente la sigo teniendo. Con otra comprensión. Comprendo los conflictos de intereses. Tengo muchas campañas políticas en mi trayectoria, y todo el tiempo son más complejas, más enrevesadas, hay más operaciones. Y al mismo tiempo tengo más experiencia para ver desde dónde se tiene que parar un periodista, un medio, la información cruzada por el algoritmo de las redes sociales, desde TikTok hasta las que se te ocurran.
¿Y cómo se para, entonces, un periodista en este mundo donde se compite por la atención, con la cantidad de información que nos llega a todo el tiempo?
Cómo me paro yo, que soy una mezcla de periodista, emprendedor, soñador de proyectos que, en la mayoría de los casos, pude concretar. Un día un amigo me dijo una cosa muy linda, me dijo "vos hacés que muchas cosas sean posibles, que muchos de los sueños sean realidad". No me paro como un fabricante de sueños, pues sería muy petulante, pero sí un orfebre de sueños que se hacen realidad en el mundo de las audiencias. La palabra medio ya me parece chiquita para definir a las audiencias. En la industria de la atención, compito contra el mensaje que te puede llegar ahora al celular. Te diría que en este momento desde El Observador, desde el grupo, desde la radio, desde lo que están haciendo en Uruguay, lo que estamos haciendo en España y Argentina, en el lugar exacto donde la experiencia y el conocimiento que tenemos se cruzan. Yo estoy repartiendo entre entre mis equipos el manual de estilo de El País de Madrid, que para mí es el medio en habla hispana más influyente. Por ejemplo, mirá qué interesante esto: "Los periodistas han de escribir con el estilo de los periodistas, no con el de los políticos, los economistas o los abogados. Los periodistas tienen la obligación de comunicar y hacer accesible al público en general la información técnica y especializada. La presencia de palabras eruditas no explicadas refleja la incapacidad del redactor para comprender y transmitir una realidad compleja. El uso de tecnicismo no muestra necesariamente unos vastos conocimientos, sino, en muchos casos, una tremenda ignorancia". Eso, que parece una tontería hoy, es muy interesante transmitírselo a los jóvenes. Si yo pudiera definir cuál es el espíritu que queremos para El Observador se parece mucho a una de las ciudades con más respeto por la historia y con más mirada hacia el futuro: Berlín. Es una ciudad con mucho respeto por la historia y con una mirada hacia el futuro moderna, no tóxica, muy atenta, de mucha empatía y muy comprensible. Ese es el momento en el que estamos, que se parece mucho un sueño, hay que ver si ese sueño se puede concretar, o si se va concretando día a día.
Hablando de reconocer la historia para mirar al futuro, hace algunos años inauguraste la exposición De Walsh a Lanata: 40 años del oficio en Argentina. Cuando hacés una mirada transversal, ¿qué se ha ganado y qué se ha perdido en la profesión con el paso de los años?
Hay dos grandes pensadores, uno es Furio Colombo y el otro Ignacio Ramonet, que resumieron lo que pasó con los medios y las audiencias desde esos momentos hasta esta parte. Con distintos términos y palabras, entendí que ambos decían lo mismo. Desde principios de los años ochenta y hasta los noventa, los medios, la comunicación en general y el periodismo aportaban información y conocimiento. A partir de los 90 se empezó a mezclar el infoentretenimiento, que le aportó a toda esa tendencia mucho ruido. En los 2000, la comunicación estuvo dominada por el ruido, y la incorporación de nuevas tecnologías aportó un elemento distintivo que es internet, que determinó que las audiencias y la conversación pública ya no fue dominada o tuviera como eje los medios de comunicación, tramitando o intercediendo en la conversación pública hacia los lectores y las audiencias pasivas. Algunos dicen que el futuro de las audiencias y la comunicación va a llegar al extremo de que haya una comunicación muy restringida y mínima de uno con uno, y que ese sea un sesgo. Mientras, habrá otro sesgo que identificará a grupos de poblaciones, de audiencias, de habitantes, de cultura, de política, como una especie de gran Torre de Babel del siglo XXI hacia el siglo XXII. Por supuesto que genera mucho ruido, mucho miedo y mucho temor esto, pero soy un tecno optimista. Si llevamos a la tecnología al extremo de tenerle miedo a las herramientas de inteligencia artificial, sería muy prudente.
El título del debate de este viernes es El poder de los medios. ¿Dónde está ese poder ahora? ¿Dónde recae el poder de los medios?
Yo relativizo un poco el poder de los medios, pero no para ponerme en un lugar de falsa modestia. No tenemos ningún control de la agenda pública. Conozco a cientos de periodistas en Argentina y decenas de periodistas en Uruguay que, con un mejor tono, con más elegancia, con menos elegancia, tratan de decirle a la gente a quién tiene que votar, o quién le gusta más y quién le gusta menos, y la sociedad hace lo que se le canta, lo que está muy bien. No me parece que existe un poder. Creo que el poder ha cambiado de eje. Por supuesto que las conversaciones públicas son influidas por algoritmos, aparatos, big data, pero así planteado, no me parece que exista ese poder de los medios. La conversación pública va por otra parte. Recientemente le preguntaba a muchos amigos, a muchas personas, sobre las elecciones en Argentina. Por ejemplo, con qué argumento va a votar a un candidato de un gobierno que duplicó la inflación, generó tres nuevos millones de pobres, triplicó el valor del dólar o la depreciación del peso, está dejando el Banco Central sin reservas, va a dejar un déficit entre cinco y seis puntos que es una explosión, y con una economía que va camino a la hiperinflación. Y los que están convencidos de votar a esa persona no tienen el oído atento para escuchar los argumentos. No lo tienen. El 37% que votó a Massa por ahí ya lo incorporó, ya se lo perdonó, entendió que ese temor que deben seguir teniendo es menor al temor de votar a una incógnita como Javier Milei, a quien no conocen y que ha mostrado algunas conductas personales y políticas controvertidas. También hice el ejercicio inverso: pregunté por qué después de escuchar a Milei, de ir y venir con varias con varias cuestiones muy interesantes desde el punto de vista de las producciones en la vida, aún así se está convencido de votarlo y de que se puede convertir en el presidente. Aún cuando su alianza con Patricia Burllich, Mauricio Macri y parte de la dirigencia del Pro podría resultar en un encuadramiento un poquito más moderado, responsable, etcétera, etcétera. Y las respuestas dejan de lado todos mis razonamientos descriptivos, porque su cabeza va por otro lado. Entonces, la respuesta es: bienvenidos a un balotage, a una opción donde tenés que elegir entre entre lo malo y lo peor. Ganará en la Argentina el que consiga ganar la guerra del miedo. El que meta más miedo sobre el otro. ¿Es triste? Sí. Es real, es así, son opciones, y en el mundo es así. Y me preocupa, pero ya hice el duelo. Los que analizamos la realidad por encima de nuestros gustos personales, como debe de ser un periodista, ya tenemos hecho el duelo por la Argentina, y probablemente tendremos que hacer varios duelos más.
¿Qué desafíos plantea al periodismo la "grieta" argentina al momento de informar o de analizar la realidad? ¿Cuáles son los desafíos específicos a la hora de informar en ese contexto?
En primer lugar, la grieta argentina no nació de un repollo, la instaló el Kirchnerismo fuertemente un poquito antes del conflicto con el campo. Y es una estrategia, yo te diría global, que tiene que ver al mismo tiempo con los algoritmos, con los sesgos. Recuerdo una anécdota muy interesante: un día Néstor Kirchner, a quien conocíamos mucho, se sentó con varios periodistas, yo fui uno de ellos, y nos dijo "miren, desde lo personal no tengo ningún problema con ustedes, pero a partir de este momento mi estrategia política va a ser una trinchera de un lado y otra trinchera del otro. Si quieren venir para acá, bienvenidos, sino van a ser atacados políticamente, igual que cualquier político, porque los vamos a considerar parte de la cosa política y la cosa pública. Muchos le dijimos "nosotros somos periodistas y lo que vamos a hacer es poner los hechos por encima de la grieta". Y por supuesto es muy controvertido y muy difícil en el medio de todo este desbarajuste. La actitud tiene que ser hacer periodismo, poner los hechos por encima de las opiniones, los adjetivos, las operaciones sucias de prensa, las operaciones políticas, poner el periodismo y los hechos y las descripciones de los hechos por encima de los sesgos. Sin dejar de opinar, porque también es muy probable que sobre los periodistas de opinión, yo me incluyo en esa categoría, pese la presión de la audiencia para saber qué pensamos después de describir los hechos. Y tampoco voy a renunciar a eso. Ese va a ser mi trabajo, el que vengo haciendo, el que venimos haciendo junto con un gran equipo desde hace muchos años.