Mayordomo del papa no actuó solo y quería el bien de la Iglesia
Gabriele fue acusado y hay más implicados en la filtración de cartas
El 19 de mayo se publicó el libro “Su santidad. Las cartas secretas de Benedicto XVI”, una obra del periodista italiano Gianluigi Nuzzi que recogía correspondencia enviada al papa. Aunque poco reveladoras, las cartas difundidas pertenecían al ámbito privado del pontífice y en el Vaticano sonó la alarma.
El primer día hábil siguiente, lunes 21, el secretario del papa, Mons. Georg Gänswein, dirigió una reunión reservada de la “familia pontificia”. Participaron Mons. Alfred Xuereb, también secretario particular, la hermana Birgit Wansing (que se encarga de transcribir lo que escribe Benedicto XVI), el mayordomo Paolo Gabriele y las cuatro laicas consagradas que ayudan en lo relativo al culto y otros servicios, Loredana, Carmela, Cristina y Rossella.
Mons. Gänswein le preguntó a cada uno de los presentes si había sido el que le entregó los documentos reservados al periodista. Uno a uno fueron diciendo que no. Entonces, el anfitrión miró a Gabriele y le comentó que algunas cartas no habían salido de los apartamentos pontificios y, entre esas, había dos que él había tenido en sus manos porque le habían pedido que preparara una respuesta. “Habiéndole dicho a Gabriele delante de todos que esto no era una prueba suficiente para imputarlo pero que creaba una fuerte sospecha sobre él, recibí como respuesta una negación decidida y absoluta del hecho”, relató el sacerdote.
Dos días más tarde, el miércoles, Mons. Gänswein buscó a Gabriele para comunicarle que habían decidido suspenderlo “ad cautelam”. Esta vez el mayordomo le contestó que habían encontrado un chivo expiatorio de la situación. “Fríamente, me dijo que estaba sereno y con la conciencia tranquila”, agregó Mons. Gänswein. Al día siguiente, Gabriele fue arrestado.
Trama
Los episodios están relatados en el auto de procesamiento del instructor de la causa por robo de documentos al papa, Piero Antonio Bonnet. El documento fue divulgado ayer a mediodía en el Vaticano y anuncia que Gabriele enfrentará un juicio por robo agravado, encubrimiento y violación del secreto. Además, el texto de 24 páginas revela que se juzgará a otro sospechoso, Claudio Sciarpelletti, un seglar que trabajaba con los servicios informáticos del Vaticano, imputado por complicidad de robo agravado. Pero hay más implicados.
La prueba para involucrar a Sciarpelleti fue un sobre con cartas del papa hallado en su escritorio. Afuera del mismo estaba el nombre de Gabriele. Interrogado, el informático respondió: “Este sobre no me fue entregado por Paolo Gabriele, sino por W para que yo lo guardara y se lo entregara a Paolo Gabriele”. En el documento los implicados son llamados por letras mayúsculas: W, X, Y, B.
Según se reveló, Gabriele le había pedido a Sciarpelletti que arreglara un encuentro con W, “y mediante él, conocer a Y”. Otro desconocido pero del ámbito de la Secretaría de Estado y la Curia Romana, X, también le dio a Sciarpelletti un sobre para Gabriele. Al parecer, el informático concentraba los documentos y se los daba al mayordomo, y este se los pasaba al periodista que hizo el libro. Sin embargo, el rol de este técnico de 48 años es “marginal”, según declaró ayer el vocero de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi. No se sabe nada de W, X e Y.
El personaje B es tal vez el más misterioso, porque es un sacerdote a quien el mayordomo le confió su ardid y le dio “un conjunto de documentos” vinculados al caso. El padre los destruyó después de un tiempo porque eran el resultado de una actividad deshonesta y “temía que se pudiera hacer de ellos un uso otro tanto ilegítimo y poco honesto”, según declaró. Este personaje también aconsejó a Gabriele que negara su responsabilidad en los hechos, salvo si se lo preguntaba el papa en persona.
En la mente del cuervo
Gabriele, apodado cuervo, declaró que había sido él quien había tenido la iniciativa de contactar al periodista. Lo ubicaba porque Nuzzi había escrito un libro sobre el Vaticano y confiaba en que “no iba a tirar barro ni calumniar”.
Y explicó por qué había actuado: “Viendo mal y corrupción por todas partes en la Iglesia, llegué a un punto del cual no podía volver, al faltarme los frenos para detenerme. Estaba seguro de que un ‘shock’, incluso mediático, habría podido ser saludable para hacer que la Iglesia volviera al curso justo”. Agregó: “En cierta manera, me sentía un infiltrado del Espíritu Santo”.
Compenetrado con ese papel, el mayordomo no solo robó cartas sino que se tomó el trabajo de fotocopiar los originales para quedarse con una copia. Pero también se quedó con algunas cosas más, que fueron encontradas cuando se requisó su casa: un cheque de € 100.000, una pepita de oro y una edición de 1581 de La Eneida. Sobre este libro, Gabriele explicó que lo había pedido prestado porque su hijo había empezado a estudiar ese poema y se lo quería enseñar a su profesor.
Tres páginas del auto de procesamiento están dedicadas a las pericias psicológicas que se le hicieron a Gabriele. El texto concluye que, “como sugestionable, puede ser inducido a cometer actos peligrosos” y manipulado.
Pero esto no impide que sea responsable de sus actos y por lo tanto imputable. De hecho, él reconoció que hizo algo que sabía que era “ilícito” pero que debió concretarlo “por diversas razones” y le pidió perdón al papa.
Ahora, tanto él como Sciarpelletti serán juzgados por tres magistrados del Vaticano. Aún no hay una fecha prevista para el comienzo del proceso y se espera al 23 de setiembre, cuando el tribunal reanude su actividad.