ver más
Los tratados de libre comercio no son una panacea que asegure ventajas sin inconvenientes. Hay sectores que sufren la competencia de productos de la otra parte, abaratados por la eliminación de aranceles a la importación. Pero está demostrado que, si se negocian bien, los beneficios siempre superan con creces las dificultades coyunturales, ampliando el horizonte exportador y la creación de más empleos de los que se pierden. Un cercano ejemplo perdido es el frustrado TLC que el presidente Tabaré Vázquez acordó con China. Nueva Zelanda y Australia le venden a China básicamente los mismos productos que Uruguay pero sin los aranceles que pagan los nuestros, con la consecuente pérdida uruguaya de competitividad y de mayor acceso al mercado de nuestro principal socio comercial.

El TLC con el gigante asiático fue bloqueado por Brasil con la excusa de la perniciosa prohibición del Mercosur a tratados bilaterales de ese tipo por fuera del bloque. Pero ahora son piedras locales, puestas por sectores del Frente Amplio, las que amenazan frenar el TLC con Chile, que Vázquez acordó en 2015 con la presidenta Michelle Bachelet. Pese a que el líder del MPP, el expresidente José Mujica, se declaró partidario del tratado, lo objetan dirigentes de su propio sector. Igual posición tienen el Partido Comunista y el grupo Casa Grande de la senadora Constanza Moreira. Estos sectores no terminan de reconocer que la expansión comercial está restringida por los altos costos internos y que la única opción es buscar acuerdos que permitan vender sin vallas arancelarias.

Múltiples razones invalidan los argumentos para oponerse. Carece de fundamento sostener que un TLC con Chile abriría el camino a que otros países reclamaran iguales facilidades de intercambio. Por un lado, Chile no es un país cualquiera sino miembro asociado del Mercosur, por lo cual el tratado simplemente ampliaría las relaciones comerciales que ya existen, sin dar lugar a reclamaciones de países de otras zonas. Por otro, es una vía de expansión hacia mercados asiáticos del Pacífico, a través de un país que ha logrado el mayor desarrollo en la región gracias a tener TLC con una docena de naciones. Se trata además de un acuerdo de alcances limitados al área de servicios, con exclusión de las comunicaciones, como aclaró el canciller Rodolfo Nin Novoa al comparecer ante el Secretariado Ejecutivo del FA. Nin Novoa incluso respondió a la preocupación de Mujica de que se excluyera a la industria del vino para no perjudicar a la cara producción uruguaya, explicando que el tratado que se ha negociado no incluye el trasiego de bienes, más allá del que ya existe.

A contrapelo de los errados cuestionamientos de sus propios correligionarios, el gobierno tiene el respaldo del líder nacionalista Luis Lacalle Pou para la aprobación del tratado, actualmente ante el Senado. Esta actitud desde la oposición política debería abrirle los ojos a los dirigentes frenteamplistas que siguen aferrados a la irrealidad de que un país con producción cara pueda ampliar su comercio exterior sin zafar del lastre de aranceles a las importaciones. Ya perdimos el tren expreso de un TLC con Estados Unidos por parecida oposición interna en el Frente Amplio. También se nos fue de las manos un acuerdo similar con China, aunque no por obstáculos locales. Una tercera pérdida de tren con Chile sería otro golpe a las posibilidades de expansión comercial.
Temas:

Opinión Chile china

Seguí leyendo