Si la campaña presidencial en Estados Unidos pudiera definirse en términos pugilísticos, se diría que ha entrado en uno de los rounds decisivos de la pelea.
Si la campaña presidencial en Estados Unidos pudiera definirse en términos pugilísticos, se diría que ha entrado en uno de los rounds decisivos de la pelea.
Mitt Romney tuvo la oportunidad la semana pasada de pegar primero, en la Convención Republicana de Tampa. Ahora es el turno de Barack Obama en Charlotte, Carolina del Norte, donde cerrará la Convención Demócrata esta noche, con un discurso clave para sus aspiraciones de revalidar el cargo.
El giro que ha dado la campaña los últimos días no deja mucho margen de error al presidente. Romney ha tenido un repunte importante en las encuestas luego de su discurso en Tampa. La prensa estadounidense, inexplicablemente, no le prestó mucha atención a su mensaje, escandalizada por el número cómico que había protagonizado el actor Clint Eastwood minutos antes. Durante varios días, el relato de los medios se ensañó con el viejo cowboy de celuloide por atreverse a ridiculizar a Obama en un sainete innegablemente gracioso. Que si fue “bizarro”, que si fue “ofensivo”, que si fue “irrespetuoso”, en un numerito que, bien mirado, resultó mucho más inofensivo que cualquier stand up de la anual White House Correspondents Dinner.
Sin embargo, el discurso de Romney parece haber sido efectivo en su propósito de mostrar su lado más humano y presentarse como el hombre indicado para enderezar el rumbo de la economía. Los últimos sondeos lo muestran todos cabeza a cabeza con Obama –en algunos incluso superándolo– y con una tendencia claramente al alza, mientras que el presidente cae en idéntica proporción. “Caballo que alcanza, gana”, dicen los turfistas. Pero Obama tendrá hoy su gran oportunidad para revertir esa tendencia y recuperar la delantera. Por si fuera poco, en su vena más convincente: la de orador.
Se espera que dé un discurso optimista, abundando en las diferencias ideológicas que lo separan de Romney y reafirmando la imagen de protector de la clase media que ha cultivado durante toda la campaña. No faltará, seguramente, algún gesto inequívoco hacia la comunidad latina (a fin de consolidar el voto de un sector demográfico que ya le es favorable y que puede ser decisivo en algunos estados clave), así como las alusiones a los logros de su gobierno.
En esta materia, empero, no es deslumbrante lo que tiene para exhibir. Es cierto que recibió el país en una de las peores recesiones de su historia, rescató la industria automotriz y logró estabilizar la economía. Pero la recuperación ha sido extremadamente lerda e indolente, dos pasos para adelante, uno para atrás. El índice de desempleo se ha mantenido alto: son 23 millones los desocupados, una cira que no es juguete.
A Obama, sin duda, le ha tocado una herencia asaz complicada. Ha trabajado tal vez como ningún otro presidente; su agenda muestra que le dedica largas horas, a veces hasta entrada la noche. Pero también no ha sabido darle a la recuperación económica el empuje que le imprimieron sus predecesores que han enfrentado recesiones. En eso no ha estado a la altura, ya que se trata de un país y un mercado que tradicionalmente responde a los estímulos de sus gobernantes acaso como ningún otro, donde la curva de la actividad económica pega unos brincos fenomenales a la salida de cada ciclo recesivo. Basta recordar los gobiernos de Franklin D. Roosevelt, Lyndon Johnson, Ronald Reagan y Bill Clinton, por nombrar solo algunos que han convertido crisis en booms. Obama no ha tenido esa capacidad.
Esto hace que hoy los decepcionados con su gestión no sean pocos. Y tal vez explique en parte el reciente repunte de Romney en las encuestas. El republicano sin duda tocó un nervio sensible cuando en su discurso de convención prometió crear 12 millones de nuevos empleos. No dijo cómo lo haría. Pero el hecho de haber sido un muy exitoso hombre de negocios, además experto en el manejo de crisis financieras, debe de haber convencido a más de uno.
Obama tendrá hoy la chance y el foro para recuperar esas vacilantes adhesiones, cuando millones de norteamericanos lo estén viendo por tevé. Su extraordinario carisma y el poder de su oratoria permiten aventurar que lo logrará. Pero en este momento, es ya una pelea de pronóstico reservado.