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El avance del grupo extremista Estado Islámico en Medio Oriente llevó al presidente estadounidense a hacer lo que siempre quiso evitar: bombardear las posiciones de los yihadistas en Siria y, como consecuencia, darle una ayuda no buscada al líder sirio Bachar al Asad en su combate a los rebeldes que hay en el país.

El 8 de agosto EEUU había comenzado a bombardear en Irak con fines humanitarios o para defender a sus ciudadanos del Estado Islámico. En una ampliación de su estrategia y ya con el apoyo de una coalición de entre 30 y 40 países, la semana pasada comenzó a realizar ataques directos a las posiciones de los extremistas en ese mismo país. Pero no se había atrevido a lanzarse sobre Siria, país donde según la Agencia Central de Inteligencia (CIA) hay entre 20.000 y 31.500 yihadistas y, por lo tanto, zona donde el movimiento opera y se extiende.

Los yihadistas en Siria están entremezclados con los demás disidentes de Al Asad, que en 2011 se alzaron en su contra con reclamos democráticos. Ante la resistencia del líder y con el paso del tiempo, el grupo de rebeldes creció en número y en complejidad, llegando a albergar a extremistas de distintas ramas, algunas incluso enfrentadas entre sí. El Estado Islámico se fortaleció en este contexto y llegó a adquirir rasgos muy diferentes de los del Ejército Libre Sirio (principal fuerza contra el mandatario), aunque coincide en su deseo de deponer al presidente.

Obama ha evaluado en diferentes oportunidades involucrarse en el conflicto sirio en contra de Al Asad pero nunca llegó a hacerlo. Desde el lunes de noche está involucrado del modo que menos deseaba, pues participa en ese conflicto pero en el mismo bando que el líder que querría deponer: en contra de los islamistas.

En esta nueva etapa de los combates fallecieron 120 yihadistas (70 del Estados Islámico y 50 de Al Qaeda) y hubo 300 heridos, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH). Hubo bombardeos aéreos con aviones caza y drones contra posiciones del EI y de Jorasan, afiliado a Al Nosra, la rama siria de Al Qaeda. Desde las aguas internacionales del Mar Rojo y el Golfo lanzaron misiles Tomahawk, indicó el Pentágono.

El pistoletazo inicial lo dio el jefe del Comando Central de Estados Unidos, el general Lloyd Austin, “en virtud de la autorización que le concedió el comandante en jefe”, el presidente Barack Obama, señaló el portavoz del Pentágono, John Kirby.

EEUU no actuó solo. Primero lo dijo el Pentágono y luego cada uno de esos países fueron confirmando su participación: Bahréin, Catar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Jordania.

Pero no se involucraron los europeos, que han sido más firmes en su negativa a intervenir en el conflicto sirio. De hecho el pasado 11 de setiembre, apenas un día después de que Obama declarara que el ataque a Siria era una posibilidad, Alemania y Turquía anunciaron que no lo acompañarían en ese caso. Francia tampoco lo hará, agregó ayer un alto representante de ese país.

Los árabes, en cambio, accedieron con mayor facilidad al pedido de alianza porque son conscientes del riesgo de que el EI comience a desestabilizar a sus propios países.

Equilibrio complejo

A todo esto, Washington intenta hacer sus movimientos al margen del gobierno sirio, no sea cuestión que alguien lo considere aliado de un régimen al que concibe como ilegítimo.

Según el Departamento de Estado, Washington avisó a Damasco que atacaría a los combatientes islamistas en su territorio, pero sin aclarar cuándo ni dónde, y con la advertencia de que no interfirieran.

La embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Samantha Powers, fue la encargada de pasar el mensaje a Damasco, dijo Ben Rhodes, asesor de seguridad de la Casa Blanca, aunque él y otros funcionarios insistieron en que los ataques no fueron coordinados con las autoridades sirias.

Pero a Damasco le sirve la ayuda indirecta que le envía EEUU y por eso su presidente Al Asad se apuró a comentar ayer que su nación apoya todo “esfuerzo internacional” contra el “terrorismo”, anunció la agencia estatal SANA. El régimen de Al Asad califica de “terroristas” a todos los rebeldes sin distinción.

La declaración también resulta provechosa para la coalición, pues atacar el país sin consentimiento del gobierno haría que todo fuera más grave (en el caso de Irak, fueron las autoridades las que pidieron ayuda a otros países). Esa falta de consentimiento es, de hecho, uno de los reparos que plantean algunas naciones para sumarse a los ataques en Siria.

Desde hoy y en la ciudad de Nueva York, donde se desarrolla el debate general de la Asamblea General de la ONU, el líder buscará conseguir más aliados para su campaña.

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