ver más

Históricamente, los premios Oscar han pretendido un estatus de calidad muy difícil de sostener. Si partimos de la base de que son premios otorgados según el tamaño de la campaña de publicidad que hacen sus productoras es muy difícil creer que aquellas películas que son nominadas –o incluso que ganan– son lo mejor que la industria angloparlante puede ofrecer (de hecho, este año el nivel es de medio pelo con ejemplos como Lincoln o Life of Pi). Pero como parte de esa intención de calidad –y sobre todo desde que el número de nominadas a mejor película se ha extendido nuevamente hasta 10– se apuesta a la inclusión de algún largometraje independiente, desmarcado de los grandes estudios y de las mayores producciones.

Así como el año pasado se incluía en las finalistas a El árbol de la vida (que a pesar de incluir una estrella como Brad Pitt en su reparto era una película de Terrence Malick, furioso narrador contracorriente y contra industria) y el anterior ocurría lo propio con Lazos de sangre, este año se incluye el debut del director Benh Zeitlin, con La niña del sur salvaje, un retrato de la vida marginal de un grupo de descastados que habitan un pantano de Nueva Orleans, luego del desastre del Katrina.

Centrada en Hushpuppy, una niña de 6 años (la nominada al Oscar Quvenzhané Wallis) quien vive una turbulenta relación con su padre luego de que su madre los abandonara, se retrata la vida en el Bayou de Luisiana entre pescadores y mendigos. Una nueva tormenta hace que la comunidad casi quede desaparecida y los pocos sobrevivientes deban convivir amontonados sobre despojos. La narración, que al fin y al cabo es la de una niña de 6 años, adopta casi el formato de cuento de hadas, donde lo real y lo irreal se fusiona (unos seres antediluvianos que escapando al deshielo corren y corren siempre con Hushpuppy como destino final) y el tono es por momentos onírico. La niña y los suyos tratan de sobrevivir a circunstancias adversas y al mismo tiempo buscan mantener vivas sus tradiciones, su forma de vida diferente, como comunidad, ante la ominosa presencia del mundo “civilizado”.

Y lamentablemente nada se desarrolla ni con contundencia ni con convencimiento, ya que en definitiva el guión falla. La película cae en largos momentos muertos y aparecen y desaparecen personajes inconducentes, incluidos casi a modo de capricho, con el único motivo de impulsar la historia. Suena musiquita “mágica” y el mensaje que se trata de transmitir es que estos diferentes, esta suerte de neohippies, son una comunidad digna de ser defendida, más allá de ser unos seres abandonados a su suerte, separados del mundo por una inundación, probablemente condenados a extinguirse.

Hay aciertos en la fotografía y en las actuaciones. Más allá de la niña Wallis –que de seguro tendrá un impulso brutal en su carrera como lo tuvo Jennifer Lawrence luego de Lazos de sangre o Jessica Chastain por El árbol de la vida, ya que ambas compiten hoy con Wallis por el premio de mejor actriz–, el debutante Dwight Henry logra crear un meritorio personaje como Wink, el padre de la protagonista: un ser alcohólico, perdido, violento por momentos, pero que ama entrañablemente a esa niña.

Seguramente no será una competidora la noche del 24 de febrero, cuando peces más gordos se fríen. Lo cierto es que sí será un cambio en las carreras de su director y sus protagonistas, a la sombra del premio Oscar, así sea que su nominación se trate más de un falso intento de búsqueda de calidad que el reconocimiento de una calidad real que, en realidad, no existe
Seguí leyendo