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Un cronista de la penumbra. Esa es una de las formas en las que se podría describir a Diego Presa desde sus primeros trabajos al frente de la pata musical del colectivo Buceo Invisible.

No hay más que ver aquellos primeros videos de Música para niños tristes, aquél primer disco que presentó bajo el nombre del grupo de músicos, poetas, proyectores y pintores con el sello Perro Andaluz en 2006. Las imágenes del depresivo Montevideo dominical, reflejados por momentos en los plafones de las calles vacías parecían el contexto ideal para una voz que parece llegar a profundidades mucho más hondas que la de lo que se conoce como simple “bajón”.

Aquellos fueron los primeros trabajos de un colectivo que trabajaba con sinceridad y sin hipocresía la reflexión dentro de una de las vetas que definen a una ciudad. Esas canciones de sentimiento poco pasteurizado venían acompañadas de una innegable cuota de influencia sonora cercana a REM y, si se quiere, a los Radiohead de la primera etapa.

Con el paso del tiempo y de las muestras (así llaman a las presentaciones en vivo) la faceta más notoria de Buceo Invisible era la de Diego Presa, que manejaba de alguna manera la dirección musical y el liderazgo del grupo sobre el escenario. Con todo eso, cabía preguntarse cuándo Presa pasaría a usar su propio nombre.

Ocurre que muchas veces las bandas son conceptos y los discos solistas también parecen del grupo. Ocurrió de hecho con Radiohead y Thom Yorke, su líder, y es exactamente lo que ocurre con Presa, quien firma este disco editado por Bizarro (que también trabaja desde hace un par de discos con el grupo) en modo solista, a pesar de que estas canciones, naturalmente no sonarían extrañas bajo el concepto Buceo Invisible. El disco de Presa -que desde hace algunos años también se presenta en formato solista- también tiene la producción de Fabián Cota, integrante del colectivo.

Haciendo la salvedad de que estas nuevas canciones de Presa poseen un lógico minimalismo propio de quien no está tocando con una banda alrededor, el disco parece un producto de las mismas inquietudes e imágenes que Presa ha utilizado para hacer canciones o, de alguna forma, poemas hechos canción, algo típico del líder de un grupo con influencias declaradas como las del peruano César Vallejo. Si Mandolina expresa una breve inquietud existencialista, en Ibiza Presa salta de lo personal a la imagen de dos indigentes que duermen al pie de una discoteca céntrica de Montevideo. En esas canciones Presa, con su voz afable y removedora, no precisa contar la historia si no mostrar la foto. En su voz, los perros que se atraviesan en una carretera, las golondrinas por la tarde o la sombra sobre el Planetario tienen un solo tono, muy similar al de las imágenes con las que ha trabajado desde sus primeros discos.

Diego Presa es un muestrario inmediato (de apenas 33 minutos) de la capacidad de uno de los compositores más singulares de la nueva camada de cantautores locales para mostrar una forma de ver la ciudad a distancia de los lugares comunes, la sensibilidad melancólica sin contenido y la formas de la canción convencionales.

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