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Pasaron 110 años de su muerte pero todavía su estampa petisa pero fortachona, su poncho oscuro, su barba crecida al descampado, su mirada serena pero firme, su sombrero de lluvias y soles y la banda blanca en él, rondan en las mentes de algunos compatriotas. ¿Es que Aparicio Saravia todavía tiene algo para decirnos que no se haya dicho? ¿Es que el último caudillo militar del Partido Nacional es capaz de atravesar los siglos, las redes sociales, los tics, los prejuicios, las ideologías, la parafernalia política y la pavada posmoderna para ilustrarnos o echar luz sobre algún aspecto del Uruguay que todavía es relevante?

Las respuestas a estas preguntas pueden evacuarse de dos maneras, y José Luis Baumgartner se inclina por el sí a ambas. La editorial Fin de Siglo publicó hace unos días Aparicio Saravia, señor de almas, un libro de “mirada desprejuiciada” sobre el caudillo.

Para explicar la vida de Aparicio, las circunstancias de su contexto y de su época, Baumgartner cuenta la vida de su padre, don Francisco “Chico” Saraiva, un brasileño de intuición, hábil con los naipes, y con familiares con campo a ambos lados de una frontera norte que era más fina que un pelo y más liviana que el aire que todos respiraban por igual. Don “Chico” se establece en Cerro Largo y luego va a buscar a quien será su esposa: vuelve a Brasil, se la roba, y la trae a sus tierras donde tendrán hijos como conejos. Casi todos guerreros, algunos de ellos con una mirada y una visión distinguida con la inteligencia y el carisma. Los nombres tienen olores de frontera: Gumersindo, Basilicio, Aparicio…

Algunos serán colorados y estarán de parte del gobierno eternizado en un sistema electoral pergeñado desde la capital para mantener la fuerza en los pagos. Otros se rebelarán ante lo que ven como una injusticia cívica y un problema de desbalance del poder.

El líder natural era el más grande, Gumersindo. Era la guía absoluta para Aparicio, que además era su sombra. Lo sigue con fidelidad en la carnicería que fue la revolución farroupilha del vecino (y también hermano, como ellos) Río Grande del Sur. Luego de dos años de combates atroces, degüellos a mansalva y Gumersindo muerto, Aparicio regresa a Cerro Largo vencido, pero algo había cambiado: en Río Grande había terminado de templarse la personalidad de Aparicio y apareció su dimensión de verdadero caudillo. La tragedia de la muerte fraterna le dio una nueva cara, pero también una nueva carga y una nueva responsabilidad. “Un gran poder significa una gran responsabilidad”, dijo una vez algún superhéroe, ignorando que la historia nacional durante el siglo XIX y también en el XX había escrito esa frase invisible una y mil veces.

Baumgartner, abogado retirado, preso político durante parte de la dictadura, escritor de trayectoria y autor de una interesante biografía de Washington “Pulpa” Etchamendi, narra un derrotero conocido pero desde un ángulo vívido, sin hacer asco a detalles sensoriales que pintan una buena escena.

La intentona de 1896, y las revoluciones de 1897 y de 1904 están contadas con todas sus barbaries pero también con sus pequeñas anécdotas humorísticas y humanas.

Las millas se suceden, a pie o a caballo, los encuentros con el enemigo se intentan evitar y cuando sucede una batalla la sangre corre de forma despareja. La guerra se perdió, pero los objetivos de la revolución décadas después se cumplieron y se disfrutan hasta hoy.

“La bala que lo mató/a todos nos mató algo”, dice la letra de la canción De poncho blanco, con letra de Julián Murguía y cantada por Tabaré Etcheverry.

La bala es la de Masoller, la que tumbó al líder en una batalla que estaba ganada. Es la bala inconclusa de una historia que todavía hoy sigue resonando para todo aquel que quiera ponerle el oído. Este libro trae ese ruido desde el pasado.

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