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Tras los conciertos siempre hay gente que quiere más. La onda expansiva de un buen recital arrastra a muchos espectadores a una clásica inercia hacia un bar en el que digerir las emociones de exponerse a la música en vivo, haya sido buena o mala la experiencia. Pero la cosa se pone mucho más especial si los propios músicos llegan al sitio.

En Uruguay no hay misterios y ya es más que un secreto a voces que muchos de los artistas internacionales que pasan por el país (músicos, actores, directores, escritores) terminan en La Ronda. Por allí entre otros pasaron Tricky, Josh Homme, algunos de los escoceses de Franz Ferdinand, los Black Keys, la estadounidense Cat Power y varios más, lo que ha conferido estatus legendario al único bar de la ciudad que se ha ganado a pulso y a propuesta el estatus de "de culto".

Pero por lo general -y más que nada en un país como Uruguay- nadie va a ese lugar ni a ningún otro con la expectativa real de que los músicos que vio en vivo lleguen a un bar aunque el rumor siempre está. Ayer, muchos asistentes al Teatro de Verano se encontraron con que los cuatro integrantes de Blur arribaban al sitio poco rato después de terminar su show.

Por supuesto y como siempre, lo que quizá en otros países requeriría de un amplio dispositivo de seguridad no es tal en Uruguay: los músicos fueron apenas aplaudidos y vivados brevemente antes de entrar y confundirse con el resto de la gente; muchas veces acompañados por custodias pero en general sueltos, alternando el interior del lugar y la barra con la vereda. Hubo tiempo para fotos, saludos y alguna que otra charla. Cualquiera podía acercarse, cerveza mediante, y brindar con los músicos que apenas si estaban flanqueados por alguna que otra chica.

La imagen es una buena instantánea de lo que fue el paso de Blur por Montevideo en un país cuya relación con los artistas está por lo general muy lejos de lo frenético e histérico del fanatismo. Más allá de algún obsesionado que no apagó su cámara de celular con flash incluido ni cuando Albarn pasaba al baño (¿cuánta gente realmente ve algo de eso después en su casa?), cada asistente parecía disfrutar de estar en el mismo lugar que los músicos, mirarlos de lejos y poco más. Ninguna rutina fue alterada, no hubo tratos preferenciales ni nada por el estilo.

También, hay que decirlo, fue una evidente seña de anti divismo y relajación de parte de los propios ingleses que evidentemente -se vio en el concierto- toman esta gira como una especie de vacación que sucede sólo si es en sus propios términos: vale recordar que están girando por todo el continente con el actor Phil Daniels sólo para que cante en la canción Parklife.

Blur pasó del ruido de la triunfal Song 2 que cerró su noche en el Teatro de Verano a la calma de un backstage semidesierto con Joao Gilberto y los Kinks sonando de fondo y nada más que cajas armadas, prontas para seguir viaje a Chile. Apenas Dave Rowntree conversaba sentado sobre la mesa de ping pong en la que Albarn (y el propio Daniels) jugaron antes del show. El bajista Alex James caminaba con alguna botella de champagne Veuve Clicquot que había por la vuelta. Damon Albarn, más interesado en saber cómo había estado el concierto y en comentar la fe que le tiene a José Mourinho y a su Chelsea este año en la Premier League inglesa, quería seguir la cosa "en el bar de los turntables (bandejas de discos)". Allí en plena vereda compró un cuadro a Víctor Andrade, artista callejero que frecuenta la esquina de Ciudadela y Canelones, según asegura la crónica del portal Montevideo.com.


Y todo terminaría en esas mismas bandejas, porque sobre las tres de la mañana el cantante se puso tras la barra de La Ronda (por la que también en su momento pasaron Josh Homme y otros ilustres) y alternó temas, brindis y saludos con gente que se le acercaba. En un momento de la noche y a pedido del creador de Gorillaz y The Good The Bad and The Queen, alguien bajó las luces y el propio músico arengó ante el estribillo de dos canciones de David Bowie: Changes y Oh! You pretty things. Beatles, Stones y Patti Smith sonaron también antes de cerrar con su salida una noche especial en una Montevideo que recibió una vez más con una bienvenida normalidad a cuatro rockeros acostumbrados a los guardaespaldas y los estadios. La noche fue lo más "Blur en Montevideo" que se podía esperar, al borde de un guión que tiempo atrás hubiera sido una simpática ficción.

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