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Pocos recuerdos son tan universales como los de los días de verano junto a la familia, aquellos en los que el sol parecía que nunca iba a dejar de brillar, en jornadas repletas de comida, primos cómplices y tíos alocados. En Verano del 79, la cuarta película como directora de la actriz Julie Delpy, la francesa revisita su propia infancia para crear un filme cargado de nostalgia, que sabe captar con frescura algunos de esos momentos tan efímeros como perennes aunque no logra profundizar en una historia que sea algo más que la mera evocación.

En Verano del 79 (Le Skylab), Albertine (Lou Alvarez) recuerda durante un viaje en tren junto a su marido y sus hijos el día de la celebración del cumpleaños de su abuela en Bretaña, cuando ella era una niña de once años en compañía de sus padres (dos actores con ideas de izquierda interpretados por Delpy y Eric Elmosnino) y su extensa familia. La trama transcurre entre los juegos y la inocencia de los niños y las charlas y discusiones de los grandes, donde asoman asuntos como el lugar de la mujer, la guerra de Argelia, el sexo, la inmigración y el racismo.

El Skylab, la primera estación espacial estadounidense puesta en órbita en 1973 pero que en 1979 cayó en el desierto australiano, funciona como el macguffin de la cinta, ya que su importancia en el filme apenas tiene un sentido metafórico en relación al fin de la infancia y de una época.
Lejos de internarse en las vicisitudes de la carrera espacial, la película de Delpy es un tierno homenaje a su madre (quien murió un año antes del rodaje) y a su familia. La actriz, que nació en 1969, tenía la edad de Albertine en esos años y, como ella, sus dos padres provenían del mundo del teatro. De hecho Albert Delpy, el progenitor de la artista, encarna al tío loco en la cinta (en Dos días en París representó junto a su esposa a los padres ficcionales de Marion, el personaje interpretado por su hija).

Los mejores momentos de Verano del 79 son aquellos en los que aparecen los niños, que brindan interpretaciones graciosas y naturales. Lou Alvarez, quien encarna a Albertine, destaca en su rol protagónico, a la que se suman la del primo revoltoso y la del adolescente presumido.

Delpy sabe diseccionar la impune inocencia y sexualidad de la infancia y logra generar empatía con sus recortes de la niñez, aquellos que transcurrían escuchando cuentos de terror bajo la luz de una linterna, jugando a las peleas de muñecos o bailando lentos a un brazo de distancia.

La frescura de los pequeños también está presente en el reparto de los mayores (entre quienes se incluyen Emmanuel Riva -la actriz de Amour-, Bernadette Lafont y Denis Menochet). No obstante, es en la interacción entre los grandes donde la cinta falla. La cantidad de actores deja a algunos personajes sin desarrollo o trazados de manera reduccionista. La atmósfera de liviandad entorpece los momentos en los que la directora quiere ponerse seria, como cuando pretende ahondar sobre los traumas de un soldado adicto a la guerra, interpretado por Menochet.

Delpy no logra tampoco articular la relación entre los niños y los mayores, algo que otro filme nostálgico como Un reino bajo la luna, de Wes Anderson, supo calibrar a la perfección. No obstante, la directora acierta en el tono natural y se distancia de su emulación a Woody Allen o a Richard Linklater (con quien hizo la trilogía de Antes del amanecer junto a Ethan Hawke), que derivó en la intelectualidad chirriante de Dos días en París.

En Verano del 79 Delpy sigue demostrando que sabe captar atmósferas y que tiene buen ojo como directora, pero todavía le falta tematizar un conflicto que, en definitiva, convierta a su obra en algo más que la mera articulación de palabras y momentos.

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