Recuerdos y la leyenda de un tango moderno
En plan clásico, Charly García pasó por el Teatro de Verano
"Yo creo que a la música le aporté un poco de tanguito y un poco de baile, no mucho más”. La frase, en 1991, es de un Carlos Alberto García Moreno en plenitud, se podría decir. Era tiempo en que muchos de sus grandes discos estaban frescos, aunque todavía faltaba La hija de la lágrima, el mítico Unplugged y toda la etapa Say No More, tan gravitante como los años 1980 en lo que es hoy Charly García.
Se suele extrañar mucho más a aquel Charly, el de la voz clara y los arreglos (clics) modernos y atinados, y reducir esta última etapa a la dicotomía “Charly ‘bien’ versus Charly roto / pasado / loco”. Sin embargo, esa pasada etapa en la que decidió convertir a su propia biografía (y organismo) en una rabiosa e impotente obra de denuncia sobre el estado de las cosas, se reivindica sola, en canciones como Rock and Roll (yo), que abrió el concierto del viernes pasado en el Teatro de Verano. De alguna forma, también temas como I’m not in love o El amor espera han crecido hasta ponerse a la altura de los Fanky, No toquen, Rezo por vos o Cerca de la revolución, que también sonaron en la noche primaveral. Influencia, quizá la canción más autobiográfica y confesional de García y de épocas más recientes, sonó el viernes.
Estas últimas composiciones también hacen a la dimensión de clásico que García ya ostentaba hace por lo menos 15 años, pero que ahora aprovecha y disfruta, a pesar de sus limitaciones. El show, en general, es una especie de conmemoración de ese estatus de García y es un regalo para quienes asisten. Pero también para el músico, que a pesar de la falta de bises extendidos clásica en él pareció disfrutar de toda la hora y media de concierto. En canciones como Influencia, (una apropiación y adaptación del tema Influenza, de Todd Rundgren), vuelve a explicarse la dimensión del genio definitivo del rock argentino: adaptó el tango a los tiempos modernos como nadie, actualizándolo en temáticas y sentimientos pero también en ritmos. Algo a años luz de la pretensión comercial de la variante electrónica de ese género, por ejemplo.
En ese recorrido de 28 temas propulsado por una banda ensayada y autónoma, se amplifica el efecto de todas esas canciones; en la mayoría de los casos arregladas con fidelidad respecto del original. Allí, Fernando Samalea brilla en el bandoneón y los xilofones, el cuarteto de cuerdas se anima incluso a hacer una pieza de Handl y los guitarristas despuntan, cada uno acorde a su personalidad: más rockstar en el caso de Carlos García López y más aplicado en el de Kiuge Hayashida.
A diferencia de sus otros conciertos posregreso, García vuelve a dominar los tres teclados dispuestos alrededor suyo. Una novedad, ya que en aquellos primeros conciertos casi todas las instrumentaciones estaban apoyadas en la banda y el músico estaba solo en el medio, micrófono en mano. Sonaron canciones de todas las épocas, claro está, aunque quedó afuera por lo menos una que el público local pareció extrañar más que el resto: No voy en tren fue lo que se quedó cantando la gente (“un público universitario”, señaló Charly) tras la retirada final.
El espectáculo, basado en puesta en escena y musicalidad en los tres conciertos celebratorios del teatro Gran Rex que se registran en el pack 60x60, encontró a García asistido en vocales por Rosario Ortega y en sus dificultosos movimientos en el escenario por un asistente personal. Lo primero no es noticia ya que desde los años 1990 la voz de García no es precisamente el elemento a destacar en sus conciertos. De hecho, no lo fue nunca. La gente sigue y seguirá yendo a escuchar a este hombre en el estado en que venga, porque su repertorio sigue sin tener algún otro que se le asemeje. Y por eso puede seguir viniendo todas las veces que crea necesario.