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Romeo y Julieta entre las balas de Casavalle

A puro tiros y vendetta, a pocos kilómetros del centro de Montevideo, la guerra de los narcos no da tregua pero tampoco se salva de amores imposibles

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11 de agosto de 2018 a las 05:00

Es bastante difícil precisar con exactitud cuándo fue que los clanes familiares de delincuentes que convivían pacíficamente en la Unidad Casavalle iniciaron una guerra que en dos años dejó unas 56 víctimas, cerca de 40 mortales.

Pero entre el voluminoso expediente reservado que se maneja en el Ministerio del Interior sobre el que quizá sea el enfrentamiento más violento y prolongado en el seno de la mafia local, entre historias de cadáveres con 30 disparos de arma de fuego, nombres de personas que figuran como desaparecidas y una organización lumpen-criminal que hace muy difícil su seguimiento, destaca una historia de amor que, en medio de semejante entorno, no podía terminar bien.

Una especie de Montescos y Capuletos del bajo, en la que los supuestos Romeo y Julieta, lejos de morir o matarse, son de los pocos que sobrevivieron a esta guerra cuyo amor, en vez de atemperar, contribuyó a alentar.

"Nunca hubo una historia más dolorosa que esta de Romeo y Julieta", escribió sobre el final de su famosa obra William Shakespeare. Pero el dramaturgo inglés no conocía Casavalle.

Otro acto en barrio ajeno

A Carlos Alexis Correa Javiel –parecen inevitable los nombres completos en las historias policiales– le dicen el Camala. Nacido en marzo de 1988, con su cara regordeta y sus ojos claros, lucía como un pibe más de los que abundan en las llamadas "sendas" de Unidad Casavalle. Su prontuario policial como mayor era breve y escasamente violento al lado del de otros amigos. Tenía tres o cuatro hurtos al menos como mayor. Pero en junio de 2017 su vida cambió, o mejor dicho ya venía cambiando y ese día se encharcó en sangre ajena.

Por las vueltas de la vida en esos barrios, el Camala se hizo amigo y socio en el tráfico de pasta base de Gerardo Algorta, un capo del barrio 40 Semanas que, como no podía ser de otra manera, estaba enfrentado a otro líder narco, Wellington Rodríguez Segade. Así como Algorta era socio del Camala, Rodríguez Segade tenía sus amigos en Casavalle: los Chingas, una familia de delincuentes conocidos en el barrio y más allá de sus fronteras.

En 2015 Rodríguez Segade fue asesinado y, respetando los códigos mafiosos, un año después, en 2016, gente allegada a Algorta junto a otras personas provenientes del Cerro –"perros" del famoso delincuente Luis "el Betito" Suárez–, en un entrevero de alianzas difícil de seguir en esta trama, secuestraron a la esposa y a un sobrino de Segade. A la mujer la mataron, pero el muchacho se escapó y fue el testigo que permitió mandar a prisión a los asesinos.

Quemado por soplón, el muchacho se fue a Italia pero el 15 de setiembre la confianza le jugó una mala pasada y regresó a Montevideo. Un día después fue asesinado junto a un amigo y a su novia, una joven que nada tenía que ver con las barras mafiosas y sus disputas. En diciembre de 2017 vino la revancha e impactó en el propio líder de uno de los bandos: Algorta fue asesinado de ocho balazos.

Muerto el capo...

Muerto Algorta, el Camala ocupó el lugar vacío y se hizo fuerte en Casavalle. Muerto Segade, los Chingas ocuparon su lugar y aumentaron su poder en Casavalle.

Pero en setiembre del año pasado el Camala fue detenido por el triple crimen. Aunque como todo capo narco siguió manejando las cosas desde la cárcel, siempre se necesita alguien que mande fuera de la prisión y el Camala eligió a un primo llamado Carlos.

A esa altura, los Camala y los Chingas, que habían compartido sus respectivos territorios en las sendas de Unidad Casavalle y en Los Palomares de esa zona, incrementaban su enfrentamiento y hacían de la calle Martirené una frontera peligrosa de atravesar.

Es el amor

Carlos, el lugarteniente que el Camala había elegido para sustituirlo transitoriamente, no despreciaba el riesgo que significaba cruzar la línea de la calle Martirené, pero hay cosas que suelen llevar a los hombres a exponerse a situaciones límite. En este caso no fue el dinero, ni la droga, sino el amor.

Carlos se enamoró de una joven que vivía en las sendas. Cada vez que frecuentaba esa zona tan cercana y ajena a la vez de Los Palomares donde los Camala son fuertes, Carlos lo hacía acompañado de un séquito de guardaespaldas armados como para ir a la guerra.

Para peor, su enamorada era cercana a uno de los Chingas. Los expedientes del Ministerio del Interior y de Inteligencia carcelaria, que guardan historias de ribetes insólitos de este Uruguay de las familias mafiosas, establecen que esta muchacha tiene 24 años y estudió hasta tercero de liceo. Tiene un hijo de 5 años de un padre que nunca estuvo presente. Estaba enamorada de Carlos, que muchas veces pistola al cinto arriesgaba su vida y atravesaba la frontera imaginaria de la calle Martirené para verla.

A los Chingas fue como mojarles la oreja. Alguno de los mandaderos o "perros" de la Gorda Mónica, la líder chinga que cumple prisión domiciliaria, se presentaron ante a la joven y su familia y les dieron un ultimátum. No había lugar en el barrio para quien se entregaba al enemigo.

Si esta historia, que apenas es una más de las tantas que ocurren en el contexto de la guerra mafiosa más notoria del Uruguay moderno, aparece, es porque fue de algún modo el laboratorio que los Chingas utilizarían luego para los desalojos mafiosos.

Como la joven continuó viendo al mano derecha del Camala, los Chingas comenzaron a vandalizar la casa de la muchacha durante tres días, esperando que el "Romeo" se presentara en Los Palomares para así matarlo. Al tercer día le quemaron la casa con ella adentro. Logró salir con su hijo y se fue de Los Palomares.

Pero el drama no había terminado. Emulando a los narcos colombianos o mexicanos, que si tienen problemas con un traficante liquidan a toda su descendencia, a los pocos días los Chingas comenzaron a desalojar a todos los parientes de la joven que vivían en el mismo pasaje. En 10 días expulsaron de 14 viviendas a todos los parientes cercanos y lejanos de la joven "Julieta".

El desalojo mafioso, que terminó con las autoridades derrumbando parte de las viviendas, se había institucionalizado.

Desaparecidos

Algunas de esas personas víctimas colaterales de este amor del bajo están hoy en la lista de testigos protegidos de la policía.

A la joven no volvieron a verla ni en las sendas ni en los Palomares.

El Romeo, lugarteniente del Camala, sigue muy activo en las tareas que le ordena su jefe desde prisión, ya que uno de los últimos informes de Inteligencia lo ubican visitando la ciudad de Pedro Juan Caballero, adonde, según las fuentes, no fue a comprar marihuana –la droga que se cosecha en esa localidad paraguaya– sino a hacer contactos para llegar a los traficantes bolivianos, peruanos y colombianos que manejan la pasta base y la cocaína.

Fuentes policiales dijeron que está requerido por "delitos complejos" que no solo incluyen el tráfico de drogas sino también de armas.

La policía dice que desde el estallido de los desalojos masivos a Carlos tampoco se lo ha visto por Casavalle.

¿Siguen juntos este Romeo y esta Julieta de los márgenes? Nadie lo sabe, pero no por ello la guerra ha cesado. La semana pasada dos Chingas cayeron bajo las balas adversarias. Fueron ejecutados como se realizan ahora las ejecuciones, de día, delante de todo el barrio, como para que se sepa que aunque abunda el miedo, el coraje y también el amor, lo que manda allí es la violencia.

¿Quién es quién?

Carlos Alexis Correa Javiel

Alias el Camala. Nacido en marzo de 1988 se hizo amigo y socio en el tráfico de pasta base de Gerardo Algorta, en junio de 2017. Está en la cárcel por el asesinato de Rodríguez Segade, la esposa y el sobrino de este. Continúa manejando el negocio de la droga desde la prisón.

Wellington Rodríguez Segade

Otro capo mafioso que tenía como aliado a los Chingas, un familia de delincuentes que trafica drogas y violencia desde Casavalle. Fue asesinado en 2015. Un año después delincuentes cercanos a Algorta secuestraron a su esposa y a un sobrino.

Gerardo Algorta

Capo mafioso del barrio 40 Semanas, enfrentado a otro líder narco de la zona, Wellington Rodríguez Segade. Fue asesinado de ocho balazos en diciembre de 2017.

Carlos

Es primo y mano derecha del Camala (Carlos Alexis Correa) fuera de prisión. Buscado por la policía. Se enamoró de una joven que vivía en las sendas de Los Palomares, en territorio de los Chingas.

El angelito pistolero

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El 25 de setiembre Gerardo Algorta y un compinche manejaban por Casavalle una camioneta llena de armas. Quizá por casualidad, quizá porque tenían información, un grupo de la banda de los Chingas los interceptó a balazos.

Según testigos, cuando las balas volaban en todas las direcciones, un muchacho se plantó en medio de la calle y a puro tiro obligó a Algorta a huir a pie del lugar. La policía llegó a tiempo para enfrentarse a tiros con los delincuentes. Luego, en Pasaje 24 y Aparicio Saravia encontraron una camioneta Ranger –que estaba denunciada por robo– con armas y chalecos.

En la calle José Martiriné y Aparicio Saravia, que funciona como límite entre la banda de los Camala y los Chingas, en Casavalle, fue hallada una moto abandonada y, junto a ella, el cuerpo de un joven muerto por arma de fuego.

Entre las armas incautadas había un rifle de guerra Steyr con cargador y municiones, un carabina M1, una pistola Star, una pistola Glock 17 con un cargador de 50 cartuchos, una caja con municiones de distinto calibre y chalecos antibalas.

El joven que encontraron muerto fue el mismo que se plantó en medio de la calle y a puro fuego hizo huir a Algorta. Se llamaba Franco Leonal Etcheverría Aguilar, tenía 15 años y le decían el Puo.

El Puo llegó a ir a la escuela y la terminó con 14 años. Entre los Chingas era el benjamín. Hoy adquirió ribetes místicos, de admiración. En las páginas de Facebok, donde estas bandas se muestran armados y pasan mensajes, se puede ver su carita de niño inocente y mensajes que dicen que se trata de "un angelito".
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