Se quemaron los papeles
La destitución del director de la Biblioteca Nacional, Carlos Liscano, su reacción y las prácticas incambiadas en una institución que todavía debe reformas profundas
Una de las varias instituciones culturales uruguayas que necesita una serie de reformas profundas es la Biblioteca Nacional. Desde hace décadas sucede esto. No es nuevo. Es un elemento que está dentro de la llamada “larga duración” de la Escuela de los Annales. Los sucesivos directores que pasan no han logrado mellar algunos de los problemas estructurales que la atraviesan.
A pesar de esto, bajo el último quinquenio, su (ahora ex) director, el escritor Carlos Liscano, hizo algunos intentos para mejorar su aspecto y su contenido. Repasemos.
Se preocupó por la fachada, criticando a todos los partidos políticos (sobre todo al Frente Amplio) por las pegatinas y los afiches que afean los muros que dan tanto a 18 de Julio como al callejón de Frugoni. Se colocó una reja para impedir que personas en situación de calle durmieran y realizaran otras actividades propias de un hogar en la entrada de la Biblioteca. Adentro se mejoraron los baños y se refaccionó la hermosa sala auditorio Vaz Ferreira. Se reformó la entrada al edificio y se hicieron obras en la sala principal. Se digitalizó el catálogo y esto mejoró las búsquedas para el usuario. Se ordenó y limpió, lo que redundó en un cambio notorio del aspecto visual de la Biblioteca. Se crearon grupos de estudio y de investigación y empezaron a publicarse revistas sobre el trabajo que realizan los catedráticos que trabajan dentro de la Biblioteca.
No es poco para el quinquenio que tuvo a Liscano al frente. Su antecesor, el escritor Tomás de Mattos, había podido hacer poco y nada, enfrentado de punta con el gremio de funcionarios con el que estuvo en guerra. (Otro tema de discusión, polémico, es determinar si la persona más idónea para dirigir con criterio y decisión una biblioteca debe ser un escritor).
Hace unos días, la Biblioteca Nacional estuvo en el centro de la agenda noticiosa por la escandalosa salida de Liscano, a quien supuestamente le habían renovado su contrato en el cargo que ostentaba para esta administración que comenzó el 1o de marzo. La ministra María Julia Muñoz lo removió de forma bastante intempestiva, lo que produjo una reacción por parte de Liscano, que en varios medios escritos desenfundó contra Muñoz, a quien calificó de amenaza para la cultura uruguaya. Cabe preguntarse también si de no haberse producido este incidente Liscano se hubiera animado a realizar afirmaciones tan contundentes contra la ministra. La nueva directora es Ester Pailós, a quien han destacado como una experimentada bibliotecóloga.
De todos modos, más allá de formas ordinarias y de reclamos, de culpas y razones, la Biblioteca Nacional, que el año próximo estará cumpliendo 200 años de vida en la sociedad montevideana y uruguaya, necesita cambios radicales en varios sentidos, desde la atención al usuario común hasta el investigador. Con rémoras de tiempos vetustos, la Biblioteca mantiene todavía el sistema de mostrador añejo donde hay que llenar un papelito, entregarlo a un funcionario que lo manda por el ascensor de libros para que, en los pisos superiores, los misteriosos hombres de túnica lo manden a tierra, si es que el ejemplar aun existe. No se han implementado reformas profundas en ese sentido. Las bibliotecas más modernas presentan para el usuario otra relación con los libros y ya rompieron esa barrera.
La Biblioteca Nacional, por ejemplo, no permite sacarle fotos a los diarios de la hemeroteca.
Otro atraso. Los horarios de funcionamiento son arbitrarios y van en contra de usuarios que en horarios “de oficina” no pueden acceder a ella. Las bibliotecas en el mundo están abiertas de noche (¡oh!), y eso no es un pecado. Solo nombro grosso modo los principales hilos de la madeja. Hilar fino llevaría muchas más palabras. Mutar la cabeza es lo más complicado.
Por todo esto, para redondear y sin dejar de reconocer el valor de las personas y de sus ideas, la Biblioteca Nacional cambiará su cara de verdad cuando se anime a dar los pasos imprescindibles para su mejora. En varias décadas, no es eso lo que ha sucedido.