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La transformación de la educación como un asunto crecientemente universal que convoca a diversidad de instituciones y actores, con foco en los jóvenes, es una agenda abierta a múltiples enfoques sobre su sentido, contenido, alcance e implicancias. Transformar puede o bien implicar cosas muy distintas que no necesariamente convergen en una agenda compartida y acordada o bien las diferencias queden opacadas por declaraciones y posturas genéricas que son de fácil consenso y de discrecional cumplimiento. Esencialmente la transformación nos interpela en la búsqueda de puntos de convergencia entre diversidad de posicionamientos con la mirada puesta en expandir y democratizar la educación y los aprendizajes para presentes y futuros mejores.

No escapa al análisis que el progresismo en educación puede ser tan diverso a su interior como en relación a otras posturas ubicadas en las antípodas de su pensamiento. No hay por así decirlo una variante progresista de la educación sino una pléyade de miradas y posicionamientos que en general no han convergido en una agenda educativa potente y que, asimismo, evidencian cierta debilidad en la capacidad de convencimiento y de convocatoria para plasmar cambios sostenibles y efectivos en las mentalidades, concepciones y prácticas. Entendemos que la transformación de la educación, que va adquiriendo la impronta de un movimiento a escala global (UNESCO, 2022), constituye una fantástica ventana de oportunidades para que el progresismo se repiense y tenga una real incidencia en formar a las nuevas generaciones. Veamos siete puntas posibles de un posible repienso.

En primer lugar, el progresismo se sustancia, tal cual señaló recientemente la especialista en educación Guillermina Tiramonti, en “la idea de progresar, de avanzar, lo que supone un cambio cultural” (Clarín, 2022). Su norte de referencia es forjar visiones educativas plurales y abiertas que reflejan imaginarios y aspiraciones sociales respaldados por el voto ciudadano en regímenes democráticos de gobierno garantistas de derecho, así como por la confluencia e integración de expectativas y necesidades que emanan de la diversidad de credos, afiliaciones, sensibilidades y enfoques que anidan en la sociedad. Por un lado, se trata de asumir que la construcción y el desarrollo educativo son procesos de puertas vaivenes con la sociedad, y que se diferencian claramente de posicionamientos corporativos del origen y de la índole que sean.  Por otro lado, el progresismo se asienta en el precepto de unidad en los propósitos de hacia dónde se va sustentado en una clara afirmación de la educación como derecho y bien común global, y en el reconocimiento, asimismo, que existen diversidad de caminos posibles para su concreción en los formatos institucionales, los contenidos y las estrategias educativas.

En segundo lugar, el progresismo se edifica sobre una visión amplia del derecho a la educación que incluye cuatros aspectos interrelacionados sustentados en el fortalecimiento de la educación como política ciudadana, comunitaria, social, económica y cultural. El primero de los aspectos refiere a la esencia misma del derecho a educar a todos los alumnos por igual que teniendo en cuenta la especificidad de la situación y las circunstancias de vida de cada uno de ellos, facilite oportunidades de aprendizaje y remueva las barreras culturales, sociales, económicas y educativas que impiden su concreción. El segundo de los aspectos alude al derecho a aprender que implica respetar y apuntalar el potencial de excelencia de cada alumno o alumna a sabiendas como cada uno aprende, así como facilitarte acceder a diversidad de experiencias de aprendizaje igualmente relevantes para su formación integral como persona. El tercero de los aspectos implica el derecho a conocer múltiples perspectivas y enfoques sobre diferentes temas potenciando la libertad y la autonomía de pensamiento del alumno, así como congeniando y jerarquizando conocimientos locales y globales entendidos como complementarios. El cuarto de los aspectos sustancia el derecho a la conectividad en educación que supone que el estado garantice el acceso y uso gratuito y/o subsidiado de dispositivos, plataformas y contenidos en los hogares y en los centros educativos para que efectivamente las tecnologías sean una palanca democratizadora de las oportunidades de aprendizaje.

En tercer lugar, el progresismo se compromete a plasmar en clave de complementariedad los principios de libertad, justicia, inclusión, cohesión, solidaridad, cooperación y convivencia como ejes transversales a la educación. Se trata de entender este conjunto de principios como simétricos en su tratamiento e incidencia en la formación de los alumnos como personas. Algunos ejemplos de complementariedad pueden hacernos ver su necesidad. La justicia social inequívocamente asociada al impacto que puede tener la educación no se contrapone en promover la libertad del alumno y una educación liberal que ensanche y contraste miradas. O bien la inclusividad en educación que suponga apreciar la diversidad individual, de género, social, cultural y de afiliaciones implica a la vez que la sociedad logre cierta cohesión que garantice precisamente las múltiples expresiones de la diversidad.

En cuarto lugar, el progresismo supone en efecto un estado garante del derecho a la educación cumpliendo un rol estratégico, articulador y de aseguramiento de la calidad. Por un lado, la mirada estratégica implica congeniar la formación integral de la persona y de ciudadanía democrática e inclusiva con cimentar bases fundamentales culturales, económicas y sociales para forjar estilos de vida y desarrollos sostenibles. Por otro lado, el rol articulador supone, a la vez, fortalecer la presencia claramente predominante del estado en la gestión y desarrollo de la propuesta educativa, así como entablar alianzas y coordinaciones con diversidad de instituciones y actores que, desde el terreno, amplían las oportunidades de aprendizajes para múltiples grupos y personas y con foco en los más vulnerables.

El progresismo tiene que poner más la mirada en como la conjunción de iniciativas y recursos desde ambientes de aprendizajes formales, no formales e informales, así como desde el estado, la sociedad civil y el sector privado, genera más equidad y calidad que desde visiones y prácticas estado céntricas con ribetes hegemónicos. Asimismo, el rol del estado fortalecido en su condición de garante de la calidad de las prestaciones, incluidas las propias gerenciadas por el estado, no solo visto desde los atributos de las propuestas educativas sino también calibrando y evidenciando sus impactos en términos de procesos y resultados de aprendizajes.

En quinto lugar, el progresismo tiene que asumir que la disrupción ya no solo provocada por la cuarta revolución industrial sino por estilos de vida civilizatorios que ponen en riesgo la sostenibilidad planetaria a presente y futuro, requieren repensar el para qué y qué de la educación. No es cuestión solamente de ajustar o de reformar planes y programas de estudio encapsulados en disciplinas y en grupos de interés asociadas a la mismas, con foco en la transmisión de contenidos y que separan la enseñanza de los aprendizajes como dos mundos no conectados.

La disrupción nos coloca nuevas interrogantes, entre otras, sobre el sentido de la vida en sociedad en lo individual y colectivo, en el relacionamiento con la naturaleza, en abrirnos a nuevas formas de agregar valor en lo que ideamos y hacemos, en cuestionar la idea de desarrollo como crecimiento descontrolado sin sustento en el bienestar y en el cuidado del planeta, en revisitar los equilibrios entre el trabajo y el ocio y en cuestionarnos vivir en sociedades altamente desiguales y poco inclusivas. Un currículum progresista puede encarar estas y otras interrogantes asumiendo que es un deber ético compartirle a los alumnos los marcos de referencia y los instrumentos para que puedan actuar competentemente para tomar posición propia y responder a desafíos que afectan sus identidades individuales y colectivas. El hecho de ser autónomo y competente en las decisiones no tiene que ver con la adscripción a improntas neoliberales sino con las oportunidades de progreso en la vida. Progresismo implica creer, advocar y facilitar el progreso de las personas con las apoyaturas, las intervenciones y las inversiones necesarias para igualar efectivamente en oportunidades.

En sexto lugar, el progresismo tiene entre manos avanzar en el desafío de entender y jerarquizar a los alumnos y a los educadores como co-socios y co-agentes de propuestas educativas que aspiren a formar para mejores presentes y futuros.  No es cuestión de una educación centradas en unos u otros sino de lograr que los procesos de enseñanza, aprendizaje y evaluación fluyan bajo diversidad de formatos donde los educadores y los alumnos, en roles propios y compartidos, comparten, producen, discuten y aprenden unos de otros. Tampoco la educación puede devenir en adscripciones dogmáticas a corrientes de pensamiento cerrándose a la posibilidad de triangular perspectivas y enfoques. El progresismo tendría que hacer una mea culpa y reconocer las fuertes disonancias éticas y cognitivas que derivan, tal cual señaló el maestro y referente Juan Carlos Tedesco, “de la existencia de un discurso a favor de la equidad educativa concomitantemente con prácticas profesionales que favorecen la segmentación” (Tedesco, 2026; Opertti, 2021).

Muchas veces el progresismo ha estado mas orientado y bien que lo ha concretado, a mejorar las condiciones de enseñanza, incluido el tema fundamental del mejoramiento de las condiciones de trabajo y de dignificación del rol docente, y en cierta medida, no se ha tenido un similar énfasis en la comprensión del alumno y en cómo facilitar sus procesos de aprendizaje para igualar en resultados. Asimismo, importa poner la atención en cómo los sistemas educativos se tienen que organizar y funcionar para que cada una de sus componentes y piezas sirvan al objetivo principal de facilitarle a cada alumna o alumno oportunidades personalizadas de aprender bajo diversidad de ambientes híbridos de aprendizaje donde se integren las formaciones presenciales y en línea.

En séptimo lugar, el progresismo tiene la oportunidad de renovar su prédica de larga data en cuanto a la necesidad de aumentar la dotación de recursos a la educación alineados a propuestas transformacionales encuadradas en visiones de largo aliento. Ya se ha evidenciado, por ejemplo, que los esfuerzos significativos de inversión en educación, que se han plasmado en América Latina en las últimas décadas, principalmente bajo gobiernos de cuño progresista, no se han correspondido con mejoras sostenidas en los procesos y resultados de aprendizaje (Tedesco, Opertti & Amadio, 2015). Resulta necesario direccionar y aumentar los recursos hacia objetivos y metas claras y potentes, con foco en los grupos y personas más vulnerables y en el marco de políticas públicas intersectoriales e interinstitucionales. Asimismo, no es cuestión no solo de exigir mayores cantidades de recursos, sino también de profundizar en mecanismos de financiamiento progresivos que tengan como contrapartes, rendiciones de cuentas a la sociedad en base a objetivos y metas evidenciables.

En resumidas cuentas, el desafío de la transformación de la educación a escalas globales y nacionales, requieren de un progresismo audaz, propositivo, futurístico y con agendas que salgan del confort de reproducir discursos y prácticas que no aportan significativamente al bienestar y desarrollo de las generaciones jóvenes. De no hacerlo, quedará el camino allanado para que otras posturas asuman el timón de la transformación.

Temas:

Educación

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