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"Soy Michael Jordan. Soy el Steve Jobs de la cultura. Soy el núcleo de la cultura. Soy Jesús”.

Todas son declaraciones recientes de Kanye West, un incomparable artista contemporáneo que combina su talento masivo para el rap con una construcción de persona-celebridad como quizá no la ha habido antes en el mundo de la música negra y en particular del hip hop, un género en el que el ejercicio de la rima y la selección de samples que acompañan desde el sonido es tan importante como el manejo habilidoso del ego exacerbado, la declaración, la exposición pública y la ostentación.

Aun así, ninguna de estas frases proferidas por West sería digna de atenderse, de no ser porque cada disco que West edita –desde el primero hasta este sexto, que está por salir– es un evento cultural en el que, por lo general, la crítica va de la mano con la respuesta masiva.

Kanye West es un habitante del mundo pop con una dimensión artística elevada e incluso ya proyectada hacia otras áreas como la moda. Siempre entre los más inquietos de su generación, West ha equilibrado el buen gusto a la hora de producir su música y elegir acompañantes (desde grabar un disco con Jay-Z hasta incluir por primera vez a Daft Punk en un rap) y la exposición masiva de su biografía y de su vida, a veces a niveles de exabrupto poco comunes, como subirse a un escenario en una premiación de MTV a decirle a la cantante Taylor Swift que no se merece el premio que acaba de ganar.

La figura de West se polariza entre su calidad como verdadero artista y su papel de celebridad antipática y pedante, ambas facetas que resuelve a la perfección. En el preciso momento en que una de las mayores figuras perseguidas por los paparazzi del mundo es su novia (la modelo Kim Kardashian), lo de artista parecía, hasta hace poco, irse difuminando entre titulares sensacionalistas y especulaciones sobre cosas como el nombre de su próximo hijo.

Es en el medio de este torbellino mediático que su sexto disco sale a la luz. En este momento, toda la prensa musical especializada recuerda que más allá de los tabloides, cada disco de West es un hito que no pasa desapercibido y que permite al género del rap, al pop y a la industria, cuestionarse algunas cosas. Es que los discos de West suelen marcar mojones en una carrera influyente desde la composición y la producción.

A editarse este martes bajo el no menor título Yeezus (que en inglés se pronuncia de la misma manera que Jesús), el disco cuenta con invitados como (otra vez) los franceses Daft Punk y la supervisión ejecutiva del legendario Rick Rubin, rey Midas de la producción musical minimalista. Un hombre que se mueve tan bien con West como con Neil Diamond, Johnny Cash o Metallica.

Su anterior disco solista, My Beautiful Dark Twisted Fantasy, (2010), le hizo ganar el premio Grammy al mejor disco de rap y fue puntero en las listas de los mejores álbumes del año. Pero Yeezus, con su despilfarro de ego –I am a god se llama una de las nuevas canciones–, amenaza con cumplir las altas expectativas una vez más.

My Beautiful… está hecho con grandilocuencia y ego. Es el disco que West editó, según dijo en una entrevista publicada la semana pasada con el New York Times, para “disculparse” por el evento de Taylor Swift.

La crítica lo recibió como mucho más que eso. Por otro lado, Yeezus, con apenas dos canciones conocidas hasta el momento, denota todo lo contrario: una vuelta hacia lo esencial, lo minimalista y la interpretación visceral. Ya no se apoya en los arreglos orquestales y los coros, sino que su rapeo –y en muchísimos casos, sus gritos guturales– se asientan sobre el bajo, las percusiones y poco más.

Se trata de un disco mucho más denso y profundo que los anteriores y muy populares Late registration y The College Dropout, de principios de la década del 2000. Y ciertamente, es un trabajo menos pop que Graduation, un disco que en 2008 confirmó que West estaba en un estado casi natural de gracia creativa.

En la misma nota con el Times, West se comparó con Jordan y Jobs, el hombre Apple. También se pregunta por qué nunca ganó un Grammy contra algún artista blanco y por qué no ganó nunca el premio al disco del año. Y añadió: “Voy a ser el líder de una compañía que termine valiendo billones de dólares porque tengo las respuestas. Entiendo la cultura. Soy un núcleo”.
West y su bipolaridad pueden generar sentimientos encontrados. Se lo ama o se lo odia, a veces al mismo tiempo. Este último año, tras consolidar su relación con Kardashian, se le abrió la puerta a un nuevo tipo de notoriedad: el de los tabloides, los sitios de chismes.

Sin embargo, en la citada entrevista contó que dejó de participar en el reality de las hermanas Kardashian precisamente por la insostenible cantidad de reacciones negativas que generó en sus seguidores.

Los antecedentes hacen pensar, como siempre, que si viene un disco de Kanye West viene algo grande, uno que se escape de la monotonía del rap estadounidense omnipotente y lleno de clichés. Con Yeezus podría recuperarse de su propio infierno empapelado de tabloides. Es que Kanye West probablemente sea el mejor salvador de sí mismo y, a la vez, del hip hop.
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