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Em ruselas, junto al parque del Cinquantenaire y a pocas cuadras de los edificios que albergan las instalaciones de la Unión Europea en Parque Luxemburgo, está el Museo Militar de la ciudad. Se trata de un edificio simétrico, con dos largos pabellones a los costados, unido por una larga media elipsis de columnas jónicas que le da un aire vagamente “arcotriunfesco”.

Allí por estos días se exhibe una impresionante exposición sobre la primera guerra mundial, la llamada Gran Guerra, el conflicto más pavoroso, sangriento y carnicero que había vivido la humanidad hasta entonces, que se desarrolló entre 1914 y 1918. El ángulo de la exposición, por estar montada en Bélgica, apunta a las experiencias de ese país durante los cuatro años de guerra. Recordemos que las tropas alemanas invadieron a la (hasta ese momento, por lo menos) neutral Bélgica en su camino para atacar a Francia, y estuvieron ocupando el territorio belga hasta la rendición de Versalles.

Hace unas semanas tuve la suerte de experimentar la exposición in situ. Y digo “experimentar” y no “ver” por la vivencia de pasar por el trayecto de 14-18 (ese es el nombre oficial de la muestra) que implica un esfuerzo sensorial que supera en mucho los ojos.

La exhibición pretende, en una tendencia cada vez más común en Europa (semidesconocida en esta parte del globo), que el visitante se acerque al enorme fenómeno desde diversos ángulos. Por supuesto que la vista se recrea con cientos de fotografías, con proyecciones de películas de época, con objetos que se vuelven fetiches (por ejemplo, uno de los más potentes es el gorro de piel del káiser Guillermo II, con una calavera de bronce y dos tibias debajo, que usó cuando sus tropas entraron en Bélgica).

Pero aparte de lo que podría denominarse como “archivo”, la exposición rearma lugares típicos del conflicto, como una trinchera (con los sacos, la tierra, las ametralladoras, los cascos, las balas, las máscaras antigás, y otros mil objetos para darse cuenta de lo que fue estar en esos pozos de muerte), la recreación de un almacén bruselense (con la iluminación adecuada, el mostrador, los viejos jarros de cerámica para servir la cerveza, una moviola donde sonaba una canción de la época), una oficina donde los alemanes manejaban los visados de los belgas (con los ficheros, una máquina de telégrafo, las plumas y los sellos originales), entre otros.

Además de la cantidad apabullante de pequeños detalles emotivos (desde cartas de amor a cigarros a medio fumar) hasta el lado más humano de los ejércitos (revistas eróticas para masturbarse y jeringas para drogarse y extraviarse de la masacre), la exposición incluye pantallas táctiles explicativas para entender mejor cada uno de los eventos que se representan. Y por si faltara poco, también presenta juegos interactivos para niños, los eternos olvidados de los museos.

La sensación final de un recorrido que toma unas dos horas es la de haber pasado, como escribió el alemán Ernst Jünger, por una “tempestad de acero”, de haberse acercado por lo menos un milímetro a lo que sucedió en aquellos campos de una Europa idílica que se quebró hasta sus cimientos.

Esta exposición se encuentra en otras capitales europeas, adaptada a la realidad de cada país durante el conflicto. Pero en Bruselas, capital de la Unión Europea, la significación simbólica parece mayor.

Una Europa en crisis, con desempleo galopante y varios países al borde de la bancarrota mira para atrás y recuerda que hace 100 años la actual alianza era un polvorín que explotó de la manera más sangrienta. Hay quienes dicen que hay que conocer el pasado para evitar que se repita. Yo no estoy tan seguro de esa afirmación. l

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n Bruselas, junto al parque del Cinquantenaire y a pocas cuadras de los edificios que albergan las instalaciones de la Unión Europea en Parque Luxemburgo, está el Museo Militar de la ciudad. Se trata de un edificio simétrico, con dos largos pabellones a los costados, unido por una larga media elipsis de columnas jónicas que le da un aire vagamente “arcotriunfesco”.

Allí por estos días se exhibe una impresionante exposición sobre la primera guerra mundial, la llamada Gran Guerra, el conflicto más pavoroso, sangriento y carnicero que había vivido la humanidad hasta entonces, que se desarrolló entre 1914 y 1918. El ángulo de la exposición, por estar montada en Bélgica, apunta a las experiencias de ese país durante los cuatro años de guerra. Recordemos que las tropas alemanas invadieron a la (hasta ese momento, por lo menos) neutral Bélgica en su camino para atacar a Francia, y estuvieron ocupando el territorio belga hasta la rendición de Versalles.

Hace unas semanas tuve la suerte de experimentar la exposición in situ. Y digo “experimentar” y no “ver” por la vivencia de pasar por el trayecto de 14-18 (ese es el nombre oficial de la muestra) que implica un esfuerzo sensorial que supera en mucho los ojos.

La exhibición pretende, en una tendencia cada vez más común en Europa (semidesconocida en esta parte del globo), que el visitante se acerque al enorme fenómeno desde diversos ángulos. Por supuesto que la vista se recrea con cientos de fotografías, con proyecciones de películas de época, con objetos que se vuelven fetiches (por ejemplo, uno de los más potentes es el gorro de piel del káiser Guillermo II, con una calavera de bronce y dos tibias debajo, que usó cuando sus tropas entraron en Bélgica).

Pero aparte de lo que podría denominarse como “archivo”, la exposición rearma lugares típicos del conflicto, como una trinchera (con los sacos, la tierra, las ametralladoras, los cascos, las balas, las máscaras antigás, y otros mil objetos para darse cuenta de lo que fue estar en esos pozos de muerte), la recreación de un almacén bruselense (con la iluminación adecuada, el mostrador, los viejos jarros de cerámica para servir la cerveza, una moviola donde sonaba una canción de la época), una oficina donde los alemanes manejaban los visados de los belgas (con los ficheros, una máquina de telégrafo, las plumas y los sellos originales), entre otros.

Además de la cantidad apabullante de pequeños detalles emotivos (desde cartas de amor a cigarros a medio fumar) hasta el lado más humano de los ejércitos (revistas eróticas para masturbarse y jeringas para drogarse y extraviarse de la masacre), la exposición incluye pantallas táctiles explicativas para entender mejor cada uno de los eventos que se representan. Y por si faltara poco, también presenta juegos interactivos para niños, los eternos olvidados de los museos.

La sensación final de un recorrido que toma unas dos horas es la de haber pasado, como escribió el alemán Ernst Jünger, por una “tempestad de acero”, de haberse acercado por lo menos un milímetro a lo que sucedió en aquellos campos de una Europa idílica que se quebró hasta sus cimientos.

Esta exposición se encuentra en otras capitales europeas, adaptada a la realidad de cada país durante el conflicto. Pero en Bruselas, capital de la Unión Europea, la significación simbólica parece mayor.

Una Europa en crisis, con desempleo galopante y varios países al borde de la bancarrota mira para atrás y recuerda que hace 100 años la actual alianza era un polvorín que explotó de la manera más sangrienta. Hay quienes dicen que hay que conocer el pasado para evitar que se repita. Yo no estoy tan seguro de esa afirmación. l

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