Son impredecibles, actúan por lo general guiados por impulsos irrefrenables y con un tinte autoritario, aunque respondan a regímenes con filosofías e ideologías claramente contrapuestas.
El presidente de Estados Unidos, el republicano Donald Trump y el líder del régimen comunista de Corea del Norte, Kim Jong-un se enzarzaron en los últimos tiempos en una guerra dialéctica, cada vez más combativa, cada vez más agresiva y altamente nociva para el mundo entero por sus amenazas respecto del uso de sus respectivos arsenales nucleares.
Si bien hasta ahora el intercambio de advertencias no pasó del plano estrictamente verbal, la inquietud mundial dista de ser una anécdota, porque hasta ahora basta con que uno de ellos de un paso para que el otro responda de inmediato, a cuál con mayor obstinación y tratando de demostrar en los hechos quién es el que tiene más fuerza.
Además, su carácter imprevisible y el hecho de manejar el poder a su antojo, los hace tan desafiantes como potencialmente peligrosos.
Mientras el líder norcoreano supervisó en las últimas semanas cinco ensayos balísticos nucleares y advirtió que con sus misiles intercontinentales podría llegar sin inconvenientes a territorio estadounidense, el presidente de la principal potencia mundial no se quedó atrás en sus amenazas, ordenó una mayor presencia militar en la zona y presionó para que Pionyang fuese sancionado por las Naciones Unidas.
En un escenario enrarecido, hay quienes dudan de que pueda producirse un intercambio de ataques nucleares.
Pero, sin embargo, no faltan los analistas que sostienen que las provocaciones en cascada pueden ser la chispa que encienda la mecha, sobre todo por parte de Kim Jong-un. Mientras tanto, el mundo observa expectante.