Trump y Jerusalén: la ruptura se da a cualquier precio
En casi un año el presidente estadounidense dedicó más a deshacer lo hecho que a construir
Desde el tema del
cambio climático al de Jerusalén, el presidente
Donald Trump parece hacer un asunto de honor el cumplimiento de las promesas de campaña más emblemáticas y más controvertidas.
Prueba de la capacidad para cumplir con su palabra y romper con la ortodoxia de Washington, alegan sus bases. Se apresura, y lo hace a cualquier precio y a riesgo de aislar a Estados Unidos en el ámbito internacional, tronan sus detractores.
Al anunciar su decisión de reconocer oficialmente a Jerusalén como la capital de Israel, Trump sucitó una ola de críticas en todo el mundo. Pero, lejos de consideraciones diplomáticas o geo-estratégicas, este espectacular anuncio se explica antes que nada por razones políticas.
"Otros presidentes hicieron esta promesa de campaña y la olvidaron una vez en el poder. Hoy yo la mantengo", dijo el empresario neoyorquino. Cuando habló de la "falta de coraje" de sus predecesores sin nombrarlos, atacaba a Bill Clinton y a George W. Bush, quienes avanzaron en este terreno, pero luego dieron marcha atrás.
Aunque el traslado efectivo de la embajada de Estados Unidos desde Tel-Aviv a Jerusalén podría llevar años, el presidente sabía que el anuncio tendría un fuerte impacto en su base.
La Coalición Judía Republicana pagó un aviso a toda página en The New York Times para saludar su "coraje". "Presidente Trump. Usted prometió. Usted cumplió".
Ted Cruz, senador ultraconservador por Texas, saludó "con entusiasmo" la "valiente e histórica" decisión de Donald Trump. El campeón de la derecha religiosa, que constituye un sólido apoyo electoral de Trump, ha hablado de "una jornada que quedará grabada para siempre en los libros como uno de los grandes momentos de la historia".
Pacto sacrosanto
"Donald Trump considera que el pacto con sus bases es sacrosanto", explicó Larry Sabato, profesor de la Universidad de Virginia, y recuerda que su núcleo duro "adora todo lo que hace".
Sus espectaculares anuncios, que suscitan una avalancha de reacciones indignadas, también son una pantalla que oculta sus magros resultados en política exterior, un año después de su llegada al poder. De hecho, al margen de rectificar lo que hicieron sus predecesores, en particular
Barack Obama, lanzó muy pocas iniciativas nuevas.
Pocos días después de llegar a la Casa Blanca el 20 de enero, enterró el tratado de libre comercio Asia-Pacífico negociado con grandes dificultades por 12 países de la región.
Luego, cortó de raíz y se retiró del pacto sobre cambio climático de París, firmado por 195 países, con un mensaje escéptico sobre la realidad del cambio climático. Con esto Trump se regocijó y añadió: "¡Fui elegido para representar a los habitantes de Pittsburgh, no de París!".
A veces llega a arreglos para dar una impresión diferente y presta oídos a los que en su entorno lo estimulan para que se muestre más conciliador. No "destrozó" el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, como había prometido, pero al amenazar con ponerle fin "en cualquier momento" y dejar la iniciativa en manos del Congreso, abrió un período de gran incertidumbre.
Para el cronista de The New York Times Tom Friedman, la explicación de esta serie de decisiones que modifican el lugar de Estados Unidos en la diplomacia mundial está sobre todo en que Donald Trump "no se ve como el presidente de EEUU, sino como el presidente de sus bases".
"Como es el único apoyo que le queda, siente la necesidad de alimentarlo manteniendo las promesas sin pulir y mal desarrolladas durante la campaña".