ver más
Veamos primero las expectativas. Hace un año, el Washington Post informaba que el ex presidente de los EEUU Barack Obama había analizado las perspectivas de su país bajo una administración Trump haciendo "referencia al ascenso de la Alemania nazi en los años de 1930".

El diario fue más allá: "Donald Trump es un fascista", se pudo leer en sus páginas. Y, claro, lo aseveraban los expertos.

El ex embajador británico en Washington, Peter Westmacott, por ejemplo, aseguró que la llegada de Trump a la Casa Blanca tenía "matices de 1933". Uau.

Y los historiadores del período saben bien de lo que se trata. Timothy Snyder ("Pensando el Siglo XX", 2012, "Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin", 2010, "Tierra Negra: El Holocausto como Historia y Advertencia", 2015, "Sobre la Tiranía: Veinte lecciones del Siglo XX", 2017) equiparó a los republicanos con "los conservadores alemanes de 1930", absorbidos por "la derecha radical" de Adolf Hitler.

El izquierdista The Guardian formuló la misma comparación, al editorializar que el ascenso de Trump era "una bofetada" a quienes pretendían aprender lecciones ... del Holocausto. Uau.
Un parlamentario laborista británico alertó sobre las similitudes entre Trump, Mussolini y Hitler, en tanto otra colega concluyó que pretender limitar la inmigración islámica a EEUU era rememorar al Holocausto judío.

Bueno, charlatanes: ha pasado un año y no vemos aún en EEUU los campos de concentración, los asesinatos políticos, el incendio del edificio del Congreso o la abrogación de la constitución.
Trump sigue siendo, claro, el ramplón vanidoso de hace un año. Sigue bombardeando sandeces desde Twitter, enfrascado en una embarazosa campaña contra sus adversarios. ¿Pero un Hitler? Qué va ...
Entre tanto, pongamos la mira en otras cosas.

Ha seleccionado un magistrado, Neil Gorsuch, a fin de reemplazar a Antonin Scalia en la Suprema Corte: una distinción que, novedosamente, nadie ha cuestionado, y va en la misma línea que otras designaciones a nivel de las cortes de apelación: jueces conservadores, renuentes a invadir con su activismo las funciones legislativas o administrativas desde sus sentencias. Lo contrario, pues, de un régimen fascista.

Ha puesto en marcha un masivo recorte de impuestos que ya ha dado impulso a empresas, empleados y mercados, apuntalando el crecimiento y la confianza de los consumidores. Las grandes empresas hoy se ven tentadas a repatriar utilidades, y los hombres y mujeres de a pie a emplear sus créditos tributarios por hijos o deducciones por hipotecas o por tributos locales, en consumo o inversión personales. Y todos ven con buenos ojos la muerte del Obamacare: la falsa promesa de un sistema médico universal que solo implicaba mayores gastos, sin fecha.

Ha comenzado a transitar, aún con timidez, la desregulación de la micro-economía: en el comercio electrónico, en las regulaciones ambientales, apuntalando la confianza de productores y consumidores en el crecimiento económico.

La revista Time ha pretendido, en su última edición, que este año ha sido el del retorno del aislacionismo estadounidense: una deserción de su rol internacional que empequeñece a los EEUU. "Primero América", recuerda, era el nombre de los asilacionistas que, en 1930, pretendían dejar afuera a su país en la lucha contra el nazismo. Solo que es otra fantasía.

La política exterior de EEUU hoy es, en realidad, una continuación de la implementada por otras administraciones. EEUU sigue metiendo su dedo en el conflicto de Medio Oriente; su embate de último momento contra el Ejército Islámico los deja con una presencia activa en Siria, y tal vez en el umbral de un conflicto con Rusia en relación al sostenimiento del gobierno de Bashar al Assad, en tanto todo menos aislacionista fue el entripado a gritos que Trump protagonizara contra el norcoreano Kim Jong Un (un triste papelón que, sin embargo, terminó con un diálogo entre las dos Coreas).

Hasta la polémica decisión de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén es, apenas, la concreción de un compromiso ya asumido por la primera administración de Bill Clinton, y reiterada por todas las siguientes.

Pero, ya que de fascismo hablamos, hablemos de la política inmigratoria de Trump, en especial su posición restrictiva respecto a inmigrantes llegados en la infancia o padres indocumentados de residentes estadounidenses (programas DACA y DAPA). No solo se trata de normas ya dictadas por bondadosos profesionales como Obama sino que, a diferencia de sus antecesores, Trump ha puesto su ejecución en manos del mismo Congreso que no controla, revirtiendo la tendencia que se afirmaba, en el sentido de disponer por actos ejecutivos (decretos) en terrenos legislativos o jurisdiccionales.

Dígase lo que se diga, esta línea (que afecta, por cierto, también a las normas que flexibilizan el consumo de marihuana) representa un inusitado y saludable cambio en la anterior tendencia a concentrar potestades en manos del Ejecutivo.

¿Todo bien en el paraíso? No. La impredictibilidad de Trump, los pliegues neo-conservadores que hay en la Agencia de Seguridad Nacional y el Pentágono, la clara intención de emplear aranceles como un arma política, representan factores de peligrosidad e inquietud.

Pero, en este aniversario, cabe ser modestos y concretos: Trump no lanzó el Cuarto Reich que auguraban los sabelotodos, se sacó de encima a fundamentalistas políticos como Steve Bannon, Michael Flynn o Sebastian Gorka, y le ha planteado, por lo demás, una imprescindible ofensiva a la cultura de la intolerancia de lo políticamente correcto, donde mayores riesgos enfrenta la libertad hoy, y no solo en EEUU.

Parece un saldo cautelosamente positivo.
Temas:

Donald Trump Estados Unidos Barack Obama Comercio comercio electrónico conflicto CONSTITUCION consumo Cultura economía

Seguí leyendo