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Joan Baez brindó un espectáculo de calidad inusual. Con una estética despojada, muchas veces sola en el escenario, con una guitarra acústica y una voz que con el tiempo ha ganado en matices y calidez, se ganó naturalmente el favor del público que agotó las localidades del Auditorio del Sodre.

Baez es una leyenda y su magnetismo en el escenario tiene mucho que ver con el hecho de que sea un capítulo esencial de la historia de la música del siglo XX. Verla es compararla con aquella joven embarazada que cantó en Woodstock después de Jimmy Hendrix. Escucharla cantar alguna de aquellas canciones, como Joe Hill, saber que aquel bebé que estaba en su vientre era el que ahora la secundaba con solvencia en el escenario, desde la percusión, produce una emoción especial. Pero el show que ofreció el martes en Montevideo tuvo la cualidad de poder ser apreciado por alguien que nada supiera de esta septuagenaria estadounidense.

El espectáculo comenzó con God is God, una bellísima canción de su último disco, compuesta por Steve Earle, y entonces se dirigió al público para felicitarlo por el presidente José Mujica: “Un puebla (sic) muy inteligente”. Acto seguido continuó con Farewell Angelina, uno de sus clásicos, escrita por Bob Dylan, y que da título al disco de Joan Baez de 1965.

Fue también la ocasión de presentar a sus músicos, el talentosísimo multiinstrumentista (acordeón, mandolina, guitarras, piano, acordeón, voz ) Dirk Powell, y el percusionista, sutil y virtuoso, Gabriel Harris, hijo de la cantante.

El repertorio siguió entre clásicos como Don’t Think Twice is All Right y Joe Hill, y también su repertorio en español, con excelentes interpretaciones de canciones mexicanas, una versión muy particular de Te recuerdo Amanda, de Víctor Jara, una sentidísima interpretación de Mi venganza personal, del nicaragüense Tomás Borge, y hasta una canción en portugués, Cáliz, de Chico Buarque, que interpretó con la letra en la mano y equivocó el final.

Otra sorpresa improvisada fue Como la cigarra, de María Elena Walsh. Baez no sabía si la iba a incluir o no, y lo decidió sobre la marcha. Horas antes del show había preguntado qué quería decir “sobreviviente”.

Uno de los puntos más altos del show fue la interpretación de un bluegrass, el folk más auténtico y primario de las comunidades rurales de Estados Unidos, Give Me Cornbread When I’m Hungry. Con guitarra, banjo y percusión, y luego solo con percusión y Baez y Powell bailando al estilo ranchero, fue un momento de puro goce estético.

La cantante se despidió después de Gracias a la vida, de Violeta Parra, y el verdadero final fue No nos moverán, a capella, con el público coreando la versión local, de las tantas versiones que hay por el mundo: “Y el que no crea, que haga la prue-e-ba, no nos moverán”.

Fue una hora y media de celebración de la música de ambos hemisferios e idiomas, sin arengas ni alharacas. La sonrisa de satisfacción del público al salir del auditorio estaba muy justificada.
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