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La afirmación de que actualmente no tiene sentido separar entre “alta cultura” y “cultura popular” ya no sorprende ni escandaliza a nadie, y no solo eso, sino que incluso puede llegar a estar mal visto querer jerarquizar entre expresiones o rasgos culturales. Son muchos los responsables de que esta realidad sea así, y Mario Vargas Llosa ha querido en su último ensayo, simplemente arremeter contra todos ellos. La banalización de las artes y las letras, dice el autor, terminará arrojando la cultura a su fosa.

En este La civilización del espectáculo, el Premio Nobel de Literatura se pone en plan ensayista para sostener que el sistema cultural de la actualidad se alimenta cada vez más del entretenimiento y la diversión, y que la cultura entendida como algo que nos enseña por lo menos “a establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y los valores estéticos” está desapareciendo. En este sentido, este libro se convierte en una feroz crítica este relativismo en el que, como todo vale, al final nada termina valiendo.

Para ello, Vargas Llosa, partiendo de su humanismo sui géneris de corte conservador y desde una perspectiva político-cívica demócrata liberal, escribe un texto de 226 páginas que empieza con un discurso sólido y contrastado sobre la forma en la que autores como T.S. Elliot, Steiner, Debord (a quien, a sabiendas y justificándose, casi plagia el título), Lipovetsky o Martel, han criticado la cultura en la que han vivido o viven.

Esta primera parte es la más reconfortante: se puede leer a un hombre comprometido con el arte y las letras que escribe de corazón y con un gran conocimiento de causa, pero que a pesar de todo, deja en el camino, y no casualmente, referencias obligatorias en el tema como la Escuela de Frankfurt.

Esto no sorprende cuando nos damos cuenta de que al mercado lo menciona solo anecdóticamente como parte causante del empobrecimiento cultural que estamos viviendo.

Cierto es también, y en este punto Vargas Llosa muestra sus más afilados argumentos, que la imposibilidad de concretar verdades comúnmente aceptadas debe rendir pleitesía a un pensamiento contemporáneo que, habiendo partido del mayo francés del 68 y tomado su máxima expresión en el pensamiento posmoderno, ha dejado un vacío de verdades consensuadas desde la tradición (dentro de la cual estaba la autoridad de la academia), que la publicidad y las modas se han apresurado a rellenar.

La cultura, dice el autor, era “una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad cruda y ruda de su tiempo. Ahora más bien, es un mecanismo que permite ignorar los asuntos problemáticos, distraernos de lo que es serio, y sumergirnos en un momentáneo paraíso artificial (...) una pequeña vacación de irrealidad”.

De todo esto se resiente y es expresión el mundo del arte, que según Vargas Llosa se ha vuelto dependiente de las políticas públicas, y cuyos principales recursos son el esperpento y la sorpresa vacua. En palabras del autor refiriéndose a las artes plásticas, “el arte se ha vuelto juego, farsa y nada más”. Los ejemplos que da al respecto, el orinal de Duchamp como original inicio, y las obras del hiperpolémico Damien Hirsch dan la ‘piedra de toque’, por manidas y obvias, de lo que será el resto del texto.

Más de lo mismo

A partir de aquí, la crítica a la civilización del espectáculo se detiene con más o menos detalle en tópicos como el el uso de las drogas en la juventud como forma de evasión, la banalización del sexo y la desaparición del erotismo, o el amarillismo en la prensa.

Entre los previsibles señalamientos, no obstante, hay momentos interesantes como una breve historia de la literatura erótica, o una crítica a WikiLeaks por desestabilizar la frágil diplomacia internacional a cambio de la desclasificación de documentos que, a la postre, fueron usados por la prensa como carne de cañón para chusmerío.

Pero la polémica no se desata solo en las galerías de arte o salas de cine comercial. Tomando como base (tal cual hace en otros capítulos) un artículo escrito por él mismo, el autor se centra en la parte final del libro en ese importante ámbito de la cultura que es la religión.

Esto le sirve de excusa para criticar sistemáticamente al islam, contraponiéndolo a una religión católica que no queda exenta de una suave y tangencial crítica.

Con ello, además de lo dicho, Vargas Llosa quiere llegar a una conclusión que toma forma casi de manifiesto: estamos exentos de esquemas comunes que pongan en orden la vida intelectual y sensible de nuestra época, y la solución (incluso a nuestro capitalismo salvaje) radica en volver a tener una vida espiritual plena, sea del credo que sea, siempre que respeten los márgenes de la ley.

En resumen, Vargas Llosa ha firmado un interesante intento fallido de captar lo que Ortega y Gasset llamó ‘espítitu de nuestro tiempo’, dando lugar en su afán de escribir un texto para el público medio, a una obra poco exhaustiva y repetitiva en la parte del final, que da la impresión de ser el principio de algo mayor o una recopilación de artículos artificiosamente hinchada.

Tal como nos enseña la cultura popular: el que mucho abarca poco aprieta.
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