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En junio de 2012 la Policía Federal de Brasil detuvo a un narcotraficante y le incautó un arma uruguaya. Ese fue el primer paso hacia la punta de un iceberg con ribetes internacionales en el tráfico de armas, presuntamente el negocio que más dinero mueve en el plañera.

El hallazgo del juez brasilero llegó hasta la Jefatura de Policía de Treinta y Tres donde se descubrió que faltaban 200 armas las cuales, al parecer su mayoría, fueron a parar a manos de narcos del sur de Brasil.

Un juez uruguayo, Nelson Valetti, sabe cómo y desde dónde operan los narcotraficantes, pero está momentáneamente con las manos atadas por la ley, y nada puede hacer.
La historia completa de esta absurda y delicada situación se podrá leer mañana en la edición de El Observador.

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