ver más

Tapados de piel sobre los cuerpos de las coquetas señoras que, desafiando al clima en una noche inhóspita de invierno llegaron al Teatro Solís derramando elegancia en pelos de nutria, marta y visón. Saco, corbata y gabardina en los adustos hombres. Algunos pocos championes deportivos en la gente joven que por motivos diversos -por acompañar a sus padres, como forma de homenaje a una abuela o por simple gusto personal- esperaban entrar en la sala principal del Solís para ver la doble función de ópera italiana, Cavalleria rusticana y Pagliacci.

El Solís actuó como refugio. La gente se sentó en la platea y en los palcos como en el vientre de una ballena de terciopelo, madera y luz cálida.

Luego del impromtu de la orquesta, las luces se apagaron tenuemente y con el reflejo de algunos focos solo se veía sobre la bóveda del teatro los nombres ilustres de Wagner, Verdi, Shakespeare, entre otros, que fungen como dioses que velan desde el cielo por las obras representadas.

Comenzó Cavalleria rusticana, con una muy cuidada escenografía y puesta en escena, que incluyó más de cuarenta cantantes en el escenario, representando un pueblo sicialiano en plena Pascua.

Si bien la actuación de los cantantes fue buena, el ritmo un poco cansino de la obra hacía perder un poco el hilo del argumento, que como buena historia siciliana culmina con una muerte. El gran destaque lo tuvo la voz de la soprano italiana Chiara Angella, en el dramático papel de Santuzza.

La Filarmónica de Montevideo -dirigida por el argentino Carlos Vieu- se lució en el interludio, quizás la parte más conocida y “cinematográfica” de la obra, usada en varias películas como banda sonora.

Talk show con payasos
Como esa fue la previa que tuvieron los espectadores, la inteligente adaptación de Pagilacci impactó más y el resultado conmovió al público.

La obra original ubica su acción en un pequeño pueblo de Calabria, pero la versión representada en el Solís maneja el espacio de otra manera y transforma el escenario en un auténtico estudio de televisión. Allí se superponen cámaras que trasmiten en vivo una la imagen que se proyecta sobre el telón de fondo, una tribuna compuesta por hombres , mujeres y niños, que aplaude y sigue las alternativas del drama de los actores de circo dentro de la obra que se desarrolla dentro de Pagliacci, como si fueran círculos concéntricos. El estilo tiene un ritmo entre cómico y alocado, digno de Federico Fellini.

Canio, el dueño de la comparsa circense en la versión original, es aquí el conductor del programa de televisión donde se desarrolla en clave de sketch el encuentro metafórico pero con connotaciones directas a la realidad entre Colombina y el Arlequín, dos personajes tradicionales de la Commedia dell’Arte. La Colombina no es otra que Nedda, la esposa de Canio, quien mantiene un romance con Silvio, con quien desea escaparse.

Ese papel lo representó la soprano María José Siri, de exuberante actuación y gran interpretación clown en el papel de Colombina. Cuando comienza el show se prenden las cámaras y hace su aparición una troupe circense compuesta por equilibristas, malabaristas, acróbatas enroscados en telas, actores disfrazados con trajes de animales y papel picado que cae desde arriba, más la aparición del payaso Tonio, enamorado de Nedda y envenenado por su rechazo, en auténtico cambalache felliniano.

A pesar de todas estas moedrnizaciones de la obra, se respetan a rajatabla los momentos clásicos de Pagliacci. Hay que hacer especial mención al aria Vesti la giubba, cuando Canio descubre la infidelidad de Nedda y debe salir a escena con su mejor sonrisa, aunque la tristeza y el dolor de la traición lo llenen de amargura y le provoquen el llanto.

¿Por qué vale la pena ir a ver Pagliacci? Vesti la giubba es la respuesta, quizás el punto más alto de las dos obras. Allí es cuando el tenor brasileño Martín Muehle despliega toda la potencia de su voz, que canta la hermosa composición de Ruggiero Leoncavallo donde se unen el sufrimiento y la belleza de la melodía. La potencia del tenor sobrepasa la escenario con el público, conmueve con su fuerza y hace que a la gente se le unan las manos en un gesto de aplauso casi antes de que concluya el primer acto. Allí sí no hubo diferencias ni edad, ni de estilo, ni de nada. El auditorio entero ovacionó al tenor, que con una reverancia agradeció al público.

Tal fue la emoción que produjo el aria que al retirarse la gente del teatro, en las escaleras se escuchaba el tarareo de Vesti la giubba de anónimos Canios que salían a la helada y lluviosa calle Buenos Aires.
Seguí leyendo