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En una residencia de Mercedes, a los pies de una anacahuita de 200 años que impide ver el adentro, vive Fernando Cabezudo. En esa casa repleta de ventanas pero circundada por una vegetación que no permite ver el afuera es donde crea Fernando Cabezudo. Considerado por muchos como uno de los artistas vivos más destacados del país, su obra y su persona –protegidas por la frontera de ese verde espesor- puede que no sean conocidas por tantos.

Nacido en Montevideo en 1927 pero criado desde niño en la capital de Soriano, Cabezudo lleva prácticamente toda la vida realizando arte, en una carrera que ha dado cientos de cuadros y más de 3.000 grabados. Todos los días trabaja, aunque ya no se despierta a las tres de la mañana como solía hacer cuando era más joven.

Su extensa obra ha sido calificada como creadora de imágenes atrapantes, que bucean entre lo figurativo y la abstracción, en las cuales se hace presente Mercedes (su río, su gente, las brumas de ambos), pero que también exploran lo monstruoso y la muerte.

“El arte uruguayo le debe a la bella ciudad del oeste haber dado nacimiento a pintores tan poderosos como Pedro Blanes Viale y Carlos Federico Sáez; la ciudad de Mercedes ya está debiendo a Fernando Cabezudo el haber sido quien mejor le ha comprendido en las sensibles intimidades del pensamiento lugareño”, sostuvo el reconocido historiador de arte uruguayo José Pedro Argul, quien fue amigo del pintor. Enrique Badaró, curador de la última gran exposición de Cabezudo, realizada en 2008 en la Alianza Francesa, destacó durante esos días que sería bueno que Soriano le dedicara un museo. Para Isabel Sena, propietaria de la Galería Blanes Viale en Mercedes, “por el nivel de artista que es tendríamos que conocerlo todos los uruguayos”.

Pero a Cabezudo los avatares de la fama y el reconocimiento no parecen preocuparle. Porque él ha descifrado “la escritura de Dios”... Él vive en la cuarta dimensión.

Incansable explorador

Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, se encuentra preso en una cárcel de piedra dividida por un muro en el que se encuentra del otro lado un jaguar.

Tras sufrir todo tipo de torturas es encerrado en ese lugar, en el que dedica largas jornadas a estudiar la configuración de las manchas del animal y empieza a pensar cuál es el mensaje de Dios. Un día lo descubre en la forma de una rueda infinita, que se encuentra en todas partes y está hecha de todas las cosas.

El cuento de Jorge Luis Borges es para Cabezudo la explicación de su experiencia vital. “Cuando (el hombre) descubre el mensaje de Dios se da cuenta que todo lo demás, el odio y el sufrimiento, no tenían importancia, la pintura es eso”, dice el pintor con el entusiasmo de un niño en Navidad y la voz alzada por una sordera que lo aísla aún más.

“Yo estoy encerrado acá y ni me muevo. Es otra dimensión que no tiene nada que ver con lo de todos los días. (Pablo) Picasso dejó US$ 2.500 millones y no viajaba ni nada, pero no era un machete. El tipo estaba absorbido. (…) Hay una cuarta dimensión”.

Pero lejos de sentirse un elegido, Cabezudo es un explorador incansable del arte y la cultura, algo visible no solo en la apabullante cantidad de libros que posee sino también en su energía, esa que solo habita a los seres apasionados.

Cabezudo vive maravillado con la curiosidad de quien siempre parece estar mirando el mundo por primera vez. Se para, agarra un libro sobre arte africano, se estira, trae otro sobre el Renacimiento, busca imágenes, abre cajones y cajas de donde emergen cientos de trabajos, dibuja, explica.

“Las cuevas de Altamira… ¿Cómo diablos un tipo hizo eso?”, se pregunta y no deja de hacerlo una y otra vez con las distintas manifestaciones artísticas que le quitan el aliento.

Su vocación docente, profesión que ejerció en la educación secundaria entre 1958 y 1976, cuando fue interrumpida por la dictadura militar, parece no descansar. “Yo les decía a los chiquilines: ¿Ustedes saben lo que es un lápiz? ¿La cantidad de cosas que hay adentro de un lápiz?”, recuerda.

Su obra ha sido descrita como abstracta, surrealista, expresionista, realista o neorromántica, pero a Cabezudo no le gustan las clasificaciones. “Yo no distingo entre pintura figurativa y abstracta, creo que toda la pintura es figurativa y toda la pintura es abstracta”, explica y busca incansablemente una imagen en sus libros para demostrar cómo si se toma solo una parte de ella se pueden perder las referencias figurativas.

“Picasso dijo: ‘yo a veces empiezo haciendo una naturaleza muerta y termino haciendo un chivo’. Hay una acumulación de oficio y de experiencia, pero en cuanto trabajás lo que desatás no es mental. Hay una cosa de intuición, que tenés que dejar ir... La cuarta dimensión.”

Arraigado a Mercedes

“Me dicen que soy el mejor en Mercedes, pero no saben por qué. Fui el que se quedó. La fama es puro cuento”, dice Cabezudo, a quien cuesta hacerle hablar de él sin que su discurso no se focalice en el arte ajeno.

Para el pintor, dejar su ciudad nunca fue una opción.
“Yo creo que una de las peores desgracias es ser emigrante y lo puedo decir porque yo a los seis años me vine para acá y parece que todavía estoy sentado sobre la orilla del Río de la Plata”.

“En un momento vino un crítico francés y vio mis pinturas y me ofreció una casa en París y en la playa, una publicación y vincularme a una cantidad de gente. Pero tenía que estar siete meses, ya tenía los hijos, la mujer. Y no fui”, recuerda.

“Mirar pero no copiar”, fue una de las cosas que le enseñó Argul. “He hecho diez viajes, ¿por qué no me quedé? En el mejor de los casos iba a lograr una pintura afrancesada”, sostiene y alude a esa cualidad que atraviesa toda la historia del arte.

“El impresionismo lo vio de los orientales pero no hizo pintura oriental y Picasso no hizo la escultura africana, pero vio que había una estructura en la pintura y la escultura que estaba más allá de un parecido. Los primitivos lo hicieron todos. Vos podés ir a Europa y aprender cosas, pero lo que aprendés es lo que tiene cierta afinidad con uno”.

Cabezudo, que salvo su formación con Luis Scolpini se considera autodidacta, basa en ese “mirar pero no copiar” su crítica a Joaquín Torres García, de quien recuerda que fue a Mercedes a hacer un taller y quiso uniformizar a sus alumnos bajo sus enseñanzas. “Yo vi una exposición de la escuela del viejo Torres y las obras eran todas iguales”, señala. Dentro del arte uruguayo destaca a Pedro Figari por su “autenticidad” y a José Cúneo, quien viajo a Florida y “pescó” su luna.

Pese a no haber vivido en el viejo continente, Cabezudo recuerda el arte que vio allí con asombrosa precisión. “A mí los viajes me duraron añares” sostiene y pregunta con insistencia: “¿Estuviste en París?”, ¿Fuiste a Londres”, como si el solo hecho de haber visitado esas ciudades otorgaran la capacidad de ver lo que él ha visto.

“No viajo más”, dijo cuando un día en la Galería Uffizi, en Florencia, se sentó en los escalones y lloró de agotamiento, mientras su mujer, fallecida hace unos años, se había resignado a seguirle los pasos.

No obstante, su sed de arte puede más y por eso quiere cumplir un sueño antes de morir: ver el cuadro Crucifixión del pintor alemán renacentista Matthias Grünewald, alojado en el Museo de Unterlinden de Colmar (Francia), en la frontera con el país germano.

“El otro día mi hija me dijo ‘pero a vos no te conocen, los que te conocen se murieron’”, comenta. Pero no le preocupa, no lo cree o no lo manifiesta y nombra alguno de los reconocimientos obtenidos, como el Premio Figari que le fue otorgado en 2003.

Sentado en el patio de su casa, rodeado de su vegetación infinita, la voz de Cabezudo no cesa. Entonces, hace una pausa, y mira la Anacahuita: “Ese árbol divino, que es una jaula de oro, ¿a dónde voy a encontrar un árbol así?”.

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