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Tan fuerte fue la consigna de “pasar el verano” que, para muchos kirchneristas, empezó a idealizarse la llegada del otoño como el arribo a un paraíso perdido.

Según esta visión, en abril, todo lo malo podría darse vuelta y transformarse en bueno: con el fin del calor intenso desaparecerá el riesgo de cortes de electricidad; con el fin de las vacaciones bajará la demanda de dólares y se aliviará la presión sobre el Banco Central, y encima empieza la fiebre por el Mundial de fútbol, que correría un poco la atención de los problemas económicos.

Pero, sobre todo, la gran bocanada de oxígeno que se espera es la liquidación de los dólares provenientes de la exportación agrícola, lo que en la jerga del campo se conoce como “cosecha gruesa”.

Es la gran esperanza a la que se aferran los funcionarios que trabajosamente han logrado estabilizar al tipo de cambio. Y es el argumento que se repite como un mantra para autoconvencerse de que, cuando entren los 30.000 millones de “sojadólares” se podrá decir con alivio la esperada frase: “lo peor ya pasó”.

¿Y si no alcanza?

Pero… siempre hay un pero. En círculos de analistas, esos mismos que irritan al gobierno por su tendencia a ver el vaso siempre medio vacío y de difundir la “cadena de la mala onda”, han empezado a deslizar una duda inquietante: ¿y si los dólares de la soja no alcanzan?

¿Qué pasará si son menos de los que se esperan? ¿O si son muchos pero, aún así, ya no resulten suficientes como para compensar y disimular las distorsiones de fondo que padece el “modelo”?

“El gobierno se aferra a una esperanza que consideramos ilusoria: que a partir de abril, la liquidación de la cosecha gruesa bastará para que el BCRA deje de perder reservas”, afirma el economista Federico Muñoz, uno de los que se manifiestan convencidos de que el aumento en la oferta de divisas que traerá la soja estará muy lejos de ser la solución que evite una nueva presión devaluatoria.

En tanto, Salvador Di Stefano, un consultor basado en Rosario y muy escuchado por los empresarios agropecuarios, afirma que “solo los que no conocen el campo” puede hablar de una avalancha de dólares de la mano de la soja.

“Este año el campo aporta menos dólares, impuestos y rentabilidad que en 2013”, sostiene Di Stefano.

El gobierno se entusiasma con la mejora del precio internacional y con las lluvias que mejoraron las perspectivas. Pero aun así, abundan los reportes que advierten sobre el peligro de entusiasmarse más de la cuenta.

Para empezar, porque el reciente impulso en el precio de la soja no necesariamente es una buena noticia. No hay que olvidar que la Argentina es un gran productor mundial y, por lo tanto, influye en el precio. Y algunos analistas interpretan que una suba en la cotización puede estar ligada, justamente, a que se prevé una menor producción en las cosechas argentina y brasileña.

De hecho, hacia fines del año pasado, se hablaba de 55 millones de toneladas, una muy buena cifra en comparación con los 49 millones de la temporada anterior. Pero la incertidumbre climática hizo corregir el cálculo en 53 millones.

La Fundación Mediterránea planteó que, incluso cuando la soja tuviese un buen año, hay que considerar que podría haber una merma en maíz, cebada, alimentos balanceados y biodiesel. Esto implica que, considerada globalmente, la entrada de “agrodólares” sería este año al menos US$ 1.000 millones inferior a la de 2013.

Números que no cierran

Claro que, a la hora de determinar qué tan acuciante será el estado de las cuentas del Estado, la cuestión del ingreso de los sojadólares es solamente la mitad de la cuestión: el resto de la historia depende de las crecientes obligaciones financieras y las dificultades para financiar el gasto público.

¿Qué tan grave es la situación, hablando en plata? Para Aldo Pignanelli, ex titular del Banco Central, no cabe duda que ni siquiera una excelente cosecha sojera librará al gobierno de enfrentarse nuevamente al estrés financiero y cambiario.

“Un resultado positivo en la balanza comercial no alcanza para hacer frente al pago de la deuda externa, al pago de la deuda privada y al pago de lo que se haya fugado por turismo y otros servicios”, afirma.

Su estimación es que el comercio exterior dejará un saldo de US$ 8.000 millones, frente a los 9.500 millones del año pasado. A ello hay que oponer una deuda pública en torno de US$ 10.000 millones, una deuda privada por 4.000 millones y los gastos de los turistas argentinos en el exterior, que el año pasado ascendieron a 8.000 millones.

“Los números son claros. Lamentablemente, como no hay acceso al crédito y hay pocas inversiones extranjeras, ese desfasaje se ajusta por las reservas”, es la drástica conclusión de Pignanelli.

Tregua con vencimiento

Si los dólares no alcanzarán para mantener la actual “pax cambiaria”, ¿debe concluirse que será inevitable un nuevo ajuste devaluatorio? Esa es la gran pregunta que los economistas están escuchando todos los días por parte de sus clientes.

La respuesta más comúnmente escuchada tiene que ver con el tema fiscal: dependiendo de cuán fuerte sea la voluntad del gobierno por atacar la causa de fondo de la inflación, la situación se hará manejable o correrá riesgo de salirse de cauce. Por lo pronto, nadie duda que el tipo de cambio de 8 pesos argentinos pueda llegar hasta abril. Pero, a partir de allí, se ingresa en una tierra incógnita.

“Parar la fuga de reservas y eliminar las presiones cambiarias exige que el gobierno haga un ajuste fiscal serio y creíble. Sin ajuste fiscal no hay chances de éxito”, afirma Economía&Regiones.

Hay, además otro problema a la vista: el Banco Central logró esta temporaria estabilidad por la vía de retirar pesos del mercado –56.000 millones en lo que va del año– y colocar títulos. Pero la mala noticia es que ello no es gratis, porque los títulos deben pagarse a una tasa que puede llegar a 30%.

Para muchos economistas, esa estrategia fue válida para el corto plazo, pero no podrá sostenerse en el tiempo sin generar una escalada inflacionaria.

“La opción es cambiar impuesto inflacionario por endeudamiento del Central, que no es otra cosa que un crecimiento de sus pérdidas y explosión inflacionaria futura”, advierte Roberto Cachanosky.
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