Una dulce prisión en el mar Caribe
Un cuento de Don De Lillo escrito en 1979 es el disparador de una historia medio kafkiana y con la extraña conexión entre los misteriosos actos de escribir y llegar al mundo
Extrañas son a veces las coincidencias. Y los cariños que surgen con números, como por ejemplo el año del nacimiento. Tanto a la cifra como a sucesos, canciones, fenómenos y hechos ocurridos en ese número de cuatro cifras en el que desembarcamos en el mundo. (Eso queda patente, entre otros ejemplos, en millones de direcciones de email que culminan con un bendito año).
El año pasado en Madrid compré un libro del escritor estadounidense Don De Lillo. Se llama El ángel esmeralda y es una selección de cuentos de diferentes épocas de su carrera. Se trata de una edición de bolsillo y atrás todavía tiene el precio marcado en una calcomanía: 7,95 euros, por lo que al cálculo actual de esa moneda no es un libro tan caro.
El primer cuento de la antología se titula Creación y su fecha de factura es 1979, año de mi nacimiento. Siguiendo la lógica anterior, empezamos bien.
La historia se desarrolla en una isla del Caribe, pero de las pequeñas, de las que un fin de semana largo se convierte en avispero de miles de turistas europeos o yanquis que descienden a las playas de aguas satinadas y transparentes para huir de sus rutinas.
Una pareja estadounidense que ha estado allí se dirige al aeropuerto para volver a su ciudad de origen.
Ella tiene compromisos ineludibles que debe atender. Pero al llegar a la pequeña terminal aérea se dan cuenta de que los vuelos están atestados de gente queriendo regresar, hubo problemas de retrasos por el clima y ante tal caos deben volver al hotel.
Comparten el taxi con una parca turista alemana que se queda en su mismo hotel. A la madrugada siguiente regresan al aeropuerto pero se repite la situación y cuando llegan al mostrador de la aerolínea luego de una fila gigantesca la pareja descubre que hay lugar solo para uno, y él decide que sea ella quien por motivos obvios se tome el avión.
Él debe regresar de nuevo al hotel, sin pasaje y sin asiento, pero con una inesperada acompañante: la alemana.
La isla sigue soportando un clima insufrible, con vientos cálidos y persistentes como caricias adictivas, soplando por sobre las edificaciones que guarecen a los humanos debajo. Pero el ritmo sostenido del viento es el de la mano firme de De Lillo, que lleva la historia con una naturalidad que desemboca en la sorpresa, porque él y la alemana tenían algo de antes.
La ausencia de su esposa lo deja libre para encamarse con la otra, en una relación de atracción pero también de distancia e incluso de incomprensión, bajo las mismas reiteraciones de antes: el madrugón, el taxi hasta el aeropuerto, el caos en el aeropuerto, la resignación, la vuelta en taxi y de nuevo el hotel que de a poco comienza a convertirse en una cárcel.
El paraíso de la isla del Caribe y su imposibilidad de salir se vuelve el castigo (¿moral?) para el hombre adúltero que empieza a entender cada una de las partes del puzle que está viviendo.
Aprende el orden de las casas desde que sale del hotel al aeropuerto, capta las mínimas alteraciones en la cara del taxista, que cada día repite las acciones de la jornada anterior con la exacta puntualidad.
Como si todo de pronto formara parte de una escenografía que desafiaba su destino, en ese escenario él entiende que ante la imposibilidad de salir lo mejor (si es que es posible allí un sentimiento esperanzado hacia el futuro) es poder construir una relación con la alemana.
En 1979, De Lillo puso un par de marionetas en una isla tropical y las dejó caminando y hablando durante décadas hasta que uno, que salió del vientre materna por esos mismos días en que el escritor craneó y tipeó esta historia, hizo contacto con ella.
Sintió en un auténtico ejercicio de magia al sentir aquella lluvia ficticia, los pasos de los personajes, sus respiraciones y sus jadeos, el viento afuera y el ruido del taxi esperándolos en el aeropuerto, porque el avión que debía llevárselos ya estaba completo.