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Analistas, diplomáticos, las Naciones Unidas y líderes regionales advirtieron que una escalada en la guerra civil que enfrenta en Sudán al jefe del Ejército, Abdel Fatah al-Burhan, con Mohamed Hamdan Daglo, comandante del grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), puede conducir a nuevas crisis de amplio alcance en el Cuerno de África, una región ya golpeada por varios conflictos, y exacerbar aún más la crisis humanitaria.

En lo inmediato, y tras seis días combates, miles de personas huyeron de sus hogares en el marco de un enfrenamiento que dejó hasta el momento poco menos de tres centenares de muertos, según el representante especial de la ONU para Sudán; además de severos daños en infraestructuras críticas, desde el aeropuerto de Jartum hasta hospitales y las redes de suministro de agua.

La intensificación de los combates entre los generales más poderosos del país que participaron en un golpe de estado de 2021 y que ahora disputan sobre los planes de integrar a las FAR al ejército regular, una condición clave del acuerdo que permita retomar la transición democrática tras décadas de dictadura militar, llevó al secretario general de la ONU, António Guterres, a advertir que cualquier escalada podría ser devastadora para la región.

En el mismo sentido se manifestó el secretario de Estado de los Estados Unidos, Antony Blinken, quien advirtió que Washington está preocupado por el “riesgo potencial” que representa el conflicto para la región, luego que colapsara la tregua de 24 horas pactada para establecer un cordón humanitario que permitiera a los civiles escapar de las zonas de combate.

La región ya está lidiando con los conflictos en curso en Etiopía, Sudán del Sur y Somalia, que dejaron decenas de miles de muertos y desplazaron a millones más, mientras que el cambio climático deja su huella mortal, con repetidas temporadas de lluvias por debajo del promedio, lo que exacerba la crisis humanitaria. Un panorama crítico que, según los expertos, podría empeorar y provocar desde una nueva ola de refugiados hasta la intensificación del involucramiento de poderes extrarregionales en el Cuerno de África.

“Si Sudán cae en una guerra civil, toda la región del Cuerno de África se verá afectada”, afirma Matt Bryden, asesor estratégico de Sahan Research, un grupo de expertos sobre la política y la seguridad en la región. La posibilidad quedó reflejada en la reunión de urgencia celebrada el domingo pasado por los jefes de Estado del bloque regional Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), que también pidieron el “cese inmediato de hostilidades”.

El bloque anunció que el presidente de Sudán del Sur, Salva Kiir, y sus pares de Kenia, William Ruto, y de Yibuti, Ismail Omar Guelleh, intentarán viajar a la Jartum "lo antes posible para reconciliar a los grupos en conflicto". Posibilidad lejana “debido a los continuos combates entre las partes en conflicto”, estima Ahmed Soliman, investigador principal del programa de África en Chatham House, con sede en Londres. “Existe una lógica y gran preocupación entre los líderes en el Cuerno de África sobre las perspectivas de un desbordamiento”, agrega Soliman.

El estallido de violencia, que se deriva de las divisiones entre el ejército y las FAR, creadas en 2013 por el depuesto líder autocrático Omar al Bashir que gobernó tres décadas el país, sumió en el caos la capital de Sudán y sus alrededores, donde ya se verifica escasez de alimentos, apagones y falta de agua potable. Contexto en el que miles de civiles, incluidos mujeres y niños, abandonan la zona, al tiempo que los gobiernos extranjeros y la ONU comenzaron a planear la evacuación de sus funcionarios.

Los analistas destacan que Sudán comparte fronteras con siete países. Cinco de ellos –Libia, República Centroafricana, Sudán del Sur, Etiopía y Chad– ya son escenarios de conflictos armados. Egipto y Eritrea son los otros vecinos inmediatos de Sudán. La lectura enfatiza que todos se verán gravemente afectados.

Etiopía, el país más poblado, registra más de dos millones de desplazados internos, resultado de desastres naturales y del brutal conflicto entre el gobierno y el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), que controla parte del país. Etiopía, por su parte, alberga casi un millón de refugiados de Sudán, Sudán del Sur, Somalia y Eritrea. Chad, en tanto, alberga a 370.000 refugiados sudaneses.

“El riesgo de una crisis de refugiados es real por la dinámica del conflicto”, estima Ovigwe Eguegu, analista del Development Reimagined, una consultoría de desarrollo internacional enfocada en África. “Las partes están luchando por el control de la infraestructura estratégica”, explica Eguegu. Su análisis destaca la fortaleza de las FAR. La razón: el ejército de Burhan, pese a contar con la fuerza aérea, no pudo obtener una ventaja decisiva sobre las milicias de Daglo, acusadas de crímenes de guerra en la región sudanesa de Darfur.

A medida que el conflicto se profundiza, los expertos también alertan sobre el peligro que las potencias extranjeras intervengan, como sucedió en Sudán, Libia y República Centroafricana. En este sentido recuerdan que Rusia, Turquía y los Emiratos Árabes Unidos intervenieron activamente en la guerra civil en Libia suministrando armas, además de cobertura política y diplomacia a diferentes grupos.

También advierten sobre la intensificación de las disputas por el control de los yacimientos minerales del Cuerno de África, lo que atrajo a la región a los mercenarios rusos del Grupo Wagner, cuyos combatientes se alinearon con las fuerzas gubernamentales contra los rebeldes en varios países. Los enfrentamientos en Sudán podrían incrementar la presencia de las potencias globales y regionales, según advirtió la Unión Africana durante una reunión de emergencia concretada el fin de semana en Addis Abeba, la capital de Etiopía.

Cualquier conflicto a gran escala en Sudán también podría descarrilar las ya prolongadas y complejas negociaciones sobre la represa que Etiopía construye en el Nilo, una fuente esencial de agua y electricidad para muchos países. El sistema fluvial de la cuenca del río atraviesa 11 países. El Nilo Azul y el Nilo Blanco se unen en Sudán antes de desembocar en Egipto rumbo el mar Mediterráneo. La obra, denominada Gran Presa del Renacimiento Etíope, se convertirá cuando se complete en el proyecto hidroeléctrico más grande del continente y es la fuente de un enfrentamiento diplomático de casi una década entre Etiopía y las naciones localizadas río abajo, Egipto y Sudán.

Addis Abeba argumenta que el proyecto es esencial para el desarrollo de Etiopía. Sin embargo, El Cairo y Jartum temen que pueda restringir el acceso al agua de sus ciudadanos por lo que siguen presionando para que firme un acuerdo vinculante sobre el llenado y la operación de la represa, y pidieron al Consejo de Seguridad de la ONU que abordara el tema. “La posición de Sudán sobre el tema se endureció, acercándose a Egipto, debido a los fuertes lazos militares entre ambos países”, dice Soliman.

En 2021, Jartum advirtió que, si Etiopía continuaba con la segunda etapa de llenado, presentaría demandas contra la empresa que construye el complejo hidroeléctrico argumentando el “impacto ambiental y social” y los “peligros” que plantea la obra. Ahora, con el conflicto interno en Sudán, los analistas temen que Jartum, demasiado ocupada en su disputa con las FAR, desista de participar en futuras negociaciones, o bien dificulte que Etiopía, Egipto y la comunidad internacional decidan con quién hablar en Sudán.

La crisis en Sudán también pone de manifiesto las limitaciones de los países vecinos para desempeñar el papel de mediadores. Según los analistas, Egipto respalda al régimen militar de Burhan. No obstante, los bloques regionales y la mayoría de los países del Cuerno de África no quieren dar la impresión de que apoyan a un régimen autoritario o respaldan a las FAR, una milicia con escasa legitimidad.

El tablero, además, se ve complicado por un cálculo estratégico. Tanto para la Unión Africana como para la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo. ¿El motivo?: no está claro cuál de los bandos se impondrá. Todo ello en un marco en el que el actual liderazgo militar de Burhan se muestra reacio a implementar una transición hacia un gobierno democrático y reprimió a las manifestaciones prodemocracia en el último año y medio con un saldo de 120 civiles muertos.

Por lo pronto, Burham y Daglo, que se unieron para derrocar a Al Bashir, se presentan como los salvadores de Sudán y los guardianes de la futura democracia, en un país que solo conoció breves períodos democráticos. Burhan, militar de carrera del norte de Sudán, dijo que el golpe era "necesario" para incluir a otras facciones en la política. Daglo, en tanto, sostiene ahora que el golpe fue un "error" porque no logró generar un cambio y reforzó a los remanentes del régimen de Al Bashir.

(Con información de agencias)

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