Una forma sutil de sensibilidad
Gustavo Gallinal fue, aparte de político y ministro, un intelectual fino, un crítico literario y un buen escritor. Sus libros de viajes así lo reflejan en sus páginas
Hubo una época en Uruguay donde un ministro de Ganadería había escrito un ensayo sobre Dante Alighieri y acerca de algunos aspectos esenciales de la obra de José Enrique Rodó, sobre la vida del poeta Francisco Acuña de Figueroa y la obra del también poeta y filósofo Emilio Oribe. No solo es una valoración: es un dato comprobable.
Para quienes creen que los ministros solo deben ser ingenieros agrónomos que acompañan tanto el avance de las nuevas tecnologías de producción como el lento y giratorio rumiar de los bovinos sobre la verde pradera levemente ondulada, es bueno saber que no siempre fue así.
El ministro a quien me refiero, además de político, era un intelectual fino, un crítico literario y un buen escritor. Me refiero a Gustavo Gallinal, a quien es una afrenta referirse como ministro.
A pesar de que las ciencias biológicas fueron parte de sus pasiones, creo que su principal mérito fue conjugar la acción de la política, la abogacía y los establecimientos rurales con la reflexión y la estética del trabajo sobre la página. Las ciencias “duras” y las humanidades se dieron la mano sin prejuicios de ningún tipo, y esa es la verdadera sabiduría.
Gallinal nació en 1899 y murió 52 años después, demasiado joven. El tronco familiar lo obligó casi a la actividad pública, pero es a su veta literaria a la que quiero referirme. Y particularmente a un libro integrado en la colección de la Biblioteca Artigas de Clásicos Uruguayos.
El título del libro es Crítica y arte, pero allí se reúnen varios de sus ensayos críticos acerca de diversas ramas de la creación artística nacional, y dos diarios de viajes, donde se aprecia una mirada sutil sobre la realidad, tanto de España como de Italia.
Gallinal viajó a Europa en un trayecto iniciático entre 1912 y 1914, y allí recogió las vivencias que serán la materia prima para las dos crónicas. El viaje ibérico tiene por título Tierra española, y es un recorrido que comienza en el País Vasco, atraviesa Asturias (en cuyas cuevas se formó el sentimiento iniciático español), Santiago de Compostela para luego saltar a Toledo y sus juderías.
Como hará un par de décadas después Camilo José Cela con sus viajes a pie, Gallinal anota paisajes y describe personajes que encuentra y ve, anota reflexiones sobre edificios y cielos, reflexiona sobre esa España tan rústica y tan fermental, siglos antes dueña de inmensos imperios y “que ahora desprecia lo que ignora”, en una mirada que no le envidia nada al poeta Antonio Machado.
Visiones de Italia se llama el conjunto de etapas de su viaje por la península en forma de bota. Y de nuevo Gallinal pone su acento en la mirada menos obvias, menos trillada. En vez de deshacerse en elogios de Roma o Venecia, el autor decide recorrer los pequeños pueblos de Umbría, donde hace siglos florecieron muchos pintores del Renacimiento.
El político y abogado, el productor rural que marca animales y que masca la ramita de pasto, escribe de pintura italiana y analiza con palabra elegante lo que ve y cómo esto repercute en su ánima.
Su amigo y colega, Carlos Real de Azúa, lo definió como “uno de los escritores más dotados de su tiempo”, y lo destacó además como gran sistematizador del saber uruguayo.
Internet proporciona la ventaja de poder leer este libro sin necesidad de buscarlo en oscuras y sombrías bibliotecas. La página autoresdeluruguay.uy, ya ponderada desde esta columna, es la responsable de ponerlo a disposición de cualquier lector. Además de esta obra, en ese mismo sitio se encuentran otros libros de este hombre al que hay que volver a ponerle el ojo.