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Luego de un año de espera, los seguidores de Breaking Bad podrán calmar sus expectativas y llegar al final de una saga que mantuvo en vilo a 3 millones de personas sólo en Estados Unidos.

Durante sus cinco temporadas el dúo personificado por Bryan Cranston y Aaron Paul transitó sus propios caminos hacia peores y más profundos abismos, cada uno analizado a continuación.

El final de la última temporada encontró a Walter White ya retirado del negocio de la metanfetamina, en paz con su familia y con su antigua mano derecha, Jesse Pinkman.

En sus últimos minutos la serie concluyó con un esperado escenario: la fachada del gran Heisenberg está a punto de derrumbarse.

A partir de hoy en Estados Unidos se podrá ver este final. En Latinoamérica, el canal AXN hará aguardar un poco más a sus espectadores.

El fin de un agujero negro

Breaking Bad es la historia de una caída hacia un agujero negro. Es la historia de un padre de familia, recto y pisoteado que las condiciones –y su propia megalomanía– hacen que se transforme en un personaje peligrosamente impredecible, que más vale temer que sobreestimar.

La caída de Walter White, es como la de cualquier héroe trágico. Un personaje que no tenía nada, una existencia ni siquiera notoria para sus estudiantes de química del liceo local, y de repente encontró demasiado poder. Todo al costo de una consistente precipitación hacia la crueldad e inmoralidad, impulsado por la producción y venta de metanfetaminas, manipulaciones y asesinatos.

Y como héroe trágico que es, ninguna acción sale impune sin castigo. Por eso es crucial la última escena del octavo capítulo: su némesis y cuñado Hank Schrader lentamente poniendo todas las piezas en su lugar: White es Heisenberg, su enemigo público número uno.

Sin embargo, White no es el único que cae, sino que su agujero negro empujó al resto de los personajes hacia su propio camino al descenso moral. Jesse es el primero, pero también lo sufre el resto de su familia.

El misterio será qué pasa cuando ese agujero llegue el final. Qué será de un héroe trágico y del reguero de caos que sembró en su afán de ser alguien.

Una última chance de salvación

“Desde que te conocí, todo lo que me importaba dejó de existir, se arruinó, o está muerto. Desde que me junté con el gran Heisenberg, nunca estuve tan solo. No tengo nada”.

Este diálogo, perpetuado por el personaje de Jesse Pinkman durante uno de sus momentos más frágiles en toda la serie, es parte del motivo de por qué el personaje interpretado por Aaron Paul se volvió una figura entrañable, aún en el panorama más desolador que plantea Breaking Bad.

Desde aquella pregunta dirigida a Walter White en el piloto (“¿Querés cocinar metanfetamina? ¿Vos y yo?”), todo fue barranca abajo para Jesse, un joven blanco con problemas de adicción y aires de gángster negro, cuyo único talento parecía ser el de elaborar drogas de alta calidad.

A lo largo de cinco temporadas, vemos cómo Pinkman se ve atrapado en el descenso sin retorno de Walter White hacia la maldad, obligado a ejecutar los actos más imperdonables que deberá cargar para siempre.

La serie propone un caso paradigmático, en el que varios desean ver el fin del protagonista convertido en villano, mientras que otros suplican por la salvación del secuaz, a quien a tan sólo ocho capítulos del final, parece tener pocas chances de redención.

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