Una mirada distinta
Artículo de opinión publicado en El Observador Agropecuario
Recientemente se inauguró el llamado Proyecto de Mejora de la Competitividad de la Ganadería Uruguaya, que se desarrolla en el predio de la Central de Pruebas de Kiyú, de la Sociedad de Criadores de Hereford del Uruguay. El proyecto, ya en marcha, consiste en determinar los animales que produjeron más carne comiendo menos y, según sus responsables, permitirá seleccionar genéticamente las líneas de sangre más eficientes en la conversión de alimento e identificar los animales con la mejor calidad de carne lo que, para sus impulsores, va a contribuir al mejoramiento de la cadena cárnica.
Este proyecto nos parece una extraordinaria contribución al mejoramiento animal para los invernadores, pero, al mismo tiempo, revela que las herramientas que las sociedades de criadores y las instituciones como el INIA les están proporcionando a los productores rurales están quedando claramente desbalanceadas.
Me explico. Según los datos oficiales proporcionados por la DIEA en su publicación del año 2013, el 67% de todos los predios ganaderos en el Uruguay son establecimientos criadores o de ciclo completo, y estos ocupan más de 11 millones de hectáreas, o sea, el 75% de la superficie ganadera que tiene nuestro país. Casi el 60% de todo el stock ganadero uruguayo son vacas de cría y sus categorías asociadas, como las vaquillonas de reposición y los toros. Estos datos no solo revelan la enorme importancia que tienen las vacas de cría en la producción ganadera nacional, sino que resaltan el concepto que si se pretende mejorar globalmente la competitividad de nuestra ganadería, se debería necesariamente mirar la competitividad de la cría.
Siendo las vacas de cría tan importantes para nuestra ganadería, llama la atención que las sociedades de criadores y la investigación nacional, en los hechos, les estén proporcionando tan pocas herramientas genéticas a los criadores para que mejoren la productividad y eficiencia de sus vientres. Desde hace muchos años estamos reclamando estimaciones de mérito genético directas para fertilidad de las hembras, como puede ser días al parto o preñez de las vaquillonas, como se estiman en otros países tales como Australia, Nueva Zelanda o Estados Unidos. Hemos criticado además públicamente el llamado índice de cría lanzado recientemente por la Sociedad de Criadores de Hereford porque, a nuestro juicio, falla claramente en detectar las líneas genéticas más productivas y eficientes para los criadores.
Sin estas herramientas disponibles en Uruguay, con la tendencia a trabajar con vacas cada vez más grandes, como lo revela la evolución del peso adulto de las vacas de pedigree uruguayas, tanto en Hereford como en Angus, y con la búsqueda de animales cada vez más magros, corremos el serio riesgo de tener animales a los cuales les cueste cada vez más preñarse, que sean menos productivos para transformar pasto en terneros en las condiciones cada vez más restrictivas en las que se maneja el rodeo de cría en Uruguay. En ese escenario, es posible que muchos productores que quieran preñar sus vacas tengan necesariamente que modificar de manera sustancial el ambiente, lo que en la práctica supone incrementar mucho los costos de producción y reducir los ingresos netos en sus explotaciones, todo lo cual disminuye claramente la competitividad del criador.
En ese sentido hay ya algunos indicios que preocupan. El peso con el que llegan a la pubertad las vaquillonas hoy dista mucho de aquel reportado en los trabajos clásicos del Ing Jaime Rovira. Necesitamos vaquillonas con mucho más peso para que puedan llegar a preñarse que en la década del 70. Por ello, nuestros datos de revisación genital de más de 71 mil vaquillonas revelan que prácticamente una de cada 3 vaquillonas está en anestro cuando el productor decide servirlas. En el último Taller de preñez organizado por el INIA Treinta y Tres, los veterinarios participantes reportamos que la tasa de preñez de 64.474 vaquillonas apenas alcanzó el 85%. O sea que las vaquillonas se están preñando por debajo de las expectativas, aun en predios en los que los manejos reproductivos y la alimentación presumiblemente están por encima de la media nacional. Muchas de aquellas vaquillonas que si logran preñarse, lo harán tardíamente, lo que lleva a que desteten terneros muy livianos y les cueste mucho más concebir en el siguiente entore como vacas de primera cría. Este efecto que describimos para vaquillonas es aun más dramático en las vacas adultas y, si estimamos el impacto económico a esta problemática, entonces nos damos cuenta que estamos frente a un hecho que claramente nos hace perder competitividad.
Por ello, creemos que la competitividad global en el negocio de la carne tiene, en realidad, mucho más que ver con estos aspectos que con la eficiencia en que los animales convierten el alimento en su fase de invernada, o en la proporción de cortes valiosos que dan en el frigorífico y cualquier proyecto que quiera mejorar la competitividad de la ganadería nacional debería integrar los intereses del criador. Más aún cuando contamos con evidencia científica que en Uruguay podemos seleccionar por características de fertilidad de la hembra y hacer progresos genéticos relevantes en ese sentido, a pesar que quienes se encargan de las estimaciones del mérito genético en nuestro país no han creído necesario incorporar estas características a esas estimaciones aun.
De manera que, al tiempo que aplaudimos las iniciativas para mejorar la identificación de líneas genéticas que mejoren la eficiencia de conversión en la invernada intensiva, reclamamos más acciones para proporcionarle a los criadores las herramientas para que en efecto, puedan hacer progresos genéticos tangibles en la eficiencia de transformación de pasto en terneros en sus rodeos de cría. Es absolutamente importante que más gente le preste atención a los componentes genéticos de la fertilidad bovina porque es allí, precisamente, donde se verán los mayores efectos beneficiosos en la competitividad de la ganadería nacional.
(*) Médico veterinario, DMV, MAgrSc (Hons)