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Las guitarras se blanden, se sacuden, se golpean con un palo de batería, se balancean en el aire. Se torturan. Y hay un efecto entre las ocasionales distorsiones que mantienen a la banda inmóvil, esperando el impulso de atacar, que marea a quien quien está del otro lado del escenario, expectante. Lo relaja y lo incomoda.

Cuando activa, la conexión banda-público es sincronizada. Mientras dos muchachos y una chica que no pueden tener más de 30 años de edad hacen caer su brazo para darle un nuevo zarpazo a la guitarra y desatar otro arrebato anárquico, todas las cabezas del público agolpado sobre la baranda pegada al escenario, caen también. El bajo y una batería que coordina en forma inexplicable, amplifican el efecto de la descarga eléctrica que festejan los fans y que castiga a oídos no acostumbrados.

Ahí, en ese Teatro de Verano al 80% de su aforo, todo suena ilógico pero en algún momento, a la vez, extrañamente coherente. Así vive, crea y toca por el mundo desde hace 30 años Sonic Youth, primero que nada una banda de rock –“la mejor del mundo”, según Tussi Dematteis, cantante de La Hermana Menor, banda que ambientó la noche antes de la llegada de los neoyorquinos –pero también a esta altura un concepto de fuerza creativa de los más apreciados en el mundo del arte.

En realidad, todos esos músicos en apariencia tan jóvenes superan los 50 años. Pero para ellos el tiempo no pasa: Kim Gordon, bajista y guitarrista que también se intercambia en el puesto de cantante con los también violeros Lee Ranaldo y Thurston Moore, sigue vigente como musa y fetiche roquero. La rubia no para de moverse, de castigar su instrumento, de arrastrar por el escenario su figura felina, de mostrar lo que es una verdadera mujer roquera, en definitiva.

En tanto, se suceden las canciones de The Eternal, el último disco que el grupo lanzó en 2009. Para los fanáticos del grupo, el nombre de ese disco hoy parece una paradoja: es que estos conciertos por Sudamérica son los últimos antes de un parate indefinido que hace pensar en una inevitable disolución del grupo. Sucede que Gordon y Moore, casados desde hace 27 años y núcleo creativo más visible del grupo que completan Steve Shelley a la batería y Mark Ibold (integrante de Pavement) al bajo, acaban de divorciarse. Pero ni siquiera el hecho de que Kim haya dado la espalda durante todo el concierto al altísimo y virtuoso Thurston alteró la energía de la noche que acercó espectadores (una vez más) detrás del alambrado del Teatro de Verano.

A pura electricidad y trances climáticos, con canciones más clásicas —si se le puede llamar así a una banda especialista en los “antihits”— y composiciones que sorprendieron a los más fanáticos (entre las esperadas y festejadas como Teenage riot o Schizophrenia se colaron canciones como Eric’s trip, ejecutada por un Ranaldo soberbio) la noche se fue yendo. Y con la última e hipnótica distorsión, quedó la huella indeleble de una banda que durante 30 años sin poses ni pretensiones mantuvo una línea artística apoyada en encontrarle siempre nuevos sentidos a la guitarra mientras narraba algunas miserias de la juventud y la adolescencia que se mantienen tan vigentes como ellos. En esas dos horas quedó claro que, afortunadamente, en la música rock todavía se pueden vivir cosas así de intensas.
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