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Gracias al ritmo de trabajo que ha mantenido en la última década, Clint Eastwood bien podría pararse al lado de Woody Allen como uno de los directores más prolíficos del séptimo arte estadounidense. Si bien no ha logrado el nivel anual de producción del neoyorquino, los últimos tiempos han encontrado al cineasta de 84 años más ocupado que nunca dirigiendo, actuando y produciendo buen cine.

Tras la nostálgica aunque malograda Jersey Boys: persiguiendo la música en 2014, Francotirador, el nuevo filme del director y uno de los cuatro estrenos de esta semana en Uruguay, consolida a Eastwood como un cineasta capaz de brindar un relato bélico sólido. El mismo no solo le valió el reconocimiento de la crítica y audiencia, sino también seis nominaciones a los premios Oscar, incluyendo Mejor película, Mejor guión adaptado y Mejor actor principal.

Quien carga con esta última mención y con la totalidad de la película es su protagonista, el actor Bradley Cooper, quien interpreta al condecorado militar estadounidense Christopher Kyle. Conocido como “el francotirador más letal” en la historia del ejército de dicho país, el filme se centra en la vida de este miembro de los Navy SEAL –una fuerza de operaciones especiales de la Armada– que realizó cuatro períodos de servicio en Irak y falleció asesinado por un veterano militar a principios de 2013.

Bajo un esquema de narración biográfica clásica, Francotirador presenta el crecimiento de Kyle de un joven vaquero procedente Texas a una “leyenda” militar, al contar con 160 muertes confirmadas de más de 250 en sus registros. Escena tras escena, Eastwood construye una historia ambiciosa impulsada por el crecimiento físico y psicológico de un joven sureño cuyo ambición patriota lo llevará a entablar una relación intoxicante con la guerra.

Un supersoldado conflictivo

Francotirador es una película que alterna a un ritmo frenético entre los momentos de la vida cotidiana de Kyle –su juventud, su matrimonio y su familia– con su tiempo como francotirador en la ocupación estadounidense de Irak.

Cooper, quien ha demostrado sus dotes tanto para la comedia como el drama, se luce en su interpretación de Kyle, un hombre dividido entre su tarea como padre de familia y protector de su país. Como un hombre introvertido y afable, el soldado es capaz de esconder en silencios, titubeos y miradas al vacío los sentimientos reales de alguien que atraviesa el estrés postramáutatico generado por los horrores de la guerra.

Parte del conflicto principal en Francotirador es el retrato de Kyle como el héroe ideal estadounidense. Bajo la superficie del soldado convertido en “leyenda” ante los ojos de sus pares, se encuentra una persona frágil, cuyo dolor e incapacidad de acostumbrarse a la vida familiar solo parece ser calmada cuando sus pies pisan la tierra árida y su mirada y mano se posicionan detrás de un rifle de largo alcance.

A nivel físico, el actor también atraviesa una transformación destacable en un supersoldado digno de un filme de superhéroes, capaz de realizar disparos imposibles. Pero la mutación del protagonista en una máquina de matar no lo remueve de sus problemas psicológicos. Allí, la actriz Siena Miller, quien interpreta a la esposa de Kyle, es la responsable directa de devolver la humanidad que, con cada nueva participación bélica, va muriendo en el personaje de Cooper.

De todas formas, no caben dudas de que las secuencias con el protagonista detrás del rife son las que alcanzan el máximo nivel de atención de la audiencia. La alternación visual que Eastwood realiza entre el francotirador y su objetivo logra poner los pelos de punta, de la misma manera que la directora Kathryn Bigelow lo hizo en 2006 con su retrato de una brigada estadounidense antiexplosivos en Vivir al límite.

Propaganda bélica

Aunque Cooper es el principal empuje emocional y narrativo del filme, su actuación no logra obviar el hecho de que Francotirador se siente como una propaganda a favor del despliegue militar de Estados Unidos en Medio Oriente.

La elección de crear a un francotirador enemigo, tan letal como Kyle, como un objetivo que motiva el regreso del protagonista a la zona de guerra una y otra vez, resulta errónea para una película que no necesitaba de un villano.

En ningún momento se explica el origen o el propósito de la invasión a Irak. En cambio, el director decide tomar atajos más simples y efectistas, como el la escena en que el protagonista es testigo del atentado del 11 de setiembre de 2001 a través de la televisión, mientras la cámara se acerca a su impactado rostro lentamente bajo una música ominosa.

Los iraquíes, presentados como “salvajes” en las propias palabras del personaje de Cooper, no tienen voz alguna en ningún momento de la historia. Si lo hacen, es a través de la traducción de algún soldado, mientras son amenazados a punta de rifle.

Como película bélica, Francotirador es efectiva, emotiva y hasta fascinante. Sin embargo, cabe preguntarse si al filme no le hace falta sus propias Cartas desde Iwo Jima para lograr un relato más complejo y menos publicitario

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