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Es raro el caso Molotov. Siendo a fines de los años 90 quizá la banda insignia de ese movimiento potente de música y raíz regional llamada "rock latino", este grupo de tres mexicanos y un estadounidense que comenzó bajo el ala de Gustavo Santaolalla parece ser una especie de esqueleto de obra que quedó abandonado, a medio terminar. Es como si Molotov sonara a una banda que hace por lo menos seis u ocho años debería haber logrado encontrarle alguna vuelta más a su música. Pero no, ahí están los temas ya algo veteranos, los que entonces se comieron el mundo de las radios, los medios y los escenarios.

Pero por supuesto que nada de eso fue impedimento para que el cuarteto que cruza rock y hip hop entreverando sin prejuicio alguno lo más clásico del género tuviera una buena prueba de su popularidad en Montevideo. Ante un extensísimo parque a medio llenar, Molotov dio un sólido espectáculo apoyado en aquellas canciones de 1998 y los primeros años de la década del 2000. Tomaba pocos minutos comprobar la popularidad de aquel fundacional disco "¿Dónde jugarán las niñas?" ya que sus canciones, las que más aparecieron en el setlist, fueron las más cantadas por la gente. Desde "Gimme tha power" hasta "Mata TTT", pasando por "Voto Latino" o "Más vale cholo". La banda, que supo sacar de sí canciones de corte hiphopero bien sintetizadas y piezas punk de pogo obligatorio, entregó un concierto clásico en el que no faltó el sentido del humor ni tampoco los cambios de posición e instrumentos típicos de sus integrantes.

Arrancaron con "Amateur", versión del clásico de los 80 "Amadeus" en el que satirizan y documentan algunas de las causas de su particular desastre. Desde hace unos años, los músicos de la banda se queja en entrevistas varias de haber sido estafados por representantes, discográficas y otros actores del ambiente musical. Quiza estén ahí las razones de la falta de novedad en Molotov, una banda cuya inquietud, humor y potencia en el mensaje la volvieron una referencia ineludible casi que desde su origen junto a otros grupos como los propios Peyote Asesino o Plátano Macho, cuyos integrantes se movieron a otras direcciones (de hecho, muchos de ellos estaban tocando a pocos kilómetros, en Kibón). Pero a los efectos de una fecha como la del viernes, el repertorio es sólido, popular y efectivo. De conexión inmediata con el público, bastó que sonara la primera guitarra para ver algo llamativo en el público: alguien en medio del pogo saltaba sosteniendo en sus manos una bicicleta. Un par de temas más adelante, cerca del mangrullo, una niña de 8 años entonaba a la perfección el estribillo de "Gimme tha power", una canción que tiene el mérito de pocas: nunca perderá vigencia en el imaginario popular del rock latinoamericano.

El resto del concierto quedó marcado por la intensidad, tanto en los pasajes más fuertes de punk y hardcore ("Puto", "Me convierto en marciano") como en los de corte más bailable ("Voto latino", la versión tropical de "Me convierto en Marciano"). Pero queda mucho del Molotov que se divierte haciendo pop rock más básico, amigable y fiestero. El viernes quedó claro cuando el "gringo" Randy Ebright cantó "Blame me", una de las mejores canciones de la última época de Molotov. El concierto, que tomó aproximadamente hora y media, terminó -como no- a los saltos y a pura transpiración y revoleo al viento de aguas y cervezas mientras la banda mexicana acometía "Rap, soda y bohemia", seguramente la mejor adaptación latina de "Bohemian rhapsody", de Queen. "Ahí se ven, Uruguay", dijo el guitarrista Tito Fuentes al cerrar la noche en que Molotov confirmó dos cosas: que su buena vibra con Montevideo sigue inalterado y que con un repertorio así como base tiene que haber más canciones y más pulsión en algún lado, si es que en algún momento Molotov quiere pasar a ser algo más que una banda esencial de tiempos atrás, aquellos de la MTV que valía la pena ver.

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