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La semana pasada circuló viralmente un video de la oficina del Coordinador de Asuntos Interamericanos, presumiblemente un organismo estadounidense que daba una visión especialmente idílica del Uruguay de 1949.

El video califica a Montevideo como la capital de un país "dinámico y progresista". La educación llega a todos los niños "aun los de las zonas rurales", la educación es gratuita y también es obligatoria. Luego los niños pueden seguir en Secundaria y Universidad, todo gratuito.

Desataca al país exportador con "buenos mercados para carne y lana, buenas cosechas y fácil acceso a las rutas marítimas mundiales".

El informe destaca al Hospital de Clínicas "construido con fondos públicos". Los bancos estatales controlan la actividad financiera y de seguros. El gobierno tiene un teatro, silos de granos y fábricas que producen combustibles, alcohol y portland.

El documental destaca la alta calidad del fútbol uruguayo en forma casi profética, faltaban pocos meses para el Maracanazo.

Sobre el final, la filmación afirma que "los uruguayos saben que la fortaleza de su país tiene sus raíces en el suelo y en los habitantes del interior del país. Los gauchos y los pastores de ovejas son ciudadanos importantes de uno de los países más agradables del mundo".

No es difícil que en estos días se hicieran documentales similares. La economía lleva 15 años de crecimiento, las libertades del país son ejemplares, el presupuesto destinado a educación ha crecido en forma notoria, el fútbol uruguayo sigue haciéndonos conocer en el mundo entero.

Y, sin embargo, aquel país idílico y estatista estaba a pocos años de empezar un derrumbe catastrófico. Seis años después terminaba el crecimiento. Los colorados perdían las elecciones en forma apabullante, los blancos tenían su chance. Entre 1955 y 1959 la cantidad de empleados públicos creció 17% y el uso de ese empleo como herramienta electoral se hizo notorio.

La conflictividad sindical aumentó. El nuevo gobierno blanco liberalizó la economía, pero la industria local no estaba preparada para una desprotección veloz. La conflictividad fue en aumento y en plena democracia, el 31 de julio de 1963, empezó la "lucha armada" con el asalto al Club de Tiro Suizo. El resto del desbarranque es bien conocido.

La historia de Uruguay del siglo XX es como el libro de Milton, la historia del paraíso perdido. Seguramente el Uruguay de 1949 no fuera tan paradisíaco como se pinta en ese documental. Pero es inevitable reflexionar sobre la caída del siglo XX para evitar repetir la historia.

La caída de las exportaciones de julio, el aumento del déficit fiscal, que a pesar del ajuste sigue muy cerca del 4% del PBI –3,6% en la última medición–, la caída en el área de siembra de trigo y arroz, lo lejos que sigue la producción lechera de las cifras de 2015, el crecimiento de la deuda externa conforman un conjunto de indicadores que obligan a debatir la sustentabilidad del crecimiento económico uruguayo.

Por supuesto que la economía tiene fortalezas evidentes. La inflación ha bajado, el grado de inversión no parece peligrar, las tormentas de los vecinos no hicieron naufragar al barco uruguayo.

Pero cualquier triunfalismo sería arriesgar a repetir la historia. Un déficit fiscal como el actual de US$ 2.000 millones es insostenible. Un crecimiento económico basado en el consumo pero no en las exportaciones no se sostiene.

La deuda no puede crecer para siempre. La dolce vita uruguaya de mediados del siglo XX no se sostuvo una vez que terminada la guerra de Corea, las materias primas cayeron de precio. ¿Puede la economía uruguaya de este siglo sobrevivir a la caída de precios de los alimentos? Puede en el largo plazo crecer si no integra a un sistema educativo de excelencia al conjunto de sus jóvenes.

Pocos uruguayos imaginarían en 1949 o en 1950, festejando Maracaná, el estancamiento económico que se instaló seis años después y el desastre que se venía. ¿Será la coyuntura actual la víspera de otra oportunidad perdida?

Uruguay sigue creciendo, la venta de automóviles sigue, los viajes al exterior se mantienen, el consumo no se detiene. La actual inercia permitirá que el crecimiento continúe hasta las próximas elecciones, pero será muy difícil que el crecimiento de las exportaciones siga, y eso hace que todo sea muy vulnerable. Seis años después del video mencionado el crecimiento uruguayo se detuvo estructuralmente.

¿Estaremos en 2020 haciendo ajustes dolorosos por no haber sabido encauzar un crecimiento sustentable en el presente? Todos los atrasos cambiarios anteriores terminaron en crisis. ¿En qué terminará el que transcurre en el presente? Por otra parte, si el crecimiento que lleva 15 años se mantiene sólido y sustentable por seis años más, Uruguay puede consolidarse como uno de los lugares con mayor calidad de vida del mundo en la próxima década.

La historia del país está ante una bifurcación. El empuje inflacionario que complicó tanto en 2016 ha quedado en un segundo plano. Es urgente dar señales de estímulo a las exportaciones para generar caminos de crecimiento sostenible que en el siglo XX no supimos hallar. Parece claro que si el gasto sigue en aumento y no se pone rápidamente el foco en la competitividad, el riesgo de que la oportunidad se pierda por segunda vez es muy alto.
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