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Si bien cuando se habla de arte urbano o de arte callejero es inevitable referirse a Bansky, alguien que a través de sus ácidos graffitis contra la política y la cultura pop logra pegarle al establishment donde más le duele, la moralidad, no hay que olvidarse de Mark Jenkins, otro de los grandes provocadores que ha dado el street art en la última década, generando a su paso todo tipo de reacción: desde los que lo aplauden y pagan fortunas por una de sus obras en su casa a los que lo quieren ver lejos de su barrio y sus veredas haciendo intervenir, como ha pasado más de una vez, a la policía.

El punto es que lo que busca Jenkins no es molestar sino darle vida a las calles, que en su opinión son como un gran cementerio poblado de fantasmas. De hecho, este artista nacido en Virginia en 1970 pretende que “las personas levanten la vista de sus teléfonos móviles durante un instante para cerciorarse y comprometerse con el mundo que les rodea”.

¿Cómo? Construyendo y colocando modelos de personas tiradas en las calles, los ríos o los contenedores de basura, casi todos decapitados o con la cabeza hundida en los muros de Washington DC, Londres, Barcelona, Dublín, Malmö e incluso Río de Janeiro, donde colocó un grupo de maniquíes tomando agua de una cloaca con la intención de llamar la atención de los jóvenes que viven en las calles.

El material que utiliza Jenkins para crear sus intervenciones –cuyo estilo podría acercarse al surrealismo– es el packing tape o cinta de embalaje, aunque bien podría decirse que se trata de una técnica “mixta”, ya que para crear alguna de sus esculturas humanas trabaja además con papel film y ropa que consigue de segunda mano.

Aunque parezca que ha invertido horas de trabajo en sus intervenciones, Jenkins logra su cometido en las calles en menos de cinco minutos, el tiempo justo para salir de la escena y poder observar a la distancia cuál es la reacción de la gente.

“Con las esculturas humanas trato de crear un escenario, convirtiendo a la gente que pasa por la calle en parte de lo que está sucediendo. De ese modo, el arte se convierte en un catalizador para lo que está sucediendo y la gente simplemente se convierte en actores de eso”, explica Jenkins.
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