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La escalada de violencia que afecta en los últimos días a Israel y Palestina por ahora no tiene nombre, pues no se la quiere llamar "intifada". Tampoco tiene una dirección clara -ni mucho menos jerárquica-, pero sí podría tener un origen religioso y étnico que en gran medida se canaliza a través de las redes sociales.

Este extraño movimiento, cuya acción se cobró desde el pasado 1º de octubre la vida de 7 israelíes y 33 palestinos, presenta una particularidad con respecto a las dos "intifadas" oficiales (la primera -conocida como "Intifada de las piedras", 1987-1993, y la segunda, llamada "Intifada de Al Aqsa", 2000-2005), cuando los palestinos protagonizaron episodios sucesivos de violencia. La diferencia ahora es que el movimiento carece de una dirección y nombre concretos.

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"Si llega a haber una tercera intifada, esta será diferente de las anteriores porque no hay un liderazgo concreto tras ella", afirmó la periodista israelí Smadar Perry, del diario Yediot Aharonot, en un encuentro con un grupo de cronistas europeos que visitaban la zona.

De hecho, señaló Perry, "sigue habiendo coordinación entre los aparatos de seguridad de Israel y de la Autoridad Nacional Palestina", pese a lo manifestado por el presidente palestino, Mahmud Abás, en la Asamblea General de la ONU el pasado 30 de setiembre, cuando dijo que, ante el estancamiento del proceso de paz, no se podía esperar que su gobierno respete los Acuerdos de Oslo de 1993.

En opinión del periodista del medio Yediot Ron Ben Yishai, considerado como uno de los mayores expertos israelíes en asuntos de seguridad y defensa, "no hay una mente que dirija este movimiento", en el que se observa una "peligrosa mezcla" de elementos "de frustración" social con otros "de carácter religioso radical".

Según Yishai, ese elemento religioso radical "tiene su origen en las mezquitas", donde se ha gestado el mensaje de que "Al Aqsa está en peligro", en alusión a las pretensiones de ciertos elementos ultranacionalistas judíos de cambiar el "status quo" de la Explanada de las Mezquitas, en Jerusalén Este, adonde acuden los árabes a rezar.

Ese mensaje surge de manera natural -en una clásica espiral de "acción-reacción"- ante los discursos que algunos diputados israelíes de extrema derecha han pronunciado en el Kneset (Parlamento de Israel), donde han hablado del Monte del Templo (la denominación judía de la Explanada) como un lugar judío.

Lo que comporta ese mensaje, señala Ben Yishai, es la intención de "derribar Al Aqsa" y todo lo que ella supone, máxime considerando que es el tercer lugar más sagrado en la jerarquía del islam tras La Meca y Medina.

Esos diputados de extrema derecha -afirma el periodista israelí- "reclaman cambiar todo el statu quo en el área del Monte del Templo, lo cual supone enviar una señal muy peligrosa" a los árabes en particular y, sobre todo, a los musulmanes en general.

Y ese mensaje de que "Al Aqsa está en peligro, lo asumen las organizaciones políticas palestinas, cuyos dirigentes, sin embargo, "no han dado órdenes en ningún sentido" a la población para que ponga en marcha un levantamiento, señaló Ben Yishai.

Entonces la consigna que emana horizontalmente, sin vínculos jerárquicos aparentes, canalizada por la juventud palestina a través de las redes sociales, donde se cursan instrucciones o sugerencias sobre el modo y manera de atacar a los judíos.

A ese elemento de modernidad se le une un arma clásica, el cuchillo, concebido como el instrumento con el que se han realizado los últimos ataques contra ciudadanos israelíes.

Esos atentados, apunta Leibovich, han ido dirigidos contra miembros de la comunidad judía ultraortodoxa, policías o soldados israelíes; es decir, "los autores querían estar seguros de que se dirigían a judíos".

Al igual que Ben Yishai, Leibovich no considera que esta escalada de violencia pueda calificarse de "intifada", pues para ello "se requiere de una organización, de una estructura sólida y concreta" que de momento no se percibe.

Todos sospechosos

En este contexto hay una población que queda en una zona especial de riesgo y son los árabes israelíes: aquellos de origen árabe que viven en Israel como ciudadanos legales. Tienen facciones más similares a las de los palestinos y temen atraer por error el odio de los judíos.

Todos tienen miedo: unos a ser atacados por un palestino que saque un cuchillo de la nada y, los otros, a ser confundidos con un posible atacante por gestos tan habituales como llevar una mano en el bolsillo, tocarse alguna parte del cuerpo de forma sospechosa o, simplemente, hacer un movimiento demasiado rápido.

También temen la violencia de extremistas judíos, que en las últimas semanas han recorrido las calles de Jerusalén en varias ocasiones llamando a la "venganza" y pidiendo sin cortapisas "¡Muerte a los árabes!".

"Hay que tener mucho cuidado. Si te metes la mano en el bolsillo para agarrar la billetera ya te pueden pegar un tiro. Todo el mundo se ha vuelto loco", señala a la agencia EFE Ahmed, un taxista de Jerusalén que asegura que estos días más que nunca, muchos posibles clientes se niegan a entrar en su vehículo una vez confirman que es árabe.

Los israelíes también tienen miedo y muchos han limitado sus movimientos y extremado la cautela.

Gran cantidad de parques, llenos habitualmente con niños por las tardes, están vacíos, los comercios y calles más apagados de lo normal, algunos han decidido evitar el transporte público y no son poco quienes miran de reojo con suspicacia a los árabes que se suben al ómnibus, pasan por su lado o los atienden desde sus puestos de trabajo.

Los llamamientos del alcalde de Jerusalén, Nir Barkat, a que la población con licencia salga a la calle armada y a "cerrar" los barrios palestinos de Jerusalén no mejoran el clima. Tampoco ayudan los videos e imágenes que circulan por redes sociales, donde los dos bandos implicados piden la muerte para los demás.

Una ciudad que Israel defiende como "unida e indivisible" pero que tiene claramente dos partes (la árabe, ocupada por Israel, y la judía) hoy está más dividida que nunca y con la población de uno y otro lado evitándose en la medida de lo posible.
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