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Tras la audiencia en la cual nueve militares fueron imputados por causas relacionadas con la muerte en la tortura en 1984 del médico Vladimir Roslik, su viuda conversó con El Observador sobre el caso.

María Cristina Zavalkin tiene 70 años y lleva casi 40 luchando por que exista justicia en el caso del asesinato de su esposo.

Roslik, quien ya había estado preso de la dictadura en 1980, fue detenido en San Javier el 15 de abril de 1984. Al día siguiente murió producto de los tormentos y golpes recibidos en el Batallón de Infantería N9, en Fray Bentos. Según la justicia militar, quien lo “interrogaba” era el hoy mayor en situación de reforma Dardo Ivo Morales, mientras otros once oficiales estaban presentes.

La audiencia se prolongó durante once horas.

Llamó la atención en las fotos y videos de algunos periodistas presentes lo reducido del espacio donde se desarrolló esta instancia judicial.

Fue una vergüenza. Yo nunca había ido a una audiencia, pero las imaginaba como en las películas, donde los acusados están detrás de una baranda al otro lado de la sala. Acá estábamos todos, más de 20 personas, en un saloncito de cinco por cinco. Y a mí, que no conocía a ninguno de ellos, me tocó sentarme al lado de Dardo Ivo Morales, el asesino de Vladimir. Es de no creer. Prácticamente estábamos codo a codo, a unos 30 centímetros de distancia. Yo no sabía quién era él. Pero en un momento la jueza nos hizo presentarnos a todos, uno a uno, y me corrió un no sé qué cuando dijo su nombre. Estaba pegadito al lado mío.

¿La jueza Selva Siri Thove no hizo nada al respecto?

No. Como dos horas más tarde, la doctora que acompañaba al doctor Pablo Chargoñia, mi abogado, se dio cuenta de la situación y me hizo cambiar de lugar. Chargoñia quedó al lado de Morales.

¿Morales le dijo algo?

No. Pasó toda la audiencia mirando el piso y sacudiendo una pierna.

¿Cómo era el ambiente en el juzgado?

Decadente. La imagen exterior es de abandono, muy feo. El baño abierto al público nunca se pudo usar porque estaba en malas condiciones de higiene y nadie vino a limpiarlo. Tuvimos que pedir para usar el baño de los funcionarios. En un momento, a la jueza se le trancó la computadora. El fiscal quiere que dos viejitos de San Javier declaren por cámara Gesell, para que no los reconozcan, pero hay una sola en todo Uruguay y la están usando en el caso Penadés. Todos los gobiernos, de ahora y de antes, gastan tanto dinero y el Poder Judicial está en un estado lamentable. A los gobernantes no les interesa.

¿Cómo se sentía al llegar a Paysandú?

Me sorprendió que a la salida había un grupo de vecinos de Fray Bentos que aplaudían o me querían saludar. Eso me hizo sentir más acompañada. Pero lo más importante es que se abrió el caso. ¡Mirá que hemos dado vueltas! Desde 2018 estamos trabajando con mi hijo Valery y Chargoñia. Tanto él como el fiscal Perciballe son de la planta. Nos hemos sentido muy acompañados y protegidos por ellos. Yo no entiendo mucho de leyes y ellos nos explican todo de manera sencilla. Les estoy muy agradecida. Ya estamos trabajando para la próxima audiencia. El fiscal no nos da respiro.

¿Cómo evalúa el desempeño de la jueza?

Queda mal hablar de ella, pero la vi muy floja. Porque justo a Morales, que era el más importante, no lo imputó. O sea que a todos se los formalizó, pero Morales salió invicto, sin nada. Y eso fue por ella. Le dio la preferencia a los asesinos frente a la víctima. Le dio un premio a Morales. Dijo que era porque ya lo había procesado por el caso de Susana (Zanoniani), que es con el código viejo. Y que no se lo podía procesar de nuevo. Pero Perciballe le dijo que sí, que se podía.

Uno de los que el fiscal pretendía imputar, Alberto Loitey, falleció antes de esta audiencia. ¿Qué reflexión le merece?

Era el más joven de todos y lo alcanzó el karma de lo que hizo. En la audiencia se dieron fechas distintas sobre su muerte y eso me hizo sospechar de que podía ser algo falso, y que se hubiera escapado. Se lo dije a Chargoñia. Y me dijo: “¡Ahora me hacés dudar a mí!” (se ríe). Pero me puse a buscar información y finalmente una amiga que vive en Mercedes me confirmó que es cierto que murió.

¿Se ha transformado en una investigadora más del equipo?

Sí. Con Vladimir no teníamos televisor ni nada, pero éramos tremendos lectores. Veníamos a Paysandú a comprar libros. Además de muchos volúmenes de Geografía Universal y de las selecciones del Readers Digest, tengo toda una colección de Agatha Christie (se ríe). Y soy muy intuitiva.

Hoy vive en Paysandú. ¿Por qué dejó San Javier? 

Cuando mataron a Vladimir, yo quedé sola con Valery. Y en San Javier no hay trabajo. El único que me ayudó fue el doctor Gregorio Martirena, de la Federación Médica del Interior (FEMI), que me dijo que a donde yo fuera ellos no me iban a dejar sin trabajo. Tenía la opción de ir a Montevideo o a Paysandú. Pero pensé que si iba a Montevideo, Valery, que ya no tenía padre, iba a crecer sin conocer a nadie de su familia. En cambio, si me iba a Paysandú podíamos visitar San Javier. FEMI me consiguió un puesto en la mutualista Comepa, de Paysandú, que al principio tampoco me quiso agarrar. Yo era como un fierro caliente, todos me disparaban, como si hubiera hecho algo. Mucha gente me abandonó. No sé si eran abombados, pero tenían miedo de acercarse a mí y a Valery.

En Facebook escribió algo sobre los “abrojos” que hoy se le prenden a su causa.

Sí, hay muchos que hace 40 años no estuvieron y que ahora se suben al carro. En Young vive un muchacho joven que hizo un libro sobre Vladimir, sin ningún dato nuevo. Y él ha dicho por ahí que Sanguinetti me ayudó tanto, muchísimo. En aquella época, cuando mataron a Vladimir, yo recorrí todos los partidos contándoles lo que había pasado. Y cuando fui a la Casa del Partido Colorado, hacía una semana que lo habían matado a Vladimir, y Sanguinetti no se paró a saludarme, ni me dio las condolencias, mostró una indiferencia total. Y esa fue la única vez que lo vi. La verdad es que ningún partido político me ayudó. Yo soy del Frente, pero no soy fanática. Y en todos estos años, aparte de luchar contra los milicos para saber la verdad, también he tenido que luchar contra el Partido Comunista porque se han adueñado del caso. Me molesta que se prendan ahora. Publican una foto y ponen "Todo lo que hemos luchado". ¡Mentira! La que me rompí el tujes fui yo. Y el ministro Javier García. Él es médico. Y en lugar de hablar del asesinato de un colega, habla del Frente Amplio...

Siempre me asombró que siendo muy joven y en plena dictadura, usted pudiera hacerse del cuerpo de su marido y lograr que médicos independientes le hicieran una segunda autopsia, clave para que emergiera la verdad de lo que había ocurrido.

Yo me lo robé. El hombre de la funeraria de Fray Bentos me ayudó mucho. Nunca pude agradecerle, porque no me dijo su nombre. En lugar de irnos a San Javier, fuimos a Paysandú. Yo no sabía nada de medicina, pero no podía creer que Vladimir -que era un hombre joven y sano- hubiera muerto de un infarto, como me decían. En Paysandú le llevé el cuerpo al doctor Burgell. Yo tengo mi carácter. Me han pasado muchas cosas en si vida. Tenía 17 años cuando, el mismo día que conocí a Vladimir, que era el día de su cumpleaños, mi madre se murió en mis brazos, de un ataque de presión. Después mataron a Vladimir. Años después, mi padre se suicidó. O sea que estoy más que golpeada. Mi vida no ha sido fácil. 

¿Cuál fue el efecto de la muerte de Roslik en el resto de su familia?

La destrozaron. Su madre murió apenas 20 días después, le dio un coma diabético. El padre se fue apagando como una velita. Nunca le contaron la verdad, le dijeron que había muerto de un infarto, pero siempre repetía: yo sé que a Vladimir le hicieron algo. Hay un sobrino al que también llevaron cuando tenía 18 años y le estropearon la vida, tanto que hoy está internado en una clínica psiquiátrica. No sé por qué se ensañaron tanto con la familia Roslik. Porque en San Javier había verdaderos comunistas y a ellos no los llevaron. Al que repartía El Popular no lo llevaron. Eligieron a los de apellido ruso y a la familia Roslik. 

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Caso Roslik

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